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“Es más: la idea de estar encerrado en ese nicho ínfimo y, al mismo tiempo, tener conciencia, entrañaba una perspectiva un poco inquietante. ‘Si no estoy del todo muerto’, continuó el razonamiento, mientras se dirigía escaleras arriba, ‘me vuelvo y sigo viviendo un poco más’”.

sábado, 23 de enero de 2010
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Ilustración: obra de Víctor Rebuffo

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Por Marcelo Gioffré

- Acá tiene la llave, señor Somoza. Su nicho es el 341, búsquelo.

La vida es un vasto menú de sinsabores; sin embargo, si a alguien le comunican que está muerto, no se alegra. Nadie, por más loco que esté, se aferra al tibio consuelo que apareja la muerte y tiende a pensar, más bien, que es la más refinada y perfecta de las zozobras.

Somoza, provisto de su llavecita, se internó en las galerías subterráneas en busca del sitio que le habían asignado. Lo sorprendió el hecho inexplicable de que los nichos tenían el tamaño y el aspecto de las cajas de seguridad de los bancos. También le llamó la atención que otros muertos estuvieran probando llaves en distintos nichos, lidiando cada cual con su sepultura.

Sufrió un súbito arrebato de melancolía. Recordó que cuando estaba vivo no valoraba suficientemente el gusto crocante de una tostada recién hecha, el perfume de los jazmines en primavera o el sigiloso crecimiento de una tortuga.

"Ahora", se dijo, "extraño cada una de esas tonterías". Los números de los nichos por los que iba pasando, a medida que bajaba, no correspondían ni por lejos al 341, ni estaban sujetos a una clasificación previsible, de manera que Somoza especuló con la posibilidad de no encontrarlo, pero esa perspectiva curiosa no le pareció favorable sino más bien una penosa burocracia funeraria.

Comenzó a notar que los muertos que daban con sus respectivos nichos afrontaban otro tipo de inconvenientes no menores, tales como la dificultad que se presentaba cuando el tamaño del cuerpo era excesivo con relación a la cajita que le habían atribuido.

Pero no se demoró demasiado en contemplar los problemas ajenos, pues consideró que tenía suficiente trabajo con su propia tarea, más allá de que algunas de las desgracias con que tropezaban los demás amenazaban con ser también las suyas, a corto plazo. No encontrar su número y estar cada vez más perdido sugería la posibilidad de que se hubiera equivocado de galería y que estuviera vagando por corredores incorrectos.

"Quizás me estén vigilando desde algún lugar, por una cámara oculta, y piensen que soy un cobarde que me hago el perdido para evitar llegar a mi nicho". En esa rumia estaba cuando divisó números relativamente más aceptables, como por ejemplo el 302 y el 491.

Pero el alivio duró unos segundos, porque ocurrió un episodio incomprensible: unos individuos luctuosos avanzaban violentamente con un cortejo muy importante, empuñando un hermoso ataúd lustrado y, pese a que él profirió varios gritos de alerta, lo atropellaron con tanta grosería que podría sospecharse que ni siquiera lo vieron.

-Eh, ustedes, no ven lo que hacen -gritó.

No, no veían. El cortejo, lejos de detenerse o siquiera reparar en esas alarmas, continuó avanzando con la mínima plasticidad de un ejército en un desfile.

-Ustedes, animales, no ven dónde caminan -reiteró sus quejas.

Con el féretro a guisa de estandarte el ejército redobló su marcha impertérrita y victoriosa.

-Eh, bestias, son sordos o qué..., no ven que me están llevando por delante, qué se creen, que sólo ustedes tienen derechos...

Como estas protestas fueron desoídas, Somoza se fue corriendo contra la pared para no ser aplastado, aunque cumplió esa operación a un ritmo menos que proporcional al progreso de la caravana funeraria, de modo tal que fue quedando arrinconado y casi diríamos desairado.
-Degenerados -les espetó, enojado-, asesinos...

Una vez que el cortejo pasó, Somoza quedó tendido en el piso, desparramado, fatigado de escupir injurias infructuosas. Pero de inmediato comprendió que algo mucho peor le había ocurrido: no encontraba la llavecita. En el marasmo infame del cortejo guarango la había perdido. Se le pudo haber caído o se la pudieron haber robado. Lo concreto es que no la tenía.

La buscó desesperadamente por todos los bolsillos, la rastreó en el piso, desandando el camino -y, al hacerlo, empezó a sentir dolores en todo el cuerpo- por el que había sido empujado y arrastrado por el cortejo de bestias, sin que esa tarea rindiera ningún fruto. Cayó en un estado deplorable de ánimo, que recrudeció cuando de pronto se topó con la cajita 341. Era un nicho de abajo, que por supuesto estaba cerrado herméticamente.

Observó a otros muertos trabajando sobre sus respectivas sepulturas: antes de ingresar para siempre, dibujaban una flor al lado de su número, o ponían nombres, o bien lustraban el metalito. Todos cumplían su cometido solos y en silencio.

"Ahora", se dijo, "tengo el nicho, pero no la llave". Se preguntó si sería posible volver a pedir un duplicado de la llave. Podría por ejemplo explicarles el atropello del que había sido objeto, aunque sin duda encarar una explicación de ese tipo era un acto imprudente.

¿No era inverosímil todo lo que ocurrió? ¿Por qué iban a creerle? ¿No era más natural pensar que Somoza había inventado este pretexto de la llave para demorar su propio entierro, por miedo y falta de temple? Quizás tomaran el fracaso y la burda historia de la pérdida como una mera chicana y decidieran que él era incapaz de practicar por sí mismo el cometido, que era en cambio de la estirpe de los que requieren ser llevados por la fuerza, custodiado por familiares que lo encierran previamente en un cajón.

Se sorprendió pensando que toda esta reflexión acerca de la llave, y si correspondía o no ir a pedir una copia, era un signo de que no estaba completamente muerto, sino que mantenía ciertos recursos típicos de un ser vivo, un síntoma de que tenía algún género de conciencia. Es más: la idea de estar encerrado en ese nicho ínfimo y, al mismo tiempo, tener conciencia, entrañaba una perspectiva un poco inquietante. "Si no estoy del todo muerto", continuó el razonamiento, mientras se dirigía escaleras arriba, "me vuelvo y sigo viviendo un poco más".

Vaciló, una vez más. Y siguió subiendo por inercia, mientras una baba familiar y ominosa comenzó a cubrirlo.

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