Obra de Ricardo Carpani.
La música es el arte de combinar los sonidos melódicos y armónicos en una sucesión temporal. Es lo que hicieron Ana y Jaime Gelfman en su libro: “El tango en Mendoza I”.
Hace un tiempo atrás nos presentaron una obra anterior: “El tango que vivimos”, donde contaron minuciosamente cómo ese tango porteño - y bien porteño - les fue ganando el corazón hasta ser parte de sus vidas.
Porque así como Dinzel define al tango como “un perseguir continuadamente la idea de comunión entre dos cuerpos en una estructura dinamizada, cediendo, adaptándose y complementándose”, la vida de Ana y Jaime Gelfman fue ese amarse, ese sentirse, ese escuchar los acordes del piano de Jaime unidos a la interpretación de las letras en la voz de Ana que tanto nos deleitan a los mendocinos.
Desde las primeras páginas, los autores van recorriendo la ciudad desde sus orígenes y, de una manera cronológica, nos cuentan cómo el tango de Buenos Aires se fue apropiando de este oasis andino.
De lo que sucedía en la Capital se hacía eco Mendoza, en un ir y venir de músicos, artistas, orquestas y cantantes.
Por las páginas del libro pasa don Adolfo Cía, autor de múltiples canciones que estrenó en los salones del Sportman (confitería hoy desaparecida por la impronta modernista) como por ejemplo la celebrada: “Qué va chaché”. Adolfo Cía fue quien formó la primera orquesta típica mendocina.
En los piringundines, academias y salones locales se enseñaba a bailar y a contener las exigencias de los años juveniles detrás de esos acordes que, bajo ondulantes movimientos, combinaban los sonidos de la voz humana con los de los instrumentos.
En este libro, Ana y Jaime (más conocido por Tito) nos muestran cómo estos sonidos que tienen más que ver con el puerto y sus alrededores supieron atraer a algunos músicos hasta la ladera de los Andes, quienes llegaron y se instalaron, afincándose y haciendo escuela en Mendoza.
Una sucesión de nombres como Alberto Rodríguez, Albo Distefano, Luis Astrudillo, los hermanos Casciani, Osvaldo Larrea, Natalio Tursi, Pedro Francia, Loforte, Antonio del Pino, Alfredo Pizarro… . Y tantos más que dejaron su honda huella en el corazón de los cuyanos.
Instalado como tango canción supo alegrar las tardecitas de las plazas, los clubes de barrio y las fiestas familiares. El tango más que un estilo musical es una forma de vida, un sentir que los Gelfman saben traducir en cada página del libro que nos invita a seguir leyendo, tratando de descubrir a quien conocemos, de quien tenemos mentas, de quienes nos hablaron nuestros abuelos.
Las autoridades de ambas márgenes del Río de la Plata han postulado al tango como Patrimonio Cultural de la Humanidad ante la Unesco y recién este año la comisión se va a expedir al respecto.
Entre los argumentos que plantean a su favor es el de ser una expresión genuina de los sentimientos y tradiciones de los pueblos de Argentina y Uruguay, ya que representa un conjunto de valores compartidos, de manifestaciones culturales de carácter inmaterial que hoy deben rescatarse del olvido y ser puestas en valor.
Aquí reside la importancia del libro de Ana y Tito Gelfman: “El tango en Mendoza I” es el descubrir nuestras raíces nutridas de distintos elementos. Porque, así como se dice que los argentinos somos un pueblo bajado de los barcos, es a partir de elementos culturales como el tango que fuimos construyendo la identidad, lo que nos hace reconocer lo que somos.
Y, entonces, este libro habla de todos nosotros, de los que se fueron, como el polaco Krisak, los Hermanos Mancifesta; de los que están, como Ricardo Sigal, y Cacho Morales, y sobre todo es un testimonio para los que seguirán, como Patricia Cangemi, Sebastián Rodríguez Fossi, 18 cuerdas, Altertango, Tangastor o el Noneto de Tango.
Porque si no sabemos quiénes somos no podemos saber hacia dónde vamos. Y la aparición de este libro, que rescata del pasado y del olvido a tantos que contribuyeron con la cultura popular de Mendoza, nos permite poner en valor nuestros sonidos internos que tienen letra de tango como la “Piba de Guaymallén”, “Mi vieja 4a sección” o “Buenas y Santas”, sólo por mencionar algunas canciones.
Muchos de los que formaron parte de ese gran movimiento de tango que hubo en Mendoza hacia los comienzos y llegó hasta mediados del siglo XX, están registrados en las páginas de este libro. Los descendientes de los “tangueros d'entonces” verán en ellas parte de la historia familiar.
Y los más jóvenes que fueron atrapados por los acordes del bandoneón y se han sumado al renacer de nuestra música porteña, tendrán en este libro una fuente de memoria viva donde nutrirse para buscar “llenos de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias”.
“El tango en Mendoza I” ofrece una historia viva a los que estudiamos el patrimonio cultural y nos invita a recuperar a los que perviven en el “firulete” de una escuela de tango, en una “lustradita” o en una “sentadita” de una “papusa canyengue” que le saca chispas a la pista de baile con sus tacos relucientes.
¡Gracias Ana y Tito!, sobre todo por ofrecernos este testimonio y hacernos recordar nuestras tradiciones para tomar conciencia de lo que fuimos y de lo que somos: “Cambalache siglo XX -y agrego siglo XXI- problemático y febril que el que no llora no mama y el que no afana es un gil”./Silvia Marcela Hurtado, entre otros títulos: profesora, investigadora y licenciada en Sociología-Fac. de Ciencias Políticas y Sociales-Univ. Nac. de Cuyo.
Madre e hija se dedican a diseñar banderas que cubren las tapas de ataúdes. Los pedidos van desde equipos de fútbol a imágenes religiosas. La empresa no registra antecedentes en Mendoza y desde que comenzaron la demanda no se detiene. Lo que pueden hacer los deudos para quedar bien con un cadáver.