Estilo

Crónicas del poeta descalzo

domingo, 19 de abril de 2009

“Yo comencé a cantar de la manera más espontánea e inocente. Empecé cuando era un niño, antes de la edad de la razón. Escuchaba cantar y repetía el canto. Como parece ser que yo he venido dotado para eso, para comprender y sentir el canto, he cantado toda mi vida, y la canción, para mí, era una donación: si yo cantaba, la gente se sentía alegre, contenta, en los obrajes, en la viña, cuando yo cosechaba”.
 
Así contaba, muchos años después, su iniciación Armando Tejada Gómez. Era 1983 y estaban ¡una vez más! él y su obra prohibidos: “Me privaron de la libertad, pero la física, porque la otra libertad no me la puede privar nadie. Ni la muerte. Me han prohibido letras, libros, espectáculos, actuaciones. Me han prohibido casi consecuentemente todos los gobiernos”.

En una ocasión, por ejemplo, el ejército santafecino rodeó toda la manzana con automóviles y lo sacaron con metralletas del teatro. En otra, volaron el local de Villa Mercedes donde iba a actuar.
 
Y sin embargo nada lo detuvo, aunque la derecha asesina y la crítica literaria con fobia al “populismo” se complotaran contra su obra: “Si yo hubiera tenido que vender un libro por las críticas, no hubiera vendido uno solo. (…) Yo tengo una mala prensa en la prensa culta del país. Nadie me perdona la popularidad, que me viene de las canciones -decía hacia 1972- . Nadie”.

EL NIÑO PROLETARIO

ATG nació en 1929, cuando todavía había trigales entre el zanjón Frías y el Guaymallén, donde su padre, el típico “capataz de tropa del libro de Sarmiento, el Facundo”, alquilaba una casa para su mujer, Florencia Gómez, y sus veintitrés hijos, todos de pura sangre huarpe. El gaucho Lucas Tejada tenía carros propios y a veces se le encargaban otros para integrar sus caravanas, pero murió cuando ATG tenía cuatro años.
 
Muchos de sus chicos se repartieron entre parientes: al hijo número 22, que no sería loco, pero sí poeta, le tocó ir a una finca donde cierta tía Fidela, que vivió hasta los 109 años, le enseñó a leer el catecismo: por eso, cuando asistió durante sólo tres meses a la escuela, ya sabía descifrar letras. Luego su madre lo reclamaría y vendrían los largos, duros días de “oficios de intemperie”, vender diarios y lustrar zapatos (que él no siempre llevaba puestos): “mi niñez triturada por escasos centavos, / por la cantidad mínima de pagar la estadía / como un vagón de carga / y saber que a esta hora mi madre está esperando, / quiero decir, la madre del niño innumerable”.
 
A los doce años ingresa a la construcción, donde mojaba ladrillos junto a viejos albañiles italianos, de quienes aprendió “el orgullo de terminar un trabajo bien hecho”.

Entonces un primo y otros compañeros lo acercan a la militancia sindical y las lecturas políticas.
Entretanto algo trascendental había pasado: un día su madre, para que fuera al cine, le da una plata que, en cambio, se la gasta en un libro cuya tapa tenía dibujada un duelo criollo (“eso tenía que ver con la historia de mi padre”).

Era el Martín Fierro. Lo lee íntegro esa misma tarde (y llegará a sabérselo casi de memoria): “Cuando me preguntan por las influencias -que todos quieren que sean de Neruda-, se equivocan, la mayor influencia es la de José Hernández. El que lea atentamente mi poesía, comprende rápidamente que la intención es cantar opinando”.

Sin embargo, es una tragedia la que hizo que se diera “con la poesía de frente”: por aquellos días matan a su hermano Toto, con quien “sacábamos diarios con la muerte del Papa, creo que Pío X, creo que Pío XI”.

Así imbricará la memoria de los dolores de la historia privada y de la pública en su relato Canción de largas calles: “Entonces ardió España de su luz y su sombra, pero ganó la sombra, es decir la ceniza, según me fui enterando por Pablo y por Vallejo. Un día de esos días deben haber sitiado de muerte a Federico. Él sería noticia en ese entonces.

