Viernes 10 de febrero de 2012 | 13:31 hs
domingo, 31 de mayo de 2009
A partir del XIX, el imaginario popular se pobló con los artefactos ficcionales de Wells y, claro, con los de Verne. Eran los tiempos en que el furor por las ciencias ocultas y la ciencia ficción propiciaban el trance de los médiums y el tráfico de libros mágicos.
En Argentina, Eduardo L. Holmberg (1852-1937), médico de intensa imaginación, inauguró la tendencia literaria a los vuelos interplanetarios con una novela llamada “Viaje maravilloso del Señor Nic Nac” (1875).
La sinopsis era ésta: comentada en los corrillos de la plaza Victoria y en los boletines de prensa, corría por Buenos Aires la noticia de que el Señor Nic-Nac, tras regresar de un viaje a Marte, se hallaba internado en un manicomio y que allí escribía un diario de la travesía espacial.
Los cuarenta capítulos del texto eran, pues, el diario de Nic Nac, en el que relataba su curioso traslado -suerte de crónica marciana a la Argentina- recurriendo a las técnicas del espiritismo y guiado por un médium ejemplar.
No había nave, no había -tampoco- un “ayudante” mágico al estilo del folk maravilloso. Más bien, convergía una fascinación por las técnicas espiritistas que seguían, en esa Buenos Aires finisecular, a textos como los de Allan Kardec.
Avancemos. De ese affaire entre alienígenas y humanos que plasmó en la plástica Raquel Forner a la comedia argenta de Enrique Carreras (recordemos el film “Los extraterrestres”), el tema de la cultura alien va y vuelve por nuestro archivo visual contorneándose entre lo pop y la remake tercermundista.
Por supuesto, la cuestión de los platos voladores también se configuró en esas fisuras entre la ciencia y la religión, generando agrupaciones pre Mercosur como el Lineamiento Universal Superior, liderado por Valentina de Andrade. Aparte, cundió en la autobiografía: un ejemplo es “Yo visité Ganímedes”, firmada por Yosip Ibrahim.