La Evolución y sus cuatro teorías

“Cuando se habla de Teoría de la Evolución se comete un error. Más bien se debe hablar hoy de las Teorías de la Evolución”, así al menos lo propone el reconocido epistemólogo Juan Manuel Torres. A doscientos años del nacimiento del genial naturalista inglés, una reflexión sobre lo que es hoy la influyente teoría que Darwin alumbró.

sábado, 21 de febrero de 2009
La Evolución y sus cuatro teorías

Dr. Juan Manuel Torres - Profesor titular de Epistemología en la UTN -Regional Mendoza- y el Instituto de Cs. Básicas de la UNCuyo

El 12 de febrero se cumplieron doscientos años del nacimiento de Charles Darwin, razón por la cual la comunidad científica internacional organizó reuniones y publicaciones sobre él y su Teoría de la Evolución. Para nosotros es ocasión de clarificar algunas confusiones, verdades a medias y exageraciones que hay sobre Darwin y el Evolucionismo en general.
 
La opinión pública desconoce a menudo estas cosas y se sorprende cuando escucha críticas sobre el valor de los aportes de Darwin a la ciencia. Mientras que figuras como Galileo, Newton, Mendel, Einstein, Planck y otros despiertan unánime reconocimiento, Darwin es con frecuencia objeto de severos ataques desde la ciencia misma, y no sólo desde ámbitos fundamentalistas. Los científicos -especialmente los biólogos- están hoy divididos: para algunos Darwin es un genio, para otros sólo un gran naturalista. Algunos llegan más lejos y hablan del 'mito de Darwin'.

Para comenzar, es crucial advertir que la expresión Teoría de la Evolución tiene dos significados que si no se los distingue nítidamente, se llega pronto a graves errores conceptuales e históricos. Un primer significado radica en la hipótesis de que las actuales especies son descendientes de otras que eran muy diferentes y menos complejas. Un segundo significado de la expresión se refiere al conjunto de mecanismos de acuerdo con los cuales se habrían producido los cambios que condujeron a las especies actuales.

Como es evidente, la Teoría de la Evolución en el primer sentido es una: o bien las especies actuales descienden de otras (evolucionismo) o bien no es así (doctrina creacionista estricta). Pero la Teoría de la Evolución en el segundo sentido no tiene por qué ser un y de hecho no lo es. Actualmente existen varias teorías de la Evolución -al menos cuatro- que compiten fuertemente entre ellas en los centros académicos.

Utilicemos la distinción para desterrar una confusión harto frecuente. Cuando se dice 'Darwin es el creador de la teoría evolutiva', ¿a cuál de los dos significados de la expresión 'teoría evolutiva' se refiere esta afirmación? Ciertamente, no al primer sentido.

Para la época de la publicación de El Origen de las Especies, la suposición de que las formas vivientes de hoy descienden de otras muy diferentes estaba generalizada en el mundo académico, especialmente en Francia y en Alemania. Ya en 1809, Jean Baptiste de Lamarck había publicado su Philosophie Zoologique, libro donde afirmaba que la evolución había existido o, lo que es lo mismo, afirmaba la Teoría de la Evolución en el primer sentido.

Al mismo tiempo, proponía un conjunto de leyes de acuerdo con las cuales él pensaba que había acontecido la evolución de las especies. Ese conjunto constituye su teoría de la evolución o lamarckismo -naturalmente, en el segundo sentido-, la cual luego perdió credibilidad por oponerse a reconocidas evidencias.

No fue Lamarck el primero en suponer que había existido un proceso evolutivo. Algunos filósofos griegos también sostuvieron la evolución. San Agustín -Padre de la Iglesia-, bajo la influencia de los filósofos estoicos, afirmaba la evolución de las formas vivientes y el mismo Santo Tomás de Aquino pensaba que moscas e insectos surgían de la materia inanimada. El propósito de estas menciones es desterrar otro frecuente error: el catolicismo nunca estuvo en contra de la hipótesis de la realidad de la Evolución.
 
Pío XII, un pontífice considerado duro en materia dogmática, escribió 1950 la encíclica Humani Generis, en la que declaraba que nada se opone en la doctrina católica a la afirmación de la evolución de las especies, siempre que se reconozca en el hombre un principio espiritual. Juan Pablo II fue aún más lejos al afirmar la plausibilidad de la evolución. Notemos que esta posición de la Iglesia Católica contrasta fuertemente con la imagen que muchos intentan dar siempre del catolicismo como oscurantista y anticientífico.

Más aún, el llamado fundamentalismo creacionista es una doctrina que florece en los países de influencia protestante. Es en ellos donde usualmente se plantea el viejo pleito sobre qué se debe enseñar en las escuelas respecto del origen de las especies, ¿la Biblia o la Evolución?  Advirtamos que la aceptación por la Iglesia de la hipótesis de la evolución no hace referencia a ninguna de las teorías en danza sobre cuáles son los mecanismos que condujeron a las especies actuales.