¿Habré voceado yo su muerte enorme? No recuerdo en mi voz esa agonía. Juro que no recuerdo y que me duele, como suele pasar en las peleas”. Por entonces practicaba box, pero renuncia a esa única alternativa –que, “como todos los pobres, teníamos” (el fútbol era la otra)- y se concentra en los libros.

Quería saber: “él (Toto) cayó porque además de pobres, somos ignorantes y aquí está la trampa, ésta es la valla que hay que cruzar. Desde ese día me fui a las bibliotecas y empecé por el primer estante hasta que llegué al fondo. ¡Claro!, leía todo mezclado, Fisiología del placer de Mantegazza con La Divina Comedia.
 
El objetivo era dejar la ignorancia”. Y ahí lo deslumbran Quevedo y Tirso, los cantables Darío y Gutiérrez Nájera, los vecinos chilenos (Huidobro y los Pablos, o sea Neruda y de Rokha) e incluso el andino mayor, Vallejo: “la primera vez que vine a Buenos Aires caminé todas las librerías buscando a César Vallejo que nosotros conocíamos y bien en Mendoza. Aquí no era conocido ni por los libreros”.

¿QUÉ HACER?

Hacia 1950 es locutor en LV20 Radio de Cuyo y empieza a tocar con Oscar Matus, marido de una muy joven Mercedes Sosa. En 1954 publica su primer libro, Pachamama (“Volviendo, para siempre, por llantos y alaridos / hasta el primer gigante, / hasta el primer rugido, / hasta la primer vértebra del primer asesino!”) y al año siguiente Tonadas de la piel (“…brujo de sol atado al zonda, / a su ritual caliente, a lo iracundo, / asoma su heredad por rudos ojos / secos de no mirar sino en el tiempo, / en un filo de sed, en duras hachas, / en resecas paredes del crepúsculo…”).

En 1958, militante del UCRI creado por Frondizi, es electo diputado provincial, pero renuncia a los seis meses a causa de unos contratos petroleros con compañías yanquis: “fui a parar al que debió ser siempre el mío, el partido de mi clase, el Partido Comunista”. Esa toma de posición en lo político viene a coincidir con otra, consecuente, en lo poético. Su hermano Lucas, con trayectoria gremial en la construcción, un día lo felicitó por un libro suyo: “‘Qué lindo es -dijo-.

Pero sabés lo que pasa, dicen los muchachos que no te entienden, ¿por qué no escribís más sencillo?’ Eso fue una astilla en la conciencia y tenía razón, éramos hijos de la clase, éramos obreros, ¡cómo era posible que escribiera cosas que los míos no comprendían!”. En 1959 ya está viajando por China y la URSS: en Compadres (libro-homenaje de 1993) hay fotos suyas en el Palacio de Invierno con Nicolás Guillén y en el palacio Smolny con otros camaradas y la efigie de Lenin detrás.
 
Cuando le preguntan, en 1972, si el movimiento del Nuevo Cancionero, al articular arte y partidismo, no implicaba una postura demagógica, contesta: “El movimiento tenía y tiene conciencia política. Sólo los animales no tienen conciencia política”.
 
Ahora bien, si a algunos hoy les resulta extraño que a la siguiente pregunta (cuál es el mayor éxito que se adjudican) responda: “Nosotros en estos diez años de labor, hemos destruido el mito que suponía como comercial lo malo. Demostramos también que lo óptimo es comercial”, quizá vengan en su ayuda, entonces, unas palabras de Mercedes Sosa: “Y a los que nos acusaban de ser comunistas, les digo que ser comunista no significa ser estéticamente pelotudo”. Y comercialmente, parece, tampoco.

CINTURA CÓSMICA

El 11 de febrero de 1963 era lunes y el Salón del Círculo de Periodistas bullía de intelectuales, periodistas y demás personajes del mundillo. Se presentaba un movimiento -que tenía a Atahualpa Yupanqui y Buenaventura Luna como precursores y que hablaba de Joan Báez y Bob Dylan con “toda naturalidad”- llamado el Nuevo Cancionero.

Había venido tomando forma desde 1958, cuando Matus y la Negra Sosa se fueron a vivir a una pieza en la casa de ATG a la vuelta de la bodega Giol y toda Mendoza era un hervidero de amigos creativos y utópicos: di Benedetto, Carlos Alonso, Luis Quesada, Ángel Bustelo, el Negro Ábalos, Alberto Rodríguez, Víctor Hugo Cúneo, Iverna Codina y muchos más (Braceli rememorará esos buenos viejos tiempos en una party-fiction de su libro Tejada Gómez viene a nacer de 2006).
 
ATG era su portavoz: “Desgraciadamente se ha perpetrado una canción artificial y asfixiante entre el cancionero popular ciudadano y el cancionero popular nativo de raíz folklórica. Oscuros intereses han alimentado hasta la hostilidad esta división (…) que ha llevado a autores, intérpretes y público a un antagonismo estéril, creando un falso dilema y escamoteando la cuestión principal (…): la búsqueda de una música nacional de raíz popular que exprese al país en su totalidad humana y regional, no por vías de un género único, que sería un absurdo, sino por la concurrencia de sus variadas manifestaciones”.

El domingo anterior di Benedetto les había hecho una nota en Los Andes y el fotógrafo había bromeado tanto que todo el grupo fue retratado sonriendo, excepto su única mujer (“No sé cómo, pero salí muy seria”), la Negra, que la noche del lunes iba a lucir un llamativo vestido rojo (“Cuando me transformé en Mercedes Sosa no lo usé más”) y a sentir, sumado al “fervor general” del público, la honda satisfacción de haber compartido escena con los muy virtuosos guitarristas de Radio de Cuyo, liderados por el magistral Tito Francia.

Luego, al movimiento se sumarían Víctor Heredia, Horacio Guarany, Cuarteto Zupay, los Farías Gómez, Rosa Rodríguez Gerling, Los Trovadores y tantos otros. Pero si bien Los Fronterizos son quienes los ayudan a entrar en Buenos Aires, fue César Isella el primero que creyó de verdad en ellos. Con él compondría ATG ese -declarado así por la UNESCO- Himno de América que es “Canción con todos”: “El Encuentro Nacional de los Argentinos nos había pedido un tema para este acontecimiento, un poco queriendo imitar al Canto Programa que habían grabado los Quilapayún o Inti Ilimani –recuerda-. Un día, cuando caminaba por la calle Alsina rumbo a la casa de César se me ocurrieron las primeras estrofas.

Era mediodía, entré a un bar y pedí un café, lápiz y papel”. Qué cintura cósmica habrá visto meneándose. El resto será prohibiciones, amenazas y exilios por un lado, pero hiperproductividad y afecto multitudinario por otro: muchos libros, discos y espectáculos, muchos premios.

Entre los libros: Los compadres del horizonte, Profeta en su tierra, Amanecer bajo los puentes, Canto popular de las comidas (Premio Poesía Casa de las Américas 1974), Dios era olvido (novela, Premio Internacional Villa de Bilbao 1978), El río de la legua, Bajo estado de sangre, Los telares del sol.
 
Entre los discos: Canciones en dirección del viento, Cantoral de mi país al sur, Los oficios del Pedro Changa, Coral terrestre, Tonada larga para el país del sol. Cuenta Horacio Guarany que, cierta vez, mientras “el alma de la viña se desvelaba”, oyó los versos “Le regalé una paloma / al hijo del carcelero, / cuentan que la dejó ir / tan solo por verle el vuelo. / ¡Qué hermoso va a ser el mundo / del hijo del carcelero!”, y pegó un salto de la silla: “¿De quién son esos versos?”, preguntó. Le dieron el nombre de alguien que (aún) no conocía.
 
“¡Qué hermosa poesía! –sigue sosteniendo Guarany, que años después conocería y sería amigo de su autor-. La síntesis total para proclamar la Libertad que tantos habían querido describir y no llegaban…”.

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