Viernes 25 de mayo de 2012 | 21:12 hs
¡Ah!, el amor: sabemos que el calendario apura hoy la compra de bombones, el tráfico de poemas y el cantar de los mariachis. Por eso, alejándonos de lo cursi o la crónica rosa, pretendimos asomarnos a aquellas historias que exploran las pasiones de un modo genial.
sábado, 14 de febrero de 2009
Cierto es que, por una maestría de la literatura y otra del marketing, cada 14 de febrero se recicla el día oficial de los enamorados. La idea, en principio, se la debemos a un poeta inglés -Chaucer- que asoció el Día de San Valentín a la cópula de unas aves y, de paso, al casamiento de Ana de Bohemia. Poema de ocasión con el que Chaucer mató, como quien dice, dos pájaros juntos, clavando en el corazón del mes la fecha exacta para el amor.
Pero fue una mujer americana la que sintió el pálpito comercial detrás de todo esto: Esther Howland, artista y empresaria, convenció a los enamorados de fines del 900 que el amor podía demostrarse con pocos billetes y algo de gusto, si se obsequiaba, claro, una de sus postales. Así nacía el merchandising sentimental, una propagación de afiches y felpas perfumadas que anticipaban la era del peluche y del sticker tipo I love you.
La fecha de los enamorados, en sí, encierra un misterio: de hecho, hay tres ‘sanvalentines’ que podrían ser los patronos del amor. En el confuso mecanismo de los almanaques antiguos el día quedó asimilado -nadie sabe por qué- a la figura de un sacerdote romano, un martirizado Valentín a quien se le suponen dos grandes transgresiones: la cárcel y el amor.
En nombre de ese santo, pues, hoy las parejas se intercambian garabatos de amor (“valentines”) o postales por e-mail, acaso para tener en vista, junto al obsequio, ese dato romántico que nada tiene de chuchería: “se acordó, piensa en mí”.
¿Existe? “El amor es algo de lo que se habla y no es más que eso. Los poetas siempre lo han sabido”, desliza al ras de la letra Julia Kristeva. Aunque el sondeo en esa cuestión siga siendo experimental y se perfile eterno.
No, no sabemos nada. Excepto que el cine, la literatura, la música -y la crónica roja- han hecho de él su guión favorito. Así que aprovechamos la efeméride para apuntar algunos de los más conmovedores films, libros y discos de amor.
Soundtrack para parejas
“Double fantasy”, de Yoko Ono y John Lennon. Es un precioso álbum de estudio que el músico británico y su esposa publicaron en 1980 a través del apenas creado sello discográfico Geffen Records. El aura de disco incluye el hecho de ser el último álbum autorizado por Lennon antes de su muerte. Tiene, además, el plus de que John autografió un ejemplar a Mark David Chapman (su asesino).
“I do not want what I haven’t got”, de Sinead O’Connor. En 1989, la bella irlandesa lanzó su mayor éxito “Nothing Compares 2 U” que un año después giraría por el mundo dentro de ese intenso CD llamado, precisamente, “No quiero lo que no tengo”.
“Canciones que un hombre no debería cantar”, en este primer destello de la trilogía de amor que Gabo Ferro inició en el 2005 -y que se completa con “Mañana no debería seguir siendo esto” y “Amar, temer, partir”- el trovador explora, con un espesor musical muy similar a la ternura, las fisuras y los escándalos del sentir.
Escrito en el cuerpo
“Pentesilea”, de Heinrich von Kleist. Es la obra más extrema de este autor del romanticismo alemán, acaso el más visceral de los textos de la época. La historia transcurre en los márgenes del campo de batalla donde acampan los griegos, sitiadores de Troya.
Así, en medio de la maquinaria de la guerra, se activa la maquinaria del amor. Y la pieza avanza hacia un clímax donde la reina amazona, en un acting de ‘loca’, devora el cuerpo desarmado de un Aquiles rendido.
“Fuegos”, de Margarite Yourcenar. Libro fundamental compuesto de nueve ‘historias de amor’ basadas en mitos griegos. La exquisita mirada de la autora francesa ‘moderniza’ la experiencia de los celos, el desamor, la infidelidad con un instinto que trasvasa los géneros literarios y sexuales.
“El pasado”, de Alan Pauls. En medio de una Buenos Aires contemporánea, Pauls narra los avatares de la relación entre un traductor (Rímini) y una psicoanalista (Sofía) desde el momento de la separación de la pareja, tras diez años de convivencia, hasta su reconciliación varios años después.
A lo largo de su soltería “recobrada” Rímini emprende una huida emocional entrando al mundo de la cocaína y el sexo hasta que su deteriorada autoestima colapsa del todo. El reencuentro con Sofía vira la acción hacia un horizonte liberador. La versión cinematográfica fue estrenada en 2008, protagonizada por Gael García Bernal y dirigida por Héctor Babenco.
Para ver de a dos
“Algo para recordar” (1957), Dirigida por Leo McCarey y protagonizada por Cary Grant y la inolvidable Deborah Kerr. La película, un ícono del cine romántico norteamericano, fue la primera en guionar el valioso recurso de ‘la cita a futuro’: eso de que los amantes queden en juntarse años después y corran a reunirse, por ejemplo, en el Empire State.
“Los puentes de Madison” (1995), de Clint Eastwood. Basada en la novela homónima de Robert J. Waller, el film pone a Meryl Streep en la piel de un ama de casa cumplidora que vive en una pequeña granja del perdido condado de Madison. La llegada de un fotógrafo del National Geographic (Clint, claro), le restituye el brillo ocular, la taquicardia emotiva y el rubor.
Deslizada entre el diario íntimo y la nouvelle rural, la historia derrama verdadera calidez.
“Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” (2007). Dirigida por el genial Gondry, y protagonizada por ‘otro’ Jim Carrey junto a Kate Winslet. Ambos, Joel y Clementine forman una pareja compleja que colapsa a destiempo. Ésa es la razón por la que Clementine borra a Joel de su mente, usando un sofisticado experimento psíquico.
Joel, resentido y extraviado, pretende imitar el mecanismo del olvido, pero durante el procedimiento va descargando un bagaje personal que se resiste a la nada. El amor, la más dura de las resacas, insiste en sobrevivir. Por Mariana Guzzante - mguzzante@losandes.com.ar