EEUU: un cambio hacia América Latina

La designación de Arturo Valenzuela como encargado de las relaciones con América Latina muestra que Obama quiere impulsar otra perspectiva en la política hemisférica.

sábado, 16 de mayo de 2009
EEUU: un cambio hacia América Latina

Arturo Valenzuela, el académico chileno que designó la Casa Blanca para intentar un cambio de rumbo en la relación con América Latina.

Marcelo Cantelmi - Especial para Los Andes

Durante largos tramos de la historia común, la relación de EEUU con América Latina ha marchado desde lo negativo hasta el franco desastre, sin que se alzara una mirada preocupada con poder suficiente para reducir los daños.

Es posible ubicar el mayor grado de retroceso a partir de la revolución conservadora de Ronald Reagan. Pero es cierto que atrás en el tiempo, desde los corolarios que el primer Roosevelt añadió al concepto de América para los Americanos de Monroe, y con la instauración del big stick (gran garrote), ese vínculo en realidad reservó siempre la lógica del frontón. Nada sino mucho más del mismo jarabe amargo se vio a lo largo de los dos mandatos de George W. Bush.

¿Qué es lo que puede provocar que ese paradigma mute a una dimensión de verdadera coexistencia? La reciente cumbre de Trinidad y Tobago fue quizá el primer dato de un rearmado con ánimo serio en la vinculación de la potencia con su vecindario. Incluso, aunque fueron sólo trazos en el aire, por la intención de acabar con el bloqueo a Cuba y reincorporar a ese país a la Organización de Estados Americanos.

La designación del académico chileno Arturo Valenzuela como sucesor de Thomas Shannon al frente de la estratégica subsecretaría de Estado de América Latina de la Cancillería norteamericana, aparece hoy, aún cuando resta la aprobación legislativa, como una señal más rotunda de un cambio de estilo.

Posiblemente también de políticas que han sido en sus extremos tan ineficaces como negativas y hasta absurdas (el caso cubano es paradigmático) y que hace rato huelen a naftalina en la región.

Valenzuela es definitivamente lo contrario a la visión que los halcones Roger Noriega y Otto Reich, desplomaron sobre estos países durante los dos mandatos de George Bush. Aún se recuerda cuando Ricardo Lagos echó a Reich de su oficina de la presidencia de Chile por el tono ofensivo con el que le demandó un apoyo a la guerra de Irak que Washington jamás obtendría de Santiago. Shannon serenó luego parte de esos desmanejos y enhebró una forma más madura para unir los hilos sueltos de los vínculos.

Si Valenzuela llega a ese cargo, su tarea de todos modos será más grave: reconstruir ese tejido y no sólo repararlo. Cuenta con algunas ventajas, entre ellas su diferenciación radical de las políticas neoconservadoras aplicadas a la región y al mundo por el bushismo, y conoce el terreno. Entre las desventajas, le tocará lidiar con las consecuencias y ya no las causas de las contradicciones regionales que potenció la era ultraliberal norteamericana.

Este nombramiento, en caso de que se verifique, entronca con una visión multilateralista de Washington que ya se anticipó en aquella cumbre del Caribe. Es un giro que responde posiblemente más a la necesidad que a la convicción. EEUU negocia, impedido de imponer como en el pasado, con el poder recortado por las derrotas militares, las amenazas del futuro (el monopolio militar es hoy insuficiente) y la crisis económica global.

Pero, si bien este cambio es de origen pragmático, al instrumentarlo, en el puro proceso, se genera una inevitable carga ideológica y, de ella, otra perspectiva. Valenzuela mismo lo hace evidente. En un debate en Washington en 2002 afirmó que Bush se equivocó al apoyar el golpe contra Hugo Chávez en Venezuela, ese año: "Perjudicó la autoridad moral de EEUU".

Bush volvió a equivocarse, le dijo a Clarín en 2004, cuando le soltó la mano a Argentina en 2001: "Se debió haber hecho un esfuerzo mayor y coordinado a nivel regional para evitar la caída de Fernando de la Rúa". Arremetió también contra su ex jefe Bill Clinton al calificar como "una de las estupideces más grandes" el haber designado a Argentina como aliado extra OTAN en épocas del menemismo.

Esos antecedentes le pueden agregar credibilidad a un discurso que, de todos modos, se verá si llega a tiempo. En la región hay ciertas urgencias porque el futuro es cualquier cosa menos previsible. El FMI prevé una contracción de 1,5 % en la economía latinoamericana en 2009. El cuadro mejoraría en 2010 pero, aún así, el ingreso per cápita se encogerá.

La pobreza agregará otros 6 millones a un ejército de 252 millones de miserables.

Consecuencia del mismo fenómeno global, la inversión sufrirá una caída en vertical a U$S 43 mil millones este año contra el récord de U$S 184 mil millones de 2007. Es la fragua de una inestabilidad que ya es conocida aunque de límites imprevisibles.

Las culpas que se achacan al Norte sobre las calamidades regionales a veces se exageran, pero en algunos puntos hay un debate resuelto.

La presión para ajustar economías endebles y honrar cuotas leoninas de endeudamiento debilitó históricamente a las democracias latinoamericanas con las consecuencias conocidas.

Hay más ejemplos rotundos. La miopía para comprender cuestiones simples está en las políticas alentadas por Washington de destrucción de los cultivos de coca en Bolivia durante los gobiernos de Hugo Bánzer y Gonzalo Sánchez de Lozada sin prever una solución de sustento para los campesinos que vivían de esa planta en un país saqueado. No puede asombrar lo que surgió luego y no sólo allí.

La región vuelve, del experimento neoliberal, plagada de liderazgos fuertes pero, en muchos casos, con instituciones republicanas débiles y algún dejo mesiánico en sus dirigentes. Esa contradicción entre poderes individuales absolutos y estructuras constitucionales frágiles, carga de agujeros al modelo democrático y opera como un barril de pólvora cuya mecha la enciende la crisis económica. No es una amenaza fácil de conjurar.

En la región no hay crédito. El Banco Interamericano de Desarrollo necesita multiplicar hasta U$S 180.000 millones sus fondos prestables y no existe ningún dato que indique que haya preocupación global por alcanzar ese objetivo. Sin créditos, el parate se acentuará y las consecuencias sociales y políticas no demorarán en manifestarse. Ha sucedido antes. Puede repetirse. Lo único que no debería haber es asombro. CC

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