Civit por dos, un mensaje optimista

Isabel y Alejandra Civit exponen acuarelas y cerámicas en la Bolsa de Comercio, España y Peatonal.

sábado, 15 de agosto de 2009
Civit por dos, un mensaje optimista

Por Andrés Cáceres

Las artistas comparten el apellido y un parentesco lejano, pero no el estilo ni la técnica. Lo que sí las une es el mensaje de esperanza y optimismo que las dos se proponen acercar al público.
Dice Isabel: "Sigo con la temática de la Belle Epoque y añadí fachadas de negocios con la gente en la puerta, con vestimentas antiguas. También, hice una serie de amapolas, que son manchas sintetizadas, unas bahianas, unos gallos y un retrato, porque me gusta variar y ejercitarme".

Ella sabe, porque es su trabajo de todos los días, que cada exposición es un desafío y que el público exige que, cada vez, su obra se supere técnica y expresivamente, renovando la temática.

En el cuadro titulado 'La peluquería', nos ofrece una postal del pasado donde supera expresivamente a la fotografía, ya que le pone su cuota de subjetividad y lleva la figuración al ámbito poético de la nostalgia. Se vale de tonos apagados y aprovecha al máximo las posibilidades de la acuarela, para lograr pequeños planos borrosos, atrapando en el color el paso del tiempo.

En 'Frutería' levanta el cromatismo, lo enciende al pintar las frutas, en rojos, morados y verdes, a la vez que mantiene el clima de nostalgia, la nostalgia por el pasado, en esas imágenes que se nos quedaron como ejemplo de un tiempo que fue mejor, porque éramos niños y la infancia es el paraíso.

Lo mismo ocurre con 'El bar'. A pesar del colorido de las mayólicas y los paraguas que se ven a la derecha, nos hace evocar una tarde en la juventud, compartiendo un café o una cerveza, sintiendo el afecto de la compañía y la amistad.

Las amapolas son un golpe de color hábilmente dosificado, de modo que el rojo luzca sus tonalidades vigorosas, contrastado con verdes y ocres muy suaves. Las bahianas, por su parte, conforman un alarde de técnica y de oficio, porque el blanco del fondo pasa a ser la figura y adquiere rol protagónico.

De los gallos presuntuosos que exhibe, ella dice: "Están más sintetizados. Este año he soltado más las manchas y los colores, que son más fuertes que antes". Y añade: "El trabajo no termina cuando dejo de poner el pincel en el papel, porque la acuarela sigue trabajando sola. Los límites los pongo yo, pero el agua produce efectos que no están previstos y que me asombran".

En cuanto a su mensaje, dice: "Apunto a pintar cosas que sean agradables. El dolor debe estar afuera de la obra de arte. Yo no puedo colgar en el living algo que represente el dolor, no va conmigo ni con mi personalidad. Me gusta que la obra ayude a vivir".

Alejandra Civit

Alejandra busca en la abstracción la posibilidad de expresar el mundo espiritual, de captar ideas, no una paloma volando, no una sugerencia de alas, sino el vuelo mismo, el alma, la esencia de las cosas.

Ella dice: "Son formas muy internas, que surgen de la parte sensible y que traduzco a lo material, en relación con la gente, con lo que yo percibo". Eligió la cerámica antes de ir a la Facultad de Artes, cuando estudiaba arquitectura y considera que no fue ella quien eligió, sino que la cerámica la eligió a ella, porque hasta en los sueños ve representaciones hechas en ese material.

Tuvo la suerte de dar con profesores como Elio Ortiz y Vivian Magis, además de haber tenido la guía imponderable de Silvia Hope Grezzi. Le tocó la mejor etapa de la Escuela de Cerámica, cuando el ámbito académico se liberó del cacharro y de los objetos utilitarios para crear formas puramente artísticas.

La maternidad demoró su carrera, que actualmente ha retomado con fervor. La obra de Alberto Thormann, su marido, no la inhibe: "Él trabaja con otro material y es otra cosa -dice Alejandra-. Además, me alienta y se pone contento cuando me ve trabajar".

Las formas, en algunas de sus piezas, parecen desperezarse lentamente, así como en otras, particularmente en los murales, se percibe un movimiento que parte del centro hacia el infinito, como una geometría axial o, si se prefiere, como el estallido del Big Bang.

Las reiteraciones circulares simbolizan lo femenino, el origen, la madre tierra. "La idea del óvalo -dice- es porque todos estamos insertos en un óvalo, que es para mí como nosotros: el rostro tiene forma oval, e incluso el cuerpo y también es oval el movimiento de traslación de la Tierra".

En las piezas más pequeñas, el óvalo contiene o abarca formas sugerentes, que se pueden asimilar al mundo real pero que son completamente abstractas. Los óvalos grandes son formas simples, despojadas, como portales mágicos que invitan a pasar por ellos. Además de la intención lúdica, está la idea de que pasar a través de ellos, para quien tiene fe, posibilitará un cambio espiritual.

La vocación mística de Alejandra también se percibe en las demás obras, como la punta de flecha y la barca. En esta última, la única pieza figurativa, ha combinado la cerámica con otros materiales y logra simbolizar, con la idea del viaje, la vida de los seres humanos, ya que somos seres en tránsito, pasajeros. A diferencia de las demás piezas, aquí hay cierto barroquismo que está señalando un camino distinto en su estilo.

Las pátinas de sus obras son delicadas, con tonalidades celestes o verdes grisáceas o levemente ocres, en algunos casos combinando superficies opacas con partes brillantes, siempre con esmaltes realizados por la propia artista.

Uno de los murales, lleva escrito el Salmo 85, que dice: "El amor y la verdad se darán cita. La paz y la rectitud se besarán. La verdad brotará de la tierra y la rectitud mirará desde el cielo. El Señor mismo traerá la lluvia y nuestra tierra dará su fruto. La rectitud irá delante de Él y le preparará el camino".

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“Encuentro”, relieve/cerámica esmaltada y chapa.

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“Gallos”.

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“Protección eterna”, cerámica esmaltada.

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