Los departamentos, ocupados en su mayoría por inquilinos, se destacan por tener muy buena iluminación gracias a los grandes ventanales que dan al Este. (Marcelo Ruiz)
Hace poco más de 70 años, nació en Mendoza uno de los barrios de avanzada más importantes de la época. Se trata del barrio Gobernador Guillermo Cano, ubicado históricamente en la Sexta Sección de la Capital mendocina. El complejo de “Casas Colectivas” guarda entre sus calles una rica historia nacida de la mano de los vecinos que lo habitaron y de los particulares visitantes que alguna vez recibió.
De acuerdo a la historia de lugar recopilada por Mercedes de Bustos (ver aparte), los terrenos en donde se ubica el barrio eran de la propiedad personal del entonces gobernador de tinte conservador, Guillermo Cano. El mandatario donó el espacio para la construcción del complejo.
El investigador del Conicet, Ricardo Ponte, rescata en su libro “Mendoza, aquella ciudad de barro” la propia definición dada al proyecto por sus autores, los arquitectos Manuel y Arturo Civit, según la cual se trató de “casas colectivas destinadas a obreros y modestos empleados de la administración y libres”.
Sin embargo, la mayoría de los departamentos fue ocupada por quienes en ese tiempo pertenecieron a la administración pública provincial, es decir, las viviendas fueron habitadas por estratos medios. Incluso, popularmente se le llamó al barrio Cano “el conventillo de cuello duro”, en alusión al sector conservador mendocino.
Desde su construcción hasta hoy, las casas colectivas han mantenido su misma fisonomía edilicia. Se compone de 576 departamentos en 14 monobloques. Doce pabellones cuentan con 42 departamentos cada uno y los dos restantes (monobloque H y J) poseen 36 departamentos. La población potencial que se esperó albergar en el proyecto inicial fue de 3.048 personas.
“La arboleda de flora variada, de la cual aún se conservan algunos ejemplares como magnolias, aguaribayes, eucaliptos, alerces, aromos y castaños, perfumaba nuestras casas todas las mañanas. Podríamos decir que el barrio era alegre, tranquilo y feliz”, comenta Mercedes de Bustos.
Una vez que el barrio se pobló y las familias empezaron a crecer, surgió la necesidad de crear una escuela para los niños. Hasta que ello se consiguió, el colegio funcionó en la entrada uno del pabellón H. “La primera directora fue la señora María Guerrero de Rosas. Ella, junto con las maestras, hicieron un gran trabajo en la educación nuestros niños y lograron que muchos de ellos se convirtiesen en destacados profesionales”, afirma la señora de Bustos.
En sus inicios la vida en el barrio fue muy peculiar. Uno de los servicios con los que contó fue el de lavanderías comunitarias. “En donde hoy funciona la escuela secundaria Osvaldo Borghi (esquina de Las Magnolias y Los Viscos) se encontraban lavanderías en donde las dueñas de casa enviaban a sus empleadas a lavar la ropa, esto fue así hasta 1944”, cuenta Oscar Trigo (77), quien asumió la presidencia del consejo vecinal esta semana.
Las viviendas ubicadas hoy en día en las cercanías del hospital Luis Lagomaggiore representaron una “isla de cemento” en aquellas épocas. Esto es así ya que se encontraban totalmente rodeadas de campos y viñas. El único medio de comunicación era una línea de micros que hacía su recorrido hacia el centro en forma muy esporádica. “No había ninguna otra forma de comunicarse ya que el teléfono no tenía extensión”, cuenta la señora de Bustos.
Esto influyó fuertemente en la elección de quienes decidieron ir a vivir al barrio. “A la mayoría de las personas le resultaba complicado ir a un lugar que se encontraba tan ‘aislado’. Por lo tanto, el barrio se pobló de matrimonios jóvenes con hijos pequeños. El grupo de vecinos fue muy unido, se hacían simpáticas tertulias en las casas y los niños formaban 'barritas' “, señala Mercedes.
Un complejo de espacios verdes llamado “Paseo Venezuela” se divide en los prados sur, central y norte. “En este momento, viven alrededor de 2.500 personas”, afirma el administrador del consorcio, Jorge Evans (63) vecino de las casas colectivas desde que tenía tan sólo algunos meses de vida.
Tres escuelas se encargan de la educación de niños y jóvenes: el jardín maternal “María Curie”, la escuela primaria “República de Chile” y el colegio secundario “Doctor Osvaldo Borghi”.
La comisaría sexta funciona de manera operativa y judicial desde hace 15 años. Tres almacenes y verdulerías, un quiosco, la Iglesia “Santa Rita”, el centro de jubilados “Amanecer”, el reconocido Club Cano (ver aparte) y un pequeño anfiteatro completan la lista de servicios con los que cuenta este complejo de propiedad horizontal.
A pesar de haber sido declarado, en 1998, parte del Patrimonio Cultural de la Provincia de Mendoza, el deterioro de los espacios públicos y los monobloques es evidente.
Los administradores adjudican esta situación al vandalismo que sufren en forma constante y al hecho de que alrededor del 60 por ciento de las casas se encuentran en alquiler. “Los espacios verdes, a pesar de ser reparados con mucha frecuencia, son siempre víctimas de quienes se divierten destruyendo”, afirman Oscar Trigo y Jorge Evans.
“Ésta es una zona hermosa para vivir, hay conexión con muchísimas líneas de colectivos y estamos a 10 minutos del Centro, pero lamentablemente estamos un poco olvidados”, señala Evans.
Desde la administración hicieron hincapié en un reclamo presentado al municipio capitalino y que, según su punto de vista, mejoraría un poco la situación en la zona. Se trata de la solicitud del cierre del pasillo ubicado entre Las Tipas y Los Sauces que comunica el barrio con la parada de colectivos del Club Cano.
“Nos faltan recursos, con los 30 pesos que cobramos de expensas sólo alcanzamos a cubrir los gastos fijos”, afirman y agregan que desde que se les quitó un subsidio para la electricidad pasaron de pagar $ 250 a facturas de 1.500 pesos. Esto es así ya que el agua es enviada desde Obras Sanitarias a una cisterna subterránea y el consorcio la distribuye mediante la puesta en funcionamiento de motores de bombeo eléctricos.