Sylvia Iparraguirre: la Orfandad, una novela de amor sobre la memoria

La nueva novela de la autora de “El país del viento” es una entrañable historia de amor de dos seres solitarios, pero también el relato de los modos de relación propios de un pueblo rural que deja oír las voces de sus habitantes

sábado, 13 de noviembre de 2010
Sylvia Iparraguirre: la Orfandad, una novela de amor sobre la memoria
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Por Mercedes Fernández

"La anarquía no es desorden, sino orden, pero es el orden que nace no del ejercicio del Poder, sino del ejercicio de la libertad, la igualdad y la fraternidad."
Piotr Kropotkin (1842 -1921)

Es ésta una novela del resarcimiento. Una novela en la que el amor se abre en el marco de una vertiente alegórica.

En 1926, un convicto llega al pueblo de San Alfonso a cumplir su condena. Una chica vive allí la incógnita de su historia. Sonia Reus y Bautista Pissano recorrerán caminos distintos que terminarán confluyendo en las calles de San Alfonso: la causa anarquista marca la vida de Pissano; la carencia y la búsqueda, la de Sonia.

La orfandad es una entrañable historia de amor de dos seres solitarios, pero es además el relato de los modos de relación propios de un pueblo rural que deja oír las voces de sus habitantes, un universo de personajes visibles y anónimos, con sus peripecias y sus sencillas mitologías y el imperioso rumor de los cambios que trae el avance del siglo.

Esta notable historia recupera la pasión por narrar un mundo que sigue siendo el nuestro: una Argentina interior, donde se gestaron las realidades y los mitos que acompañarían nuestra historia contemporánea.

Explorando la dimensión política en lo hondo de los personajes, este nuevo relato de la autora de La tierra del fuego, muestra cómo el amor puede transmutar la pérdida, el abandono o la opresión. Y confirma el lugar privilegiado que entre nuestros narradores ocupa Sylvia Iparraguirre, quien nos entrega en este libro una de las más conmovedoras y hermosas historias de amor de la literatura argentina.

En un tiempo circular o repetido de la reflexión, de los estados de ánimo, modela las psicologías de los personajes, Sonia Reus y Bautista Pissano.

Las motivaciones que van luego a precipitar los hechos, los minuciosos procesos de la vida rutinaria, social o familiar se van entrelazando en un plano de la aparente monocorde vida de un pueblo del interior, un plano previsible, de lo social y gracias a este plano, la realidad ficticia tiene su particular duración, reposada, cadenciosa, y alcanza una formidable extensividad, pues las imágenes del tiempo circular permiten al narrador multiplicar la materia -cada hecho narrado representa muchos hechos acaecidos- sin multiplicar las palabras.

"De una sólidamente escritura", han dicho alguna vez de esta autora. Y esto es perfectamente comprobable en pasajes realmente memorables. La obra comienza como termina, in media res, y con ese recurso, mete al lector de golpe, inesperadamente, en el vientre mismo de la historia:

Viajaba junto a la ventanilla abierta, esposado. Ráfagas de cardales color púrpura corrían junto al terraplén; al fondo, el horizonte se movía en una lenta curva hacia adelante. El aire caliente le daba en la cara y él entrecerraba los ojos sin poder apartarlos de los matorrales de pastos altos y amarillos, de las manchas oscuras de los montes, lejos.

Bajo el sol de diciembre, el campo, que nunca antes había visto, le provocaba asombro; el estupor de que en esa inmensidad su padre no hubiera logrado, después de años de espera, una parcela.

También era cierto que el viejo había sido siempre orgulloso y terco. Su padre, campesino, alentado por las promesas de los folletos oficiales repartidos en la Liguria, había terminado en una curtiembre y, años después, enfermo, en una casa de Barracas saturada del humo del brasero que su madre mantenía encendido.

Las primeras páginas de La orfandad nos ponen en contacto con un mundo aparentemente mórbido e indolente, ajeno al mundo interior de Bautista.

A medida que vayamos adentrándonos en la novela, los personajes, pintados sin enjuiciamiento, se nos hacen conmovedoramente nuestros y comprendemos también que ese pueblo es una parte del Universo y que su verdadero sentido es tan elusivo y deslumbrante como cualquier punto del planeta.

Podríamos decir que La Orfandad es una novela primordialmente estética, o donde lo estético (que se funde con lo histórico-político) se convierte en tema de manera clara y rotunda.

Las fotografías de la memoria

Los personajes se recortan nítidos, opacos y como en color sepia de las fotografías de las que se vale para contar la historia. La verdadera aventura es seguirlos en la voz del narrador, como si un hilo de Ariadna los enhebrara entre los signos de su propio destino en el laberinto de las calles de la ciudad de ese pueblo del interior de un país que posiblemente hasta lo desconoce.

