60 Aniversario del Primer Congreso Nacional de Filosofía

En 1949, Perón lanzó en Mendoza su concepto de la “comunidad organizada”

En 1949, Perón lanzó en Mendoza su concepto de la “comunidad organizada”
Juan Domingo Perón y Eva Perón en Mendoza, clausurando el histórico Congreso de Filosofía.

viernes, 10 de abril de 2009


“El destino me ha convertido en hombre público. En este nuevo oficio, agradezco cuanto nos ha sido posible incursionar en el campo de la filosofía”.

“Nuestra acción de gobierno no representa un partido político sino un gran movimiento nacional, con una doctrina propia, nueva en el campo político mundial”.

“He querido entonces ofrecer a los señores que nos honran con su visita, una idea sintética de base filosófica, sobre lo que representa ideológicamente nuestra tercera posición”.

“El movimiento nacional argentino, que llamamos justicialismo en su concepción integral, tiene una doctrina nacional que encarna los grandes principios éticos de que os hablaré enseguida y constituye a la vez la escala de realizaciones, hoy ya felizmente cumplidas en la comunidad
argentina”.

Tras esas palabras, el entonces presidente Juan Domingo Perón hizo un paréntesis y abordó luego el tema de su disertación en el acto de clausura del Primer Congreso Nacional de Filosofía, el 9 de abril de 1949, que se desarrolló en el teatro Independencia con la organización de la Universidad Nacional de Cuyo, durante el rectorado del doctor Irineo Cruz.

El Congreso se había iniciado en ese recinto el 30 de marzo, con la presencia del ministro de Educación de la Nación, doctor Oscar Ivanisevich, y los discursos del doctor Coriolano Alberini, por los congresales argentinos; el doctor Angel González habló en nombre de los filósofos españoles; el doctor Francisco Miró Quesada por los sudamericanos, y por los filósofos europeos, el doctor Gastón Burger (Francia) y el profesor Hans Gadaner (Alemania).

Aunque existía expectativa por la presencia de Martin Heidegger, sólo unos pocos días antes del Congreso se conoció que no concurriría: el filósofo alemán sufría ya los primeros embates de quienes lo consideraban simpatizante del nacional-socialismo hitleriano.

Para el acto de clausura, Perón llegó ese mismo 9 por ferrocarril, acompañado por el vicepresidente Quijano; todos los miembros de su gabinete y su esposa María Eva Duarte. La comitiva recibió expresivas muestras de simpatía en su recorrido hasta el Plaza Hotel, donde se alojó.

El marco general

Apenas habían pasado cuatro años de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, y el mundo se enfrentaba a un profundo replanteo de su existencia.

Así lo consideraba Perón en el comienzo de su disertación: “Está en nuestro ánimo la absoluta conciencia del momento trascendental que vivimos. Si la historia de la humanidad es una limitada serie de instantes decisivos, no cabe duda de que gran parte de lo que en el futuro se decida hacer, dependerá de los hechos que estamos presenciando. No puede existir a este respecto divorcio alguno entre el pensamiento y la acción, mientras la sociedad y el hombre se enfrentan con la crisis de valores más profundos acaso de cuantas su devolución ha registrado”.

Este último concepto -“El hombre y la sociedad se enfrentan con la más profunda crisis de valores que registra su evolución”- es precisamente el título primero de su discurso, seguido de los siguientes enunciados: “El hombre puede desafiar cualquier mudanza si se halla armado de una sólida verdad”. “Si la crisis medieval condujo al Renacimiento, la de hoy, con el hombre más libre y la conciencia más capaz, puede llevar a un renacer más esplendoroso”.

“La preocupación teológica”, “La formación del espíritu americano y las bases de la evolución ideológica universal”. “El reconocimiento de las esencias de la persona humana como base de la dignificación y del bienestar del hombre”. “La realización perfecta de la vida”.

“Los valores morales han de compensar las euforias de las luchas y las conquistas y oponer un muro infranqueable al desorden”. “El amor entre los hombres habría conseguido mejores frutos en menos tiempo del que ha costado a la humanidad la siembra del rencor”. “El grado ético alcanzado por el pueblo imprime rumbo al progreso, crea el orden y asegura el uso feliz de la libertad” y “El sentido último de la Ética consiste en la corrección del egoísmo”.

Con citas de numerosos teólogos y filósofos clásicos, Perón aborda a continuación los siguientes temas: “La Humanidad y el yo”. “Las inquietudes de la masa”. “Superación de la lucha de clases por la colaboración social y la dignificación humana”. “Revisión de las jerarquías”. “Espíritu y materia: dos polos de la Filosofía”. “Cuerpo y alma: el ‘Cosmos’ del hombre”.

Y se pregunta: “¿La felicidad que el hombre anhela pertenecerá al reino de lo material o lograrán las aspiraciones anímicas del hombre el camino de perfección?”.

La comunidad organizada

Los congresales escuchan las definiciones de Perón acerca de “El hombre como portador de valores máximos y célula del ‘bien general’, seguido del tema: “Hay que devolver al hombre la fe en su misión”, tras lo cual el presidente desarrolla el núcleo de su teoría: “La comunidad organizada, sentido de la norma”.

Cita a Aristóteles en el comienzo de este apartado -como lo ha hecho varias veces-: “El hombre es un ser ordenado para la convivencia social; el bien supremo no se realiza, por consiguiente, en la vida individual humana, sino en el organismo superindividual del Estado; la Ética culmina en la Política”.

Y después de un examen histórico del Estado y los individuos convoca a Rousseau, que llama pueblo “al conjunto de hombres que mediante la conciencia de su condición de ciudadanos y mediante las obligaciones derivadas de esta conciencia, y provistos de las virtudes del verdadero ciudadano, aceptan congregarse en una comunidad para cumplir sus fines”.

Perón abordó luego “La terrible anulación del hombre por el Estado y el problema del pensamiento democrático del futuro”, en que sostiene que “...lo trascendental del pensamiento democrático, tal como nosotros lo entendemos, está todavía en pie, como una enorme posibilidad en orden al perfeccionamiento de la vida. En varias ocasiones ha sido comparado el hombre al centauro, medio hombre, medio bruto, víctima de deseos opuestos y enemigos; mirando al cielo y galopando a la vez entre nubes de polvo.

La evolución del pensamiento humano recuerda también la imagen del centauro: sometido a altísimas tensiones ideales en largos períodos de su historia, condenado a profundas oscuridades en otros, esclavo de sordos apetitos materiales a menudo. La crisis de nuestro tiempo es materialista. Hay demasiados deseos insatisfechos, porque la primera luz de la cultura moderna se ha esparcido sobre los derechos y no sobre las obligaciones; ha descubierto lo que es bueno poseer mejor que el buen uso que se ha de dar a lo poseído o a las propias facultades”.

Y agregó Perón: “Ni la justicia social ni la libertad, motores de nuestro tiempo, son comprensibles en una comunidad montada sobre seres insectificados, a menos que a modo de dolorosa solución el ideal se concentre en el mecanismo omnipotente del Estado. Nuestra comunidad, a la que debemos aspirar, es aquella donde la libertad y la responsabilidad son causa y efecto, en que exista una alegría de ser, fundada en la persuasión de la dignidad propia. Una comunidad donde el individuo tenga realmente algo que ofrecer al bien general, algo que integrar y no sólo su presencia muda y temerosa”.

Perón cerró su último tema, “Sentido de proporción. Anhelo de armonía. Necesidad de equilibrio”, expresando que “lo que nuestra filosofía intenta restablecer al emplear el término armonía es, cabalmente, el sentido de plenitud de la existencia. Al principio hegeliano de realización del yo en el nosotros, apuntamos la necesidad de que ese nosotros se realice y perfeccione por el yo. Nuestra comunidad tenderá a ser de hombres y no de bestias.

Nuestra disciplina tiende a ser conocimiento, busca ser cultura. Nuestra libertad, coexistencia de las libertades que procede de una ética para la que el bien general se halla siempre vivo, presente, indeclinable. El progreso social no debe mendigar ni asesinar, sino realizarse por la conciencia plena de su inexorabilidad. La náusea está desterrada de este mundo, que podrá parecer ideal, pero que es en nosotros un convencimiento de cosa realizable.

Esta comunidad que persigue fines espirituales y materiales, que tiende a superarse, que anhela mejorar y ser más justa, más buena y más feliz, en la que el individuo puede realizarse y realizarla simultáneamente, dará al hombre futuro la bienvenida desde su alta torre con la noble convicción de Spinoza: ‘Sentimos, experimentamos, que somos eternos’”. Por Jorge Enrique Oviedo - Especial para Los Andes

Compartir: