Guillermo Moreno se sostiene en el gobierno de Cristina Fernández pese a las críticas de todos los sectores.
Puede ser que los días de Guillermo Moreno estén contados. Pero su despido tendría una primera, inevitable lectura, que costará digerir a la Presidenta: será asociado al tremendo daño que se infligió a las estadísticas públicas. Correrlo sin cambiar el Indec equivale a poco menos que nada.
“Está dando pelea y no se ve que Kirchner le haya soltado la mano todavía”, dicen en las proximidades del funcionario. Apuntan, además, que un relevo inmediato podría acarrear al Gobierno un par de costos extra: equivaldría a admitir redondamente la derrota electoral y dejaría la imagen de que actuó bajo presión.
Distinto fue el caso del secretario de Transporte, pues aquí decidió el riesgo de que Ricardo Jaime pronto sea citado por la Justicia en alguna de las causas que tiene amontonadas.
Seguramente, dentro y fuera del Gobierno, más de uno festejará si a Moreno le llega la orden de volver a casa. Para empezar, la ministra de Producción, Débora Giorgi que ve, inmóvil, cómo el hombre se mueve con los empresarios, controla los precios y decide sobre todo el comercio exterior, corta exportaciones o frena importaciones a su antojo.
Son algunos espacios que le pertenecen sólo en la teoría igual que, únicamente en las formas, él depende de ella: Giorgi susurra molestia, pero nunca se atrevió a enfrentarlo en serio.
“Moreno es como el otro yo de Kirchner”, suele decir un ex funcionario que lo padeció. Traducido: hace lo que al ex presidente le gustaría hacer y no puede. Presiona donde se juzgue necesario, a quien sea y con los modales que convengan en cada caso. De tan útil que parece, circula con chapa oficial por todo el espinel de la economía: el privado y el público.
¿Es posible desprenderse de semejante pieza? La respuesta es obviamente sí, siempre que se crea necesario dar ese paso. Dados los costos que ocasiona al Gobierno, hay allí una posibilidad objetiva de conseguir algo del aire que escasea.
Acosados por ciertos controles sobre los precios y las importaciones, parte sin duda interesada, los empresarios consideran que sería “una buena señal”, aunque no una “señal definitiva”.
Después del desbarranque del domingo, ahora algunos empiezan a perderle miedo.
Suena a demasiado achacarle a Moreno parte de la derrota electoral. Eso le cabe por entero a Néstor Kirchner, aunque, indirectamente, roza al secretario de Comercio.
Dice Eduardo Fidanza, de la consultora Poliarquía, que en relevamientos hechos a comienzos de 2008, entre sectores humildes del conurbano, se detectaron dos fenómenos igualmente perniciosos para el kirchnerismo. Uno, que la gente padecía por el aumento de los precios.
Otro, que se sentía burlada por la inflación que le contaba el Indec.
Por más acusaciones de traición que Kirchner pueda disparar a los intendentes, hubo un voto tradicionalmente peronista que se dio vuelta por esa mezcla que advierte Fidanza: la pérdida de poder adquisitivo de unos ingresos ya magros y el engaño. Lo que iba a suceder con las clases medias era previsible de antemano.
Nuevamente. ¿Es posible despedir a Moreno sin, a la vez, informar cuál es la inflación real, el desempleo, la pobreza y la situación económica verdaderos? Con su defensa cerrada de las estadísticas del Indec, el lunes mismo, la Presidenta no sembró indicios de reformas.
Obviamente, está en juego bastante más que una cuestión de modales.
Todo el mundo dispara sobre Moreno y los números del Indec. Se cree que tocar en ambos lados sería, de verdad, una señal de cambio en el estilo K.
En el actual revoleo de nombres, el de Ricardo Echegaray suena siempre, pero cuesta creer que los Kirchner lo mudarán de la AFIP. Hay un dato que vale tanto o más que sus cualidades técnicas o el cierre del blanqueo y la moratoria: maneja un área por donde circula información sensible y estratégica y fue puesto allí, justamente, porque es alguien que despierta una fe absoluta.
La economía cayó 3 % en el primer trimestre del año y 0,5 % en el segundo, según cifras que manejan en algunos despachos oficiales. Eso significaría que habría empezado a aminorar la caída libre, sola, a pesar de que ni por asomo se despejaron las incertidumbres.
Pero no hay garantías de nada, si el Gobierno no da vuelta expectativas que, en salida de capitales, han consumido cerca de 40.000 millones de dólares durante los últimos dos años. Es plata que fugó del consumo y del circuito productivo.
En la semana de las elecciones, los pequeños y medianos ahorristas compraron a razón de U$S 120 millones diarios: el chiquitaje, en jerga cambista. Pasados los comicios, el monto bajó a 60 millones, pero la movida no desapareció. En su medida, también incertidumbre.
“No son demasiado grandes las cosas que el Gobierno debería hacer para remontar la cuesta de la desconfianza y aprovechar un rebote de la economía”, dicen los optimistas. Puesto de otra manera: debe elegir entre más de lo mismo o dar señales ya, de cambios en el rumbo y el estilo K. Es evidente que no basta con sacar o poner funcionarios. CC
Según la UNCuyo, la canasta alimentaria no tuvo variación en junio porque la baja de la carne neutralizó la fuerte suba de frutas y verduras. La básica aumentó 1,1%.
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