Con un texto sólidamente estructurado, con algunos pasajes del lenguaje notables (aunque esto ya lo hayan dicho alguna vez de la obra de Sylvia Iparraguirre), esta nueva novela propone una lectura sustentada en dos voces. Los protagonistas cuentan, desde una perspectiva propia, una historia en la que un elemento común queda expuesto, al descubierto, casi impúdicamente desnudo ante el lector: la soledad, el abandono, la incomunicación.

Esto es, la orfandad. Una novela del desquite, del desagravio, de la compensación.

Durante toda la obra, en la voz de Sonia y Bautista, ingresan datos de una realidad convertida en una especie de archivo de la memoria, y como en la neutralización del tiempo que practican el anarquista injustamente encarcelado o la huérfana que borda en hilos de colores sus pequeños sueños, sus pequeñas angustias, sus pequeños miedos y sus alegrías.

Pequeños porque nadie los ve. (Los italianos tienen la frase más bella que yo haya escuchado para decir Te quiero: ellos dicen: Io ti penso, ¿Hay algo más hermoso, que más nos identifique, que alguien en este momento nos esté pensando?).

Estos dos personajes, solos y casi desvaídos, dejan en la superficie de la experiencia un simulacro de inscripción que se imbrica en un álbum de fotografías que va describiendo la escenografía de ese pueblo de ficción llamado San Alfonso.

Habría que decodificar las herramientas adecuadas en las que el narrador pareciera no interesarse demasiado: deja eso para el lector.

Por ello, tan sólo le resta permanecer al margen de los acontecimientos y contempla, desde la especulación de la historia dicha, una historia real que no ha vivido ni vivirá, relatando in extrema res, es decir, desde el futuro, un pasado que parecía condenado a no existir, a ser elidido, borrado, porque el futuro ya "estaba escrito", y en ese futuro no había espacio para el pasado. Por eso esta historia se hace vívida por contraposición, por ausencia de una masa crítica de recuerdos archivados.

"...Desde ese día hasta hoy, había aprendido muchas cosas de la convivencia con extraños, entre otras a reírse mentalmente del apodo cuando la dueña de casa sacaba a relucir uno de sus "arranques de carácter". Golpearon las manos y fue como si el sonido la despertara. Por la ventana, vio a la señora Noguer abrir la puerta de calle y hablar con un hombre.

Ya había oscurecido y cuando pasaron a la luz de la galería Sonia lo reconoció. En ese preciso momento, el hombre giró la cara hacia la ventana de la cocina y se encontró con la mirada de Sonia. Fue un segundo, un golpe en los ojos, un involuntario sobresalto de las dos partes. Sonia bajó la cara a la taza..."

La frase introductora del párrafo citado parece aludir al antiguo tema del doble, en el sentido de que se pudiera identificar a cada uno de los protagonistas como dos caras de una misma moneda, conformando una clase de alter ego del narrador.

Además, esta y las demás oraciones remiten al mismo tiempo a un fenómeno de desplazamiento de los significados, según el cual ciertos acontecimientos o personajes del texto pueden leerse a la manera de fe de erratas.

A través de un análisis pormenorizado, pueden descubrirse los movimientos internos del narrador respecto de sí y de su entorno material y espiritual, de modo que cuando se dice : "…Era el canto de sirena más peligroso que Bautista había podido reconocer en su creciente amor por el pueblo y el campo, y el más hermoso. ¿Para qué hacer el esfuerzo de cambiar las cosas si acá todo finalmente se daba, tarde o temprano todos comían? Era un espejismo perturbador. Una ráfaga de viento hizo ondular el trigo hasta el horizonte, las espigas le acariciaron las manos. Gente del campo, divagaba Bautista embriagado por lo que veía, dormían y soñaban sobre las parvas amarillas…"

El lector ya habituado a la sensibilidad y cosmovisión del texto, sabe o sospecha que debe cooperar en el desentrañamiento de los signos y leer metonímicamente el texto.

El argumento resulta especialmente significativo y lleno de contenido metafórico al condensar de manera precisa y concisa la actitud del narrador frente al tiempo.

En La Orfandad se instaura un lenguaje no articulado temporalmente, a la manera de alguien que no conoce un pasado ni un futuro, sino tan sólo un presente en constante movilidad.

Tal vez el narrador de esta novela pretenda escapar del sufrimiento de ese mal du siécle post moderno que es el olvido y la afasia, debido a la imposibilidad de rescatar la memoria del tiempo perdido desde un archivo que está vacío. Cosa que no sucede acá, pues si algo está presente en toda la obra, es el consciente ejercicio de la memoria.

La orfandad: una novela que hay que leer. Por el placer, en primer grado de leerla. Y por la importancia que cobra desde la recuperación de la memoria como elemento fundamental para crecer como sociedad y como personas.
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