Viernes 10 de febrero de 2012 | 13:23 hs
El cantante mendocino Christian Soloa se llevó merecidamente, el domingo, todos los laureles en el cierre de un programa que, en su versión nacional, aunque aceitada y bien producida, debería corregir algunas desprolijidades.
martes, 14 de julio de 2009
Más de un millón de votos, el mendocino Cristian Soloa como absoluto -y justo- ganador, y un final emotivo. Sin dudas, un desenlace feliz de un cuento que tuvo su de-sarrollo con algunos tropiezos de rating.
Contratiempos con origen, quizá, en la experimentación de un nuevo formato que fusionó las fórmulas de Operación Triunfo y Gran Hermano; o en un desgaste natural de una fórmula mediática deteriorada en el mercado televisivo.
Cristian obtuvo 413.598 votos, exactamente 112.096 más que Gabriel, el salteño que se quedó con el segundo lugar. Una importante diferencia que ya se venía previendo en foros y encuestas, que lo daban como ganador. Es que, sin dudas, Cristian fue el concursante más sólido del ciclo.
Su oído musical, capacidad de interpretación y privilegiada voz fueron herramientas más que aprovechadas por él para transformarse en el único no nominado y el elegido -popularmente- por sus interpretaciones melódicas.
En tercer puesto quedó el cordobés Agustín Argüello con 167.534 votos y, cuarta, la también mendocina Johana con 147.569, quien merece el párrafo aparte que sigue a continuación.
Justicias e injusticias
Según lo visto hasta ahora en la Operación Triunfo nacional, puede asegurarse que las mujeres no tienen muy buena aceptación para el podio. Los ganadores de las cuatro ediciones argentinas han sido hombres (Claudio Basso, José García, Benjamín Rosales y, ahora, Cristian Soloa) y muchas cantantes talentosas han quedado en el camino.
En esta edición, la mendocina Johana -que perfilaba como una de las favoritas- quedó en cuarto lugar, debajo del carilindo Agustín que, a nivel de calidad interpretativa y desempeño escénico en cada gala, no podía compararse con la mendocina que logró emocionar con varias de sus interpretaciones a lo largo del ciclo.
Pero, nos guste o no, el voto popular canta no sólo el ganador, sino también qué es lo que elegimos cuando votamos, aunque sea en un reality. Que Cristian haya sido el mejor no hay dudas de que es justo, como así tampoco las hay de que la labor de Johana quedó desdibujada.
No sólo por el resultado popular, sino por la misma producción de Telefé que “premió” de manera especial. A Agustín le otorgó la grabación de un disco a dúo con Sebastián (sí, el mismo que fue eliminado en la 12° gala); y, además, sorprendió a Gabriel con la noticia de que Kike Teruel producirá nada menos que su carrera.
Pero como si esto fuera poco, a modo de bonus track, Nacho -el concursante exótico, fanático de Marilin Manson y Atahualpa Yupanqui que fue eliminado en la 15° edición- hará su participación especial en el disco que edite el segundo ganador. ¿Y Johana? Nada. Un buen aplauso, un trofeo de finalista y las experiencias acumuladas.
El modelo argentino
La gala final no tuvo grandes presencias artísticas, detalle que no deja de sorprender en este tipo de formato que, por lo general, tratan de engalanar el momento con figuras destacadas de la música. Sólo el ex OT Claudio Basso apareció sobre el escenario e interpretó “Arrepentido”, una canción que estará en su próximo disco.
Pero, si bien este formato de reality que busca encontrar nuevos talentos tiene la misma receta en distintas partes del mundo, los condimentos cambian. Incluso, hasta los premios mismos, difieren de país en país.
Cristian se alzó con 100.000 pesos, un contrato con Warner Music y, consecuentemente, la edición de su primer disco solista, una moto, un reloj y una Play Station 3.
Si bien la suma en efectivo no es despreciable, resulta irrisoria comparada con la cantidad de votos obtenidos (más de 400.000 sólo en la final) y con los premios otorgados al público que votó (70 mil y 30 mil).
Pero, las reglas son las reglas, y esa era la suma para el ganador. Gabriel, por el segundo lugar, se llevó a casa una moto y un productor para su carrera (Kike Teruel); Agustín, por el tercer puesto, la posibilidad de grabar un disco a dúo con su compañero Sebastián; y Johana, nada. ¡Ni un reloj! Esas también eran las reglas. Desinteligentes e ingratas, pero reglas al fin.
El desafío
Las cámaras de la casa/academia se apagaron. Y a partir de ahora, para Cristian -y sus compañeros finalistas- la tarea será dura. No sólo porque le esperan jornadas arduas de trabajo en la grabación y difusión de su disco, sino porque tendrá también que hacerse cargo del peso de ser un artista “reality” en Argentina.
Operación Triunfo les ofrece a artistas anónimos no sólo la empalagosa posibilidad de la exposición y constante difusión, sino la oportunidad de estudiar y perfeccionarse con entrenadores de primer nivel.
Pero nada es gratis, y cuando el programa termina y esa fama mediáticamente latente se desvanece queda el artista desnudo que, como bien lo aclararon algunos de los jurados del ciclo, tendrán que salir a pelear a capa y espada.
Mucho de lo que algunos artistas demoran años en lograr, ya lo tienen (fans y contactos, por ejemplo) pero, justamente, esos años de experiencia que afianzan el temple del artista es de lo que carecen.
Igual, el problema no es del flamante artista que se entrega por completo, sino de una planificación errónea del formato que sostiene, ampara y protege a su ganador mientras el programa y la fiebre “OT” persiste.
Pero luego -confesado por muchos ex participantes- la producción del programa les suelta la mano y deja a los artistas librados a su propia suerte. Cambiar esa concepción, de ahora en más, es el mayor desafío de un formato que, sin dudas, es atractivo por donde se lo mire.