Cleto y Cristina en Gran Cuñado

Luego de unos meses en que los políticos se rieron de la gente con candidaturas truchas y alianzas forzadas, ahora la tevé viene a reírse de ellos. ¡¡¡Bienvenida!!!

domingo, 17 de mayo de 2009
Cleto y Cristina en Gran Cuñado
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El Cobos tímido de Gran Cuñado

Por Carlos Salvador La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

Lo que hace Marcelo Tinelli no es humor político. No lo es en absoluto. Se trata de humor con políticos o con la política. No pretende ni podría ir más allá. Los personajes sólo son caracterizados a través de gestos personales o de clichés con que se muestran ante la opinión pública. Lo mismo podría hacerse sobre cualesquiera otras actividades o personas.

El humor político es el que la emprende contra ideas y conductas públicas, a modo de una crítica de las costumbres con la cual se busca mostrar los patetismos del poder. Se trata de una opinión política expresada a través del humor. “Gran Cuñado” no tiene nada que ver con eso porque no busca la meditación ni la crítica a través de la risa, sino la risa misma. Del modo en que sea.

No obstante, eso no quiere decir que tal humor no tenga efectos políticos. Pero eso no es responsabilidad de Tinelli, sino de que hoy la política es básicamente un compendio de gestos o clichés sin expresión alguna de ideas o postulados, por lo cual el programa televisivo desnuda la realidad, la muestra tal cual lamentablemente es. No porque la televisión busque parecerse a la política, sino porque la política se parece a la tevé.

Por lo tanto, el terror de los políticos no es hacia Tinelli sino hacia ellos mismos, máxime en una campaña en la que están haciendo valer lo peor de sí: el oficialismo, ideando una arquitectura electoral pseudo legal y bien trucha. La oposición peronista-liberal, formando una alianza forzada, tomada con pinzas.

La oposición radical, tratando de colocar artificialmente, sobre su cuerpo descabezado, a caras que se hicieron prestigiosas luego de irse del partido, sin haber realizado previamente el elemental debate conceptual que explique por qué se separaron y por qué se volvieron a reunir.

O sea, nadie busca el voto por lo que proponen sino por sus trapisondas, rejuntes o caras y, en el reino de las apariencias, Tinelli es rey.

Popurrí político. En “Gran Cuñado” sólo se puede ver un leve esbozo de crítica política cuando se burla de las mentiras del secretario de comercio, Guillermo Moreno; de los macaneos de Aníbal Fernández en seguridad, o de Alicia Kirchner divagando políticas sociales irreales. Pero ello sólo ocurre porque tales críticas ayudan a potenciar las gestualidades de los personajes, no porque posean algún fin crítico en sí mismas.

El político que mejor sale parado es el empresario-candidato Francisco De Narváez, y esto es así porque ese hombre es la expresión más evidente de la política devenida mera expresión marketinera. No hay una sola actitud política, una sola idea o propuesta en De Narváez que lo haya hecho llegar a las grandes ligas donde hoy disputa el poder. Llegó allí sólo a fuerza de dinero y de una publicidad técnicamente eficaz.

Su caricatura, entonces, es exitosa porque el imitado nada como pez en el agua en la tevé. Mejor dicho, hasta ahora es sólo un invento de la tevé y la tevé lo reconoce -sin que para eso se necesite intencionalidad política- como hijo de sus entrañas.

La enorme mayoría del resto de los personajes son potenciados a través de la exageración de algún rasgo de su personalidad. Algunos, como los de Luis D’Elía, Nacha Guevara o Luis Juez, ni siquiera exageran nada: los políticos imitados lo harían incluso mejor que sus imitadores.

De cómo Tinelli usa para sí a De la Rúa. La caricatura de Fernando De la Rúa ya adquirió entera independencia del político real, deviniendo una pura creatura televisiva con entidad propia, que hace reír se recuerde o no al personaje real en que se basó.
 
No obstante, también aparece en el programa con otra finalidad, ésta sí bien política: la de hacer recordar subliminalmente a todos los políticos el poder inmenso que posee la tevé -y Tinelli en particular- para sus destinos. Obviando que las razones de la caída del ex-presidente tienen explicaciones más profundas que la mera actuación torpe en un programa de tevé.

Un poder patológico. Los personajes que más dolidos se han sentido por su caracterización son nada menos que las dos figuras institucionalmente más elevadas del poder político nacional: la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, y el vicepresidente Julio César Cleto Cobos.

Ellos son, quizá, los dos más raros de clasificar dentro de la gran aldea política porque, a diferencia del resto, no se los puede expresar simplemente exagerando sólo uno o dos rasgos de su personalidad.

Cristina es una presidenta débil dentro de un gobierno que no lo es. Julio Cobos es un vicepresidente opositor al gobierno del que forma parte, y no cualquier opositor, sino el más popular de todos. Son, claramente, dos anormalidades políticas. No porque ellos sean anormales sino porque lo es el sistema que los contiene.

Tales anormalidades son inevitables que se vean en la televisión, más allá de la voluntad de guionistas o productores, pasando a ser peligrosas políticamente porque no exageran algún atributo particular sino que muestran la patología del poder político nacional mejor que nadie.

Allí sí, sin quererlo, el humor de Tinelli deviene político.

Cristina está caracterizada por un gran imitador y su caricatura es casi perfecta, mientras que Cobos sufre al menos sutil de los humoristas como su doble televisivo, siendo su personaje el menos logrado.

Pero, en un caso o en otro, la simple mostración televisiva de ambos desnuda cosas que no se quiere que se muestren.

La Cristi se quiere ir. Cristina es, en su versión real, una desmesura de gestos y clichés. Con las manos, la boca, la voz, en todos sus movimientos se ve a una persona que se esfuerza en sobreactuar, quizá como anticuerpo frente a su manifiesta debilidad política.

Tal vez sin darse cuenta de que ella no es una mujer débil en sí misma, sino que lo es en el lugar donde la pusieron o al haber permitido que su esposo ejerciera de hecho lo esencial de la función para la que ella fue electa.

Sin embargo, lo interesante de la caricatura televisiva es que no la muestra como una mujer débil o dominada por su marido (lo cual podría ser una crítica política) sino ampliando sus infinitas gestualidades hasta la desmesura.

Y la desmesura de la desmesura puede ser algo terrible, siendo eso lo que preocupa al oficialismo, desesperado por que Cristina se vaya cuanto antes de “Gran Cuñado” antes de que los televidentes profundicen su presunción -ya de por sí bastante generalizada- de que detrás de tanta ampulosidad gestual no hay nada.

El Cleto no sabe dónde ir. A Julio Cobos se lo muestra como un hombre débil, dubitativo, parecido a De la Rúa.
 
No obstante, el único sustento en que se basa la imitación televisiva es en las dudas, silencios y temores que el vicepresidente exhibió cuando votó contra la resolución 125/08. Dudas, silencios y temores razonables ante la trascendencia del voto. Un voto decisivo, que podrá ser odiado por unos y amado por otros, pero que no habla precisamente de falta de decisión.

Se lo muestra también como alguien que deambula en soledad porque los políticos lo consideran un traidor a su “clase”. Pero eso sólo contribuye a sumarle afectos en una sociedad que no simpatiza con los políticos.

Por lo tanto, la indignación que los cobistas muestran con su caricatura no debe ser tanto por la debilidad o la deslealtad de un político al que la sociedad en general no ve como débil ni desleal, sino porque por lo único que se puede imitar a Cobos es por los gestos expresados por él minutos previos a su voto en el Senado. Y por nada más. Allí sí el humor puede cumplir un efecto corrosivo si lleva al televidente a preguntarse: ¿Habrá algo más en Cobos, aparte de ese voto?

Pregunta que asusta tanto a cobistas como a cristinistas. Pero no sólo a ellos..

En síntesis, el humor televisivo no puede suplir a la política pero sí desnudar sus vacíos. Por eso en la tevé sólo De Narváez parece plenamente contento, porque él no pretende ocultar su vacío como hace el resto, sino construir poder a partir del vacío.

Algo que en Italia ya está ocurriendo.

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