Pero no sólo no es Darwin el 'descubridor' de la realidad de la evolución. Su teoría de los mecanismos de la evolución (Teoría de la Evolución en el segundo significado) es mirada hoy con recelo en el mundo científico. Como es conocido, según Darwin la evolución de las especies acontece porque en algunos miembros de las poblaciones vivientes se presentan variaciones mínimas (slight variations).

Estas variaciones morfológicas y fisiológicas -un pico más largo que hace más eficiente la procura de alimentos, un cambio de coloración que ayuda a escapar de los predadores, etc.- pueden hacerlos más eficientes para desempeñarse en su ambiente. Por tanto, tendrán ventajas relativas con respecto a otros miembros en los que tales variaciones no se han dado y se reproducirán más pues tienen más posibilidades de sobrevivir. Éste es -en esencia- el mecanismo darwiniano conocido como evolución  por medio de la selección natural.

¿Qué sabía Darwin con respecto a las variaciones mínimas que invoca y que son el material necesario para la acción de la selección natural? ¿Son heredables? ¿Se originan  con independencia del valor que tendrán para sus portadores? ¿Son causadas por las necesidades de éstos? ¿Se mantienen diferenciadas en la descendencia o se funden con otras características? ¿Son heredables las características adquiridas durante la vida? Las respuestas a estos y otros interrogantes eran esenciales para su teoría y, sin embargo, Darwin no las tenía. Llegarían después, merced a los trabajos de Georg Mendel -padre de la genética- y de los avances en biología celular y molecular del siglo XX.

Todo esto lleva a la inexorable conclusión de que la teoría de Darwin era una teoría  a medias, más bien una prototeoría. Si se nos permite la expresión muy argentina, su teoría no cerraba pues carecía de una teoría de la herencia, esto es, del origen y naturaleza de las variaciones mínimas que él invocaba y de las leyes de acuerdo con las cuales tales variaciones se heredan y distribuyen.
 
Fue en el siglo XX, merced al trabajo de científicos eminentes como E. Mayr, T. Dobzhansky, G. Simpson, J. Huxley y otros que se incorporaron al trabajo de Darwin los aportes de Mendel. Se constituyó entonces una teoría de los mecanismos de la evolución -esta vez sí completa-, llamada Moderna Síntesis o Teoría Neodarwinista, que es la que actualmente pasa -erróneamente- por 'darwinismo'. En síntesis, una teoría a medias no es una teoría, al menos en el sentido científico.

La Teoría Simbiótica (L. Margulis), la Estructuralista (B. Godwin y G. Webster) y la de Autoorganización (S. Kaufmann) compiten actualmente con el Neodarwinismo, proponiendo cada una de ellas peculiares mecanismos para dar cuenta del proceso de formación de especies. Pese a sus diferencias, las tres comparten críticas que tocan a Darwin y a la Moderna Síntesis. Sin negar la existencia de la selección natural -que elimina lo no adaptativo, conservando y acumulando lo que sí lo es-  y  su rol dentro de los cambios en las poblaciones, estas teorías ponen en duda que este mecanismo sea suficiente para explicar la aparición de especies.

Naturalmente, no es este el lugar para caracterizar estas teorías, sus méritos y deméritos;  pero sí para advertir que cuando se habla de la Teoría de la Evolución se comete un error. Más bien, se debe hablar hoy de las Teorías de la Evolución. Esto no debe sorprender porque la existencia de teorías compitientes en las ciencias es una situación normal. Son situaciones que pueden durar décadas y aun siglos, como nos enseña el conocido ejemplo histórico de las dos teorías sobre la naturaleza de la luz.

Lo dicho también explica por qué el rechazo al darwinismo o al neodarwinismo no necesariamente lo coloca a uno dentro de las filas del creacionismo, que usualmente se basa en la interpretación literal del Génesis. Para los años 50, ser evolucionista era prácticamente sinónimo de darwinista o neodarwinista, pero con el advenimiento de nuevas teorías esto ha cambiado. El tiempo dirá cuál de las cuatro teorías prevalecerá o, quizá vamos hacia la formación de una superteoría que integre aportes de cada una de ellas, como era el pensamiento del célebre S.J. Gould.

Que Darwin no haya sido el primero en afirmar la Evolución, que su teoría haya sido una teoría a medias -en realidad una prototeoría- y, finalmente, que la teoría que él inspirara, la Moderna Síntesis, se encuentre hoy severamente criticada en la comunidad científica, no empalidece sus méritos. Entre éstos se destacan haber sido un naturalista extraordinario, viajero incansable y observador agudo del mundo de la vida y del valor biológico de las variaciones mínimas que acontecen en los organismos.
 
Su doctrina del rol de la selección natural en poblaciones es de un inmenso valor para la biología y la medicina, a despecho de que sea suficiente para explicar el surgimiento de especies. Finalmente, su defensa pública de la realidad de la Evolución en una Inglaterra victoriana, ultra conservadora y hostil a sus ideas, mostró en él la honestidad que caracteriza a los grandes científicos.

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