Tacos altos

Incapaces de siquiera poder diagnosticar las razones del fracaso de sus gestiones, los Kirchner apelan a una última desesperada excusa: la condición femenina de Cristina.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Por Carlos Salvador La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

El viernes, la presidenta Cristina Fernández realizó su habitual coro de lamentos y diatribas concluyendo con que “no es fácil mantenerse de pie ante tanta zancadilla y tanta presión, sobre todo cuando una está arriba de tacos”. El mismo día, su esposo Néstor acudía en defensa de su media naranja quejándose de que ella “se tuvo que enfrentar a aquellos que son una máquina de impedir, por el solo hecho de ser mujer”.

En un día muy particular cuando la pareja más poderosa del país lució desolada -ocultando bajo sus furias disparadas por doquier, un profundo temor-, la última explicación de sus pesares era atribuida -en el país más europeo de América Latina- al machismo de los argentinos que no soportan ser mandados por alguien del sexo femenino.

Algo que parece no estar ocurriendo en el resto de América o en Europa, ya que el primer mandatario más prestigioso de todