Caso testigo. Juan Barrera, víctima de una salidera, está en litigio con el banco Santander Río.
En la semana que pasó hubo una nueva y violenta salidera bancaria. La víctima en esta ocasión fue Jorge Quiroga, un abogado de 29 años que trabaja en una Oficina Fiscal al que siguieron desde el Banco Nación de Tribunales hasta su casa de la Sexta y le quitaron 18 mil pesos con los que pensaba cambiar su auto.
Una vez más, la fórmula surtió efecto: salió del banco, se subió a su auto y cuando estaba por ingresar a su casa aparecieron dos motochorros -junto con un tercero en auto- para golpearlo, robarle y huir.
Amén de lo desagradable que resulta cualquier despojo, la salidera bancaria deja en la víctima una angustia psíquica en su cabeza: "¿cómo demonios lo supieron?", es la pregunta.
"En mi caso, cobré el cheque ese día (jueves 16) y de inmediato fui al banco. Nadie estaba al tanto de que yo iba a sacar el dinero. Sin embargo, cuando los ladrones me agarraron sabían hasta en qué bolsillo lo tenía", rememora Quiroga.
"En el banco, hay que decirlo, no se tomaron muchas medidas de seguridad. A la plata me la dieron por ventanilla, a la vista de mucha gente", sigue el hombre.
Génesis
Las salideras bancarias no existen como delito en sí mismas. Son, de acuerdo a cómo se desarrollen, robos simples o agravados; hurtos agravados o simples. Por ese motivo no existen estadísticas ni en los bancos ni en la Justicia ni en la Policía (ya que a las oficinas fiscales van a parar como un robo o un hurto más).
Para los bancos, como los hechos se desarrollan afuera de las entidades, el caso prácticamente no existe, a diferencia de los asaltos a sucursales que sí están contemplados en estadísticas.
Con tan poco en materia de referencia para luchar contra esta modalidad, lo que se ha estudiado hasta el momento indica que las salideras tienen su génesis en dos cuestiones. Una, la aparición en la Argentina de las motos ágiles y de grandes cilindradas que llovieron en los años 1980 y 1981 (ver aparte).
Y dos, en disposiciones del Banco Central de la República Argentina (BCRA) en las que, en su afán de detener los llamados robos express a los bancos a principios de esta década, obligaron a las entidades a no manejar grandes sumas en las cajas de atención y también a colocarlas lo más lejos posible de la puerta de entrada.
Para el abogado penalista Ariel Civit, estudioso del fenómeno, "esto hizo que los bancos relajaran su seguridad en las puertas y en los accesos a las sucursales. Ese elemento disuasivo (la presencia policial o de un uniformado) se perdió y los ladrones merodean por los bancos con tranquilidad", indica el letrado.
Culpas repartidas
Ante la inocultable presencia del fenómeno (en Mendoza se producen al menos dos casos por semana), los bancos y la Policía se pasan responsabilidades como una pelotita de ping pong. Los bancos dicen que la seguridad que ellos ofrecen se termina cuando el cliente pone un pie afuera de la entidad.
La Policía les achaca a los bancos la falta de inversión y las torpezas arquitectónicas (como exponer a los clientes en las cajas a los ojos de todo el mundo) para proteger a quienes sacan plata.
En el medio de la discusión aparecen las víctimas, que serían el salame de este sandwich del que al parecer nadie es responsable. Como cuarto componente surge, ganadora, la figura del ladrón, que es quien mejor la pasa: al menos en Mendoza no se tienen noticias acerca del desbaratamiento de este tipo de bandas.
Desde esferas oficiales se repiten los consabidos consejos para que un cliente de banco no sea en sí una víctima: "No hablar con nadie acerca de una transacción", "pedir protección policial cuando se saque una alta suma del banco", "hacer transferencias bancarias", "solicitar el dinero en los apartados del banco" y algunos otros que, está a la vista, no resultan suficientes para no ser una presa.
En materia legislativa tampoco se ha hecho demasiado. Tal vez porque pocos diputados o senadores han sufrido salideras.
Sólo tibios y poco difundidos intentos del senador Carlos Aguinaga (PD), la ex senadora Graciela Herranz (UCR) y el diputado Carlos Cassia (PJ), procuraron tratar de impedir que los motochorros (muy presentes en las salideras) se pasearan con tanta tranquilidad por el microcentro. Sin embargo, sus proyectos duermen en alguna de las comisiones legislativas.
Como están dadas las cosas desde quienes deberían intentar frenar las salideras bancarias, a las víctimas sólo les quedan dos caminos: si son creyentes, rezar ,y si no, cruzar los dedos cada vez que salgan de una entidad con dinero.