¿Qué se juega en el programa “Gran Cuñado” de Tinelli? ¿A qué obedece una audiencia tan alta? Una hipótesis primaria es que el televidente goza burlándose de quienes a su vez sienten que los burlan. A una chanza masiva le corresponde otra igual.
La gente se siente despreciada por la política y consume aquello que paga en la misma moneda. El gozo con la caricatura y con la exageración de los rasgos configura una forma de venganza del televidente, que Tinelli ha acertado en vehiculizar en beneficio propio. La gente no tiene sólo sed de risa sino de represalia acumulada y esto es lo que explota el programa.
Ahora bien, no hay tanta diferencia entre algunas escenas de “Gran Cuñado” y aquellas de la campaña para las elecciones de junio, dado que ambos son casos de maquillaje y máscara avanzada. El esfuerzo actoral del candidato que modula el tono de voz y levanta bebés por el conurbano no es muy diferente del que hace quien lo imita por televisión.
“Gran Cuñado” es, así, una sobreactuación de una sobre-actuación.
El programa cobró una inusitada fuerza propia y comienza a ser referente de la política más que a la inversa, lo que corrobora el grado de entidad de cada una.
Platón, en su escala de gradación de la realidad (y, por consiguiente, de degradación), distinguía entre la idea, la copia y el simulacro. La idea es el modelo. La diferencia entre copia y simulacro es que la copia es una imagen dotada de semejanza, mientras que el simulacro es una imagen sin semejanza alguna.
¿Dónde se ubica la política en esa escala de degradación y dónde su imitación?
Es posible pensar que las imitaciones de Tinelli están todavía en la categoría de copia, porque buscan una semejanza, mientras que algunos de los imitados están en la categoría de simulacro, dado que en sí mismos han perdido todo correlato con un original.
En sentido amplio, buena parte de la política argentina se ha quedado sin un original, sin algo a lo cual desearía parecerse. Ha perdido el lugar hacia el cual tender, la zona de referencia, y se encuentra a la deriva.
Pensemos por un instante en los datos del Indec que, como simulacro puro, hace tiempo que buscan expresamente la disimilitud, es decir, no parecerse a nada.
Los candidatos testimoniales han expurgado expresamente de sí también todo grado de realidad y pertenecen de lleno al estadio fantasma de la política.
Una política que vive cada vez más concentradamente en un pequeño reducto, como ocurre dentro de la casa televisiva, reducto que no es otra cosa que un paraíso fiscal de los valores, territorio en el que se domicilian para evitar toda observancia a una regla de juego y para evitar toda consecuencia para sus actos.
Como en la caverna platónica, estamos sometidos a esta extraña esclavitud, sólo vemos desfilar sombras delante de nosotros y no podemos movernos de lugar ni cambiar el desfile.
La estrategia por el momento es unirnos en una gran risa colectiva. Risa que tiene como objeto explícito a estas sombras, pero que acaso de manera más secreta tiene también como objeto a nuestra propia condición.
El manganeso en la red de Godoy Cruz desnudó imprevisiones y falta de inversiones en el sistema. La gran ciudad se expande, el sistema es viejo e insuficiente. El Estado discute con los concesionarios. El agua escasa mueve batallas, pero en nuestro campo se sigue regando por inundación y en los hogares se derrocha como si sobrara lo barato.
En un pequeño reino oriental, sus habitantes enfrentan los problemas psicológicos que genera la globalización proponiendo la meta de “lograr la felicidad” como una política de Estado. Y hasta la están cuantificando.