La exuberancia argentina

El autor ve como uno de los grandes defectos argentinos nuestra propensión a la desmesura toda vez que emprendemos una tarea colectiva.

miércoles, 20 de mayo de 2009
La exuberancia argentina

Simón Bestani - Presidente Honorario Fundación Contemporánea

La filosofía clásica decía que la perfección estaba siempre en el justo medio. Así, la práctica de cualquier virtud podía pecar tanto por defecto como por exceso. Al exceso, a esa práctica exuberante, desencajada de una virtud, la llamaban hybris. A veces, leyendo nuestra historia, uno tiene la sensación de estar leyendo las crónicas de Hybrislandia. Todo en la Argentina se hace desbordando pasión, todo es a fondo, todo es a muerte.

Mientras duró la etapa de la espada (1806-1880), nuestra nación, la más pequeña de la América española, cargó sobre sus hombros con la enorme responsabilidad de la independencia propia, la de Chile, Perú, Uruguay y colaboró en las de Ecuador y Bolivia.

Todo esto se hizo con una exuberancia inaudita: en un mismo tiempo, había ejércitos argentinos en Chile, Perú, Ecuador, Bolivia, Uruguay y encima ¡estábamos en guerra civil! ... Bolívar nos llamaba “el belicoso pueblo del Río de la Plata”.

Luego vino la etapa del desarrollo. Los argentinos decidimos que la inmigración era estratégica; nuevamente la exuberancia. Entre 1880 y 1920 la Argentina fue la Nación que más inmigrantes recibió por habitante del mundo. Tres veces más extranjeros sobre la población total que EEUU (11% EEUU, 32% Argentina). Tan a fondo fue la cosa que cambiamos hasta la etnia (en 1860 menos de 15% de la población era europea, en 1930, 95%).

Nos decidimos a “ordenar” la economía. Hasta 1890 importábamos harina y trigo de EEUU, treinta años después éramos de los mayores exportadores mundiales, teníamos casi la misma cantidad de vías férreas que Alemania y el séptimo ingreso per cápita el mundo. Nuestro salario real era superior en 1920 al de varios países europeos como Francia, Italia y España.

Durante la etapa del desarrollo social, los argentinos montamos un sistema de seguridad social sólo superado por EEUU y Canadá en el hemisferio occidental. Dimos de comer prácticamente gratis -o al costo- a España e Italia en la post-guerra. Gran Bretaña nos pagó las deudas de guerra con empresas viejas descapitalizadas, es decir, como quiso.

Fuimos exuberantes en la ayuda externa; la Europa de hoy fue más “mesurada” durante nuestra crisis del 2001/2002. En cuanto a la movilidad social ascendente e integración de inmigrantes, no tenemos igual. Hijos de inmigrantes presidentes, ministros, gobernadores, generales, obispos, empresarios... casi imposible en cualquier país desarrollado.

Aún hoy estamos “devolviendo” a Europa nietos de europeos sin instrucción y aún analfabetos convertidos en profesionales y técnicos de primer nivel. La “exportación” de cerebros según Naciones Unidas nos costó unos U$S 10.000 millones, aunque altos funcionarios de la misma institución calculan que podríamos llegar a U$S 15.000 millones. Para un país en vías de desarrollo, una enorme desmesura.

Respecto del modelo económico, cuando nos decidimos a estatizar fue a fondo. Nacionalización de sectores enteros de la economía, el comercio exterior, precios máximos, etc. Como resultado, fuimos el único país del mundo en tener dos hiperinflaciones sin guerra, todo un récord.

Luego vino el otro modelo, también a fondo. Privatizamos o desregulamos empresas y sectores que ni en EEUU están desregulados. Abrimos el mercado en tiempo récord (a veces por decreto); los tiempos de apertura de mercados específicos en los países desarrollados son de 10 o 15 años. Tuvimos uno de los índices de extranjerización de la economía más grandes del mundo. Obviamente, terminamos en un default a lo argentino, es decir, a fondo; el default más grande del mundo.

Creo que la Argentina tiene una nueva oportunidad aunque también desafíos. “Queremos ser un país normal”, decía nuestro ex-presidente al iniciar su gestión. Para los que nos criamos en democracia resultan casi incomprensibles las posturas hegemónicas, maniqueas e intolerantes propias de las generaciones que, muy a su pesar, se educaron en modelos autoritarios. Un país normal requiere de una dirigencia normal.

Cuando nuestros dirigentes utilizan la historia como herramienta política -y no está mal toda vez que la misma es una de las tres ciencias políticas- por favor, con mesura.

Ciento cuarenta años tardó el país en “perdonar” al brigadier general Juan Manuel de Rosas; ni muerto pudo volver. Sus restos fueron repatriados de Southamton hace unos diecisiete años. Aún hoy en la Ciudad de Buenos Aires, Capital Federal de la República, no hay una calle con el nombre de los gobernadores provinciales federales, mal llamados caudillos. De todos aquellos a los que debemos nuestro sistema federal de gobierno, sólo uno -Quiroga- es recordado con una arteria absolutamente secundaria.

Tres décadas después de la última dictadura militar, de una violencia inaudita, nuestros dirigentes políticos siguen apostando a la división, a apropiarse del bando de los buenos y a poner a gran parte de los argentinos en el bando de los malos. Pareciera que la dictadura no la sufrimos todos los argentinos sino sólo los “buenos” argentinos. Obviamente, este abuso desmesurado de la historia hace que en vez de unirnos el pasado con sus cosas buenas y malas, nos divida.

La verdadera genialidad de una dirigencia republicana y democrática está en practicar las virtudes en su justo medio. No en vano los griegos entronizaron a la prudencia como la virtud cardinal de la política.

Vamos a discutir modelos de organización institucional

y económico aunque sospecho que no estamos tan separados y divididos unos de otros, al menos en la gran franja de lo que piensa 80% de los argentinos.

Vamos a necesitar coraje, visión, justicia, memoria y solidaridad pero, por favor, con mucha prudencia.

Necesitamos cambiar muchas cosas, construir un futuro sin exclusión, necesitamos un nuevo enfoque, es cierto, pero sobre todo, necesitamos el justo medio, la prudencia, la normalidad.
¿Podremos?

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