Valentina Marcerou y su madre, Lisel Salonia, junto a uno de sus diseños de fútbol.
Hace un año, cuando la especialista en estética corporal, Lisel Sajonia (prefiere no decir su edad) concurrió al entierro de un conocido suyo a un cementerio privado, le llamó la atención que antes de que el féretro fuera enviado dos metros bajo tierra, alguien tirara la camiseta del club Boca Juniors en el hueco; y más le llamó la atención que la gente presente aplaudiera el gesto entre lágrimas y sollozos mientras el ataúd descendía con lentitud.
Lisel no dijo nada pero en el camino de regreso a su auto le preguntó a uno de los asistentes al entierro por qué alguien había arrojado una casaca de Boca antes del final de la ceremonia.
"Gabriel (tal era el nombre del difunto) era fanático de Boca, todos lo saben...". "Ah, okey yo no tenía idea...", respondió Lisel. Ya camino a su casa, y sola en su auto, una idea comenzó a darle vueltas en la cabeza. Llegó y le contó lo que había visto a su hija Valentina (20).
Valentina, que sabe de muertos ya que por aquel entonces trabajaba como maquilladora de cadáveres (naturalizadora post mortem) para una pompa fúnebre de Mendoza, le explicó: "Mamá, no sabés lo que hace la gente con sus muertos y lo que es capaz de hacer...". La lámpara de Lisel se encendió esa misma noche cuando apagó la luz para dormir.
Una semana más tarde, madre e hija llevaron adelante la idea: fabricar banderas de tela con los extremos elásticos de dos metros por sesenta centímetros, la medida justa para que cubra un féretro.
Los modelos de los motivos a confeccionar, sospecharon, los aportarían los propios familiares de los muertos que quieren quedar bien con el cadáver, pero imaginaron que en el fútbol y en la religión estarían los más solicitados. "Son pasiones argentinas", coincidieron ambas.
"Es una empresa familiar. Somos mamá y yo", suelta Valentina y abre sus ojos grises. "Nosotras no somos costureras ni bordadoras ni sabemos nada de coser. Somos empresarias: es decir que tenemos un grupo de costureras que confeccionan las banderas que taparán la caja del féretro. Nosotras vendemos el producto", aclara para que no queden dudas.
Lo primero que hicieron madre e hija empresarias fue conectarse con firmas funerarias y ofrecer su producto para que los funebreros, a su vez, se los ofrecieran a sus clientes, todo incluido en lo que se conoce como seguro de sepelio.
"La muerte de alguien sale mucho más caro de lo que la gente cree. Desde que la persona muere hasta que es enterrada o incinerada, transcurren varias horas. Bueno, cada hora, cada minuto, sale dinero. El traslado, vestir al muerto, arreglar la sala velatoria, llevarlo al cementerio, poner avisos en los periódicos... todo eso cuesta dinero".
"Lo nuestro, es decir, ofrecer como un servicio extra una bandera con una inscripción que identifique al muerto durante el sepelio y en el entierro, sería un servicio más: el cliente -o sea los familiares del fallecido- puede optar, no se lo obliga, no va en el paquete fijo de gastos de sepelio", cuenta Valentina, una suerte de Merlina de los Locos Adams.
Idea original
Lisel y Valentina aseguran que la idea es de ellas y que no hay nadie en Argentina que se dedique a lo que hacen. "Sabemos de algo similar en México, pero que está más vinculado con banderas con imágenes de santos, México es un país muy religioso.
En Argentina somos las únicas que nos dedicamos a esto. Por eso registramos la idea como corresponde, para que nadie nos copie", indican, aunque de momento la firma no cuenta con un nombre como marca.
Algo de razón las acoge. A priori, al menos en el buscador Google, no aparecen servicios como los suyos en el universo inmenso de Internet. En la web se ofrece de todo pero nadie ofrece una bandera de extremos elásticos para colocar a un féretro en un velatorio.
A modo de una promoción-testeo, "para ver la aceptación que tenía la idea", la dupla empresaria puso un aviso en una pequeña revista de circulación gratuita que se distribuye en el barrio Unimev de Mendoza con el siguiente texto: "Cubretapas de ataúd", decía en letra grande.
"Para despedir a nuestros seres queridos. Diseños exclusivos. Bordados. Escudos de fútbol, santos, imágenes. Lisel Salonia", y dejaban el teléfono fijo y el móvil.
"Para nosotras el barrio Unimev es el más representativo de la clase media de Mendoza; allí vive gente trabajadora, profesionales, todo de lo más normal. Y por más que en el aviso se especificaba que sólo trabajamos a través de empresas fúnebres y no con particulares, esperamos a que la gente llamara para ver qué nos decía", continúa Valentina.
-¿Y, llamó alguien?
-No, en realidad la primera persona que llamó fue usted, y fue para hacer una nota, pero todo bien. Sabemos que la idea ha tenido aceptación?
El mecanismo comercial de las dos mujeres consiste en ofrecer a las empresas fúnebres sus banderas mortuorias para que ellas a su vez se las ofrezcan a los clientes en un precio que oscila los 170 pesos por unidad.
De ese modo, madre e hija mantienen un stock permanente de los lienzos ya hechos para enviarlos de inmediato ante un pedido.
"Ya que, se sabe, en la mayoría de los casos la gente muere sin avisar, así que las empresas deben tener las banderas a mano si es que el cliente las requiere. Acá no podemos trabajar a pedido: los tiempos de la muerte son rápidos. Te mueres a las 12 y en seis o siete horas ya estás bajo tierra", indican las damas.
Cuando me muera quiero?
Dicen que hay gente que molesta a sus familiares cuando está viva. Y que normalmente esa gente es la que molesta tal vez más cuando por fin muere; son los que puede llegar a pedir a modo de última voluntad deseos como: "El día que muera quiero que me cremen y que Juancito esparza mis cenizas en la cima del monte Everest...".
La idea de la última voluntad del fallecido inquieta a los deudos. Pretenden hacer algo bueno cuando creen que no hicieron mucho por el muerto mientras vivía. Entonces aparece la culpa y en un entierro ésta se puede subsanar con dinero. Los costosos avisos fúnebres en los diarios son una prueba de ello.
A estas dos empresarias les convienen los muertos que fueron fanáticos: ya vengan del deporte, de la religión o de cualquier tipo de fanatismo. A los fanáticos no se los entiende, se los aguanta. Y si se trata de un fanático muerto, se lo aguanta más aún.
Para eso, Lisel y Valentina cuentan con un stock permanente de banderas que envían con una regularidad de quince unidades (promedio) por semana a las empresas de funerales.
"Las que más salen son las de fútbol. En un ranking a ojo podemos colocar primero a la bandera de Boca, luego a la de River y después a la de la Selección Argentina de Fútbol. En Mendoza tenemos pocos pedidos, hace poco nos pidieron una bandera de la Lepra (Independiente de Mendoza) y una de Godoy Cruz (el equipo de Mendoza que juega en primera división), pero los clubes llamados 'grandes' se llevan las preferencias.
Por ejemplo, mi papá ya nos ha pedido la bandera de Boca para cuando muera", indica Valentina, y aclara, por las dudas, que no está a la espera de quedarse huérfana de padre para incrementar sus ingresos.
En materia de religión, los gustos también se mantienen fijos: "El santo más solicitado es San Expedito; luego vienen imágenes del Niño Jesús o de la Virgen, pero San Expedito es el que más sale, sin dudas".
Expedito es el santo de las cosas rápidas (de allí viene expeditivo), por lo que si alguien llega a ir a un velatorio y observa la bandera de San Expedito puede llegar a pensar que el fallecido pide (a los santos sólo se les pide) que el velatorio sea rápido. O que su llegada al más allá -sea el cielo o el infierno- se produzca con rapidez.
"No creemos que sea así, tan taxativo -explican madre e hija empresarias- pero nosotras no nos dedicamos a ver qué pensaba el muerto ni qué piensan sus allegados. Apenas vendemos banderas que terminarán en la oscuridad de una fosa, con el cuerpo de quien murió. Y que en ese último viaje lleve consigo una bandera que lo represente; vaya a donde vaya a parar".
Una obra de Ana y Juan Gelfman dedicada a recrear las huellas de la música ciudadana en nuestra provincia.