Toffler decía, en los ’90, que el poder sufría un proceso de redefinición; su principal factor es el conocimiento, no más la fuerza ni el dinero. Lo que fue anticipación es hoy una dramática realidad. Ahora, ¿qué conocimiento? Conocemos cosas, personas, procesos, grupos, empresas, naciones; sobre ideas, conceptos y teorías, sobre el pasado, presente y futuro, pero de muy diferentes modos. La inteligencia está en establecer correctas relaciones entre ellos.
En un ejercicio para visualizar conjuntos proyectivos, suelo preguntar a mis alumnos, ¿qué consideran lo más importante del siglo XX?, las respuestas son múltiples e interesantes: las guerras mundiales, la bomba atómica, la penicilina, la llegada del hombre a la Luna, el computador, la Web, el genoma humano, las nanotecnologías, etc.
Todos ellos, acontecimientos que han tenido o tendrán grandes consecuencias; pero mirando de otro modo el pasado podemos ver que en dicho período la población mundial se multiplicó por 5, en tanto que la riqueza global creció 20 veces.
También en dicho siglo emergió un nuevo modo de producir bienes y riqueza, la “mentefactura”, donde los productos y servicios no dependen de las materias primas ni de la fuerza de trabajo ni siquiera del capital sino del diseño y aún de la creación de la propia necesidad del producto, y esto tendrá más impacto que los acontecimientos puntuales sugeridos.
El conocimiento que caracteriza el poder vincula información sobre población, economía, sociedades, ciencia y tecnología, y política, porque todo sistema político necesita congruencia con la forma en que la sociedad produce riqueza.
La sociedad de la información constituye un punto de bifurcación, donde o se alcanza un nuevo nivel superior de organización o se destruye por completo el vigente.
Antiguas relaciones como democracia-economía de mercado no tienen la supervivencia asegurada. Otras asociaciones propias de las culturas occidentales como la diferenciación entre economía y política; economía basada en la industrialización y orientada al mercado, el Estado fundado en la ley, un aparato burocrático “especializado” y un sistema de comunicación social con modelos universalmente aceptados, tampoco pueden considerarse intangibles.
Tampoco el carácter democrático de cualquier sistema político basado en la formalidad electoral puede asociarse incondicionalmente con la gobernabilidad sin constituir un reduccionismo, aún más peligroso que suponer que la democracia sólo es posible dentro de una forma de economía de mercado.
La economía del conocimiento se expande en la sociedad de la información, impulsada por la competitividad global, pero no simultáneamente ni de igual modo en todas partes.
Ignorarlo hace que la globalización se manifieste en nuestros países sólo por culto a nuestra señora del Perpetuo Consumo, y no en la forma de producir bienes y servicios.
La nueva forma de producir riqueza cambia tanto la naturaleza del trabajo, los intereses que conforman los mercados, los modos y las relaciones de producción, los procedimientos para generar bienes y servicios, de comercializarlos, como el propio concepto de riqueza pero fundamentalmente cambia la naturaleza del poder.
Ahora lo que realmente importa no es cuánto poder se tiene sino la calidad del poder de que se dispone. Hoy el mejor poder no resulta de la aplicación de la fuerza o de la riqueza, sino del conocimiento, económico, social, político, científico, aplicado a la gestión.
La crisis mundial, más allá de la burbuja inmobiliaria, la falencia bancaria y bursátil, afecta el sistema de manufactura industrial.
Por su intensidad y extensión, impacta sobre economías, sociedades y poderes políticos.
Intentar minimizar su impacto asistiendo o subsidiando empresas para mantener la actividad económica o financiera tradicional es un verdadero desperdicio.
La producción compone su costo con diversos ítems: instalación industrial, materias primas, insumos manufacturados, energía, mano de obra, acopio y expedición, ganancias a lo largo de la cadena de distribución, impuestos, propaganda y utilidades, entre otros.
Los fondos públicos destinados a sostener esta actividad no guardan una relación directa con la conservación del puesto de trabajo sino que remunera a todos estos componentes, especialmente la ganancia empresaria, quedando para el empleo sólo un porcentual prácticamente despreciable.
¿Qué podríamos hacer? A modo de ejemplo, en vez de promover créditos hipotecarios para financiar la venta de viviendas a precios especulativos, se podría destinar a la construcción por el casi olvidado sistema de administración, donde el valor por metro cuadrado se reduce a más de la mitad y la mitad de ese financiamiento va a la mano de obra.
Una parte de la obra pública que contratada centralmente asume costos muy cuestionables, podría administrarse en forma directa por los beneficiarios organizados en consorcios de usuarios, con pequeñas empresas que contraten mano de obra local.
Un graduado universitario tiene muy disímiles costos en todo el mundo; y los conocimientos adquiridos también tienen diferente remuneración conforme a las economías a las que incorporen; si se les acordara un préstamo similar al costo de un automóvil, muchos podrían generar su propia empresa o actividad, se potenciaría su capital intelectual y todo el financiamiento iría al factor trabajo.
La educación es un servicio cada vez más requerido en el mundo, se puede competir en segmentos como el universitario con grandes ventajas en los países centrales, incluso en los asiáticos. Subvencionar un programa de promoción de reclutamiento de estudiantes extranjeros podría multiplicar los puestos de trabajo en el sector en poco tiempo.
La adquisición de conocimientos depende en gran parte del capital social o redes de contactos sociales que tenga el individuo, lo que implica que el pobre o débil en este aspecto queda excluido de esta posibilidad. Promover la formación de organizaciones sociales destinadas a proporcionar un servicio de intermediación, entre la formación aplicada y la demanda de trabajo puede ser más práctico que subvencionar empresas.
El poder político se articula con la economía por su capacidad de regulación, como asignador de beneficios impositivos o del gasto público, pero hoy adquiere un rol estratégico en la formación y promoción de nuevos conocimientos y en el uso de éstos para formular políticas públicas y estrategias de desarrollo.
La crisis puede hacer que el poder se vuelque a consolidar todas las inequidades del antiguo sistema de producción “industrial” o a remover las distancias y promover la igualdad en el acceso de los que sólo tienen su capacidad de trabajo como valor principal de su vida.