Belgrano y su enemigo íntimo

Un enfoque distinto y revelador sobre uno de los héroes fundadores de nuestra Patria.

sábado, 20 de junio de 2009

Por Dr. López Mato, médico y escritor

Desde su retrato nos mira condescendiente, sin una pizca de soberbia. Sus ojos celestes parecen transmitir cierta paz interior, un más allá de los problemas diarios. Este caballero que ilustró los libros de historia de nuestra infancia, con su aspecto delicado, que tantos comentarios irreverentes suscitó (y suscita) nos cuesta creer que haya sido el aguerrido general de Tacuarí, Salta y Tucumán.
 
A este abogado y economista devenido en improvisado militar le debemos la fortuna de los primeros gobiernos patrios y la defensa de nuestros balbuceantes pasos en el camino de la libertad.

Podría haberse quedado en su cómodo escritorio de Buenos Aires, atendiendo sus intereses, o cumpliendo alguna función pública, administrativa o diplomática. Para eso tenía sobradas luces, como había demostrado durante su permanencia en la Universidad de Salamanca, donde integró el cuadro de honor de los estudiantes destacados.

Todo el mundo sabe bien que dicha casa de estudios no presta nada que no corresponda. Justamente allí comenzaron los desvelos del joven Belgrano, pues volvió de España en 1794, francamente desmejorado. El jovencito elegante que se fue a los 16 años, retornó convertido en un hombre enfermo, a punto tal de excusarse frecuentemente de las tareas encomendadas.
Durante los años 1794-1796, 1798-1800, 1803-1804, 1807 y 1809 debió pedir licencia de sus funciones en el Real Consulado ¿Cuál era la causa de estas ausencias? Tres distinguidos profesionales lo aclaran sin eufemismos “un vicio sifilítico con complicaciones originadas del influjo del país”. Dado “su deplorable estado” solicitaba ser reemplazado por la única persona que creía capacitada para cumplir con sus funciones, don Juan José Castelli, primo de nuestro prócer.

Al parecer el joven indiano no pudo sustraerse de los placeres de Venus, un pecado casi inevitable a la temprana edad en que debió viajar a España. No debemos olvidar que esos eran los tiempos de Goya y sus majas desnudas y vueltas a vestir tras una noche de encantos amatorios.

No podemos ver este “vicio” como un estigma. Entonces, uno de cada 4 varones padecía ésta u otras enfermedades venéreas. No eran los tiempos del látex y la protección aconsejada estaba hecha a base de intestinos de carnero desecados y con las discutibles ventajas de ser reutilizables. De no haberse inventado la penicilina, hoy la sífilis hubiese sido tanto o más común que un resfrío.

La parte de “influjo del país” se refiere a la tendencia a los dolores reumáticos propios de la ciudad de los porteños con esa humedad descontrolada y no a un misterioso hechizo que convierte a los príncipes en sapos.

En búsqueda de esa salud perdida es que nuestro joven funcionario se dirigió primero a Montevideo, después a Colonia y finalmente a las costas de San Isidro, donde su hermana Juana poseía una hermosa quinta. Aprovechó ese tiempo para redactar las “Memorias del Consulado”, que abundan en consejos económicos para hacer prósperas estas lejanas colonias perdidas de la metrópoli.

Sin embargo ni “ese vicio sifilítico” ni esos “influjos del país” le impidieron participar como sargento mayor del regimiento de Patricios, durante la Segunda Invasión Inglesa (en la Primera no había actuado por un conflicto de intereses).

Por esos años una desgracia menor se sumó a las ya existentes -al parecer una obstrucción de las vías lagrimales (lo que llamamos una dacriocistitis crónica) terminó fistulizándose, y las lágrimas de Belgrano corrieron por sus mejillas sin necesidad de emocionarse. El orificio era muy pequeño, casi imperceptible y cosméticamente aceptable.

A pesar de esta endeble salud el abogado se convirtió en guerrero. Al parecer el espíritu revolucionario obró milagros terapéuticos en el débil leguleyo. Quizás también pesaba en su ánimo el enrarecimiento del ambiente político que condujo a Mariano Moreno hacía su sepulcro oceánico y a Saavedra a desaparecer abruptamente de los libros de historia, exiliado en la lejana San Juan.
 
Los sinsabores de la campaña del Paraguay más el clima hostil del verano tropical, unido a las persecuciones políticas de las que fue objeto por no poder derrotar con 600 hombres a los 6.000 realistas paraguayos, pesó sobre su espíritu y su cuerpo. Tendido sobre un carruaje viajó hasta Tucumán para hacerse cargo del alicaído Ejército del Norte.

Después de alguna mejoría, el peso de las tareas nuevamente minó su salud. El 20 de febrero de 1813, antes de la batalla de Salta, el general quedó postrado por vómitos de sangre incoercibles, a punto tal que -según Mitre- se hizo preparar una carretilla para poder movilizarse de un lado al otro del frente. Gracias a una feliz recuperación y a su espíritu a prueba de las mayores adversidades, el general pudo montar a caballo y así conducir sus tropas a la victoria.

Poco después, en una nota dirigida al gobierno, hace mención de “terribles fiebres que se declararon en tercianas”, lo que hoy llamamos paludismo, flagelo que diezmaba a las tropas patrias. Nos resulta difícil hoy día entender la extensión de esta enfermedad, que aún continúa haciendo estragos en los países tropicales. Alejandro Magno murió de paludismo y el gran Aníbal también lo padeció cuando pretendió acercarse a Roma -ciudad rodeada de pantanos-.

El paludismo hacía desaparecer ejércitos en un día y atrasó por años la apertura del canal de Panamá. Pero en el caso de nuestro héroe no podemos decir que haya sido la mayor de sus desgracias. Al contrario, aquí puede aplicarse aquello de que “no hay mal que por bien no venga”.

Muy probablemente las altas temperaturas inducidas por el parásito impidieron la reproducción del Treponema palidum, la causa de su “vicio sifilítico”, y de esta forma pudo evitar que la enfermedad avanzase hasta su estado cuaternario o neurosífilis con irremediables secuelas psiquiátricas. De no ser así nuestro Belgrano se hubiese convertido en uno de esos locos que se paseaban por los manicomios con una mano apretando el abdomen cual Napoleón.

Aquejado por las fiebres y los dolores reumáticos, el general se adentró en el Alto Perú. Es curioso observar cómo cada vez que los ejércitos patriotas extendían sus líneas más allá del Desaguadero, la fortuna se tornaba adversa y lo único que cosechaban eran derrotas.

Vilcapugio y Ayohúma fueron el triste corolario de esta campaña. Enfermo, amargado, físicamente disminuido y espiritualmente deprimido, retrocedió hasta que finalmente en enero de 1814 le entrega “los gloriosos restos del Ejército del Norte” al general (sic) San Martín.

Encontró en éste a un compañero de infortunios. Ambos se quejaban de dolores reumáticos, ambos vomitaban sangre y ambos padecían hemorroides. En la nutrida correspondencia que los unió, no sólo comentaban los avatares de la patria, también se pasaban recetas para el tratamiento de sus “almorranas”, abundando en detalles técnicos de cómo reducirlas en caso de volverse rebeldes.

Lo cierto es que San Martín pronto se enfermó -con esa marcada tendencia que tenía el Gran Capitán a somatizar cuando la suerte le era adversa- y Belgrano pidió la baja del ejército para “atender su quebrantada salud... y tranquilizar su espíritu en esta edad que se aproxima a la vejez”. No había cumplido aún 45 años.

Sorteadas las acusaciones por las derrotas de Vilcapugio y Ayohúma, Belgrano se embarcó hacia Europa, para cumplir tareas diplomáticas. Diversas suertes acompañaron sus funciones. Conoció al rey de Inglaterra, Jorge IV, con quien simpatizó (Belgrano hablaba inglés, francés e italiano, por mandato familiar) y recibió de sus propias manos un reloj como recuerdo.

Después frecuentó al conde de Cabarús, al que estuvo a un tris de retar a duelo, y debió frenar a su colega Sarratea dispuesto a secuestrar a un príncipe italiano para coronarlo monarca del Río de la Plata y zonas adyacentes. Belgrano creía que el hijo de un Inca estaría más acorde a nuestro paisaje.
 
Después de conocer a cierta dama de alta alcurnia y dudosa reputación con la que mantuvo un breve affaire, don Manuel consideró que ya era tiempo para volver a estos pagos y así lo hizo. Eso sí, durante su permanencia en Europa no se quejó de mayores problemas, al igual que le pasaría años más tarde a su amigo San Martín.

Vuelto al país participó del Congreso de Tucumán, donde expuso sus ideas de contar con un rey autóctono. Después se lo puso al mando de lo que quedaba del Ejército del Norte, un ejército siempre en retirada. Allí el general Belgrano reinició su viejo idilio con la adversidad, penas sólo atemperada por sus amores con Dolores Helguero, hermosa joven con la que tuvo una hija, Mónica Manuela. A esta hija no la reconoció para evitarle trastornos a la madre, ya que se había casado con otro señor de edad avanzada para cumplir las imposiciones paternas.

Hacia 1819, después de haber movilizado al Ejército del Norte para aplacar a la montonera de López y Ramírez (cuya desobediencia le trajo tantos problemas a San Martín), Belgrano llevó su ejército a Córdoba. Allí el Dr. Castro -médico y por entonces gobernador de la provincia- lo encontró en tal mal estado de salud que convocó a sus mejores colegas para atender la salud del general. Belgrano se dejaba morir. “Tienen aquí una capilla para enterrar a los soldados.

También pueden enterrar a un general”. Imposibilitado de actuar, decidió dejar el mando del ejército a Francisco Fernández de la Cruz y dirigirse a Tucumán, ciudad de clima más benigno y afectos más asentados. Pero nuevamente se interpuso la suerte en su camino y el capitán Abraham González pretendió ponerle grilletes a las hinchadas piernas del general, por brutas razones que sólo un ser tan necio como dicho capitán podía argumentar (el general Paz decía que el tal González era un charlatán y un incapaz, pero aun así, o por ser así, llegó a gobernador de Tucumán).

La intervención del Dr. Redhead impidió esa última afrenta. Ya el general estaba postrado, hinchado de cuerpo y alma, con disnea y edema generalizado. A Belgrano no le quedó otra opción más que volver a Buenos Aires. A tal fin exigió al gobierno los sueldos atrasados. La respuesta no fue muy original: como siempre, las arcas del Estado estaban vacías. Entonces su amigo de siempre, Celedonio Balbín, facilitó el dinero para su traslado.

A Buenos Aires viajó el general con su médico, su confesor, el padre Villegas y sus ayudantes de campo: Jerónimo Helguera y Emilio Salvigny. Ya casi no podía montar y si lo hacía, debían ayudarle a bajar del caballo. Llegado a las postas, después de un día de trajinar, los edecanes lo llevaban hasta la cama y así quedaba hasta el día siguiente, imposibilitado de andar.

Cuentan que una noche pidió ver al posadero. Requerido éste, le mandó a decir: “Es la misma distancia que lo separa de mí, que a mí de él. ¡Qué venga a verme entonces!". Así se trataba a un hombre que había dado todo por la patria.

Cuando ya le fue imposible andar a caballo, don Manuel no pudo montar y fue trasladado en carreta. Carlos del Signo, un comerciante cordobés, le prestó el dinero necesario, sin recibo, para aminorar los pesares del estadista (una callecita de Buenos Aires recuerda al generoso benefactor). Por fin llegado a destino, Belgrano pasó a habitar la misma casa que lo había visto nacer. Allí arregló sus asuntos terrenales, testando a favor de sus hermanos y declarando no tener descendencia.

En privado dio las instrucciones para que su hija recibiese una esmerada educación al cuidado de sus hermanos. De esta forma guardaba un caballeresco silencio sobre sus relaciones con Dolores Helguero. No hace mención de su otro hijo, el que sería con los años el coronel Pedro Rosas y Belgrano -hijo de Josefa Ezcurra, hermana de Encarnación y cuñada de Juan Manuel de Rosas. Éste crió al hijo de Belgrano como propio.

Quizás Belgrano, sabiendo que la familia Ezcurra Rosas podría proveer los medios para criarlo -como efectivamente hizo- no deseaba comprometer la figura de la madre, perteneciente a una de las familias porteñas más encumbradas y que a la sazón continuaba casada con su primo, que optó por volver a España y dejarla en libertad de acción.

La enfermedad progresaba inexorablemente y Belgrano se preparó a morir como buen cristiano. A diario compartía charlas con sus amigos dominicos y pidió justamente ser enterrado con los hábitos de esa orden. Existía entonces la creencia que vestir sotanas usadas por prelados de reconocida santidad, daba al que las usara como mortaja mayor posibilidad de redención. Pidió Belgrano ser enterrado en el atrio de Santo Domingo y no dentro del templo, como lo habían hecho sus padres.
 
Finalmente la escasez de medios obligó al general a pagarle al Dr. Redhead con el mismo reloj que recibiera de manos del rey de Inglaterra. Su otro amigo, el Dr. Sullivan, tocaba el clavicordio para entretenerlo, fue él el encargado de hacer la autopsia de Belgrano.

A falta de material idóneo, debió recurrirse al mármol de una cómoda como losa para su tumba. Las últimas palabras que se le escucharon decir fueron: “Ay, Patria mía”. Aún retumba ese lamento en nuestros oídos.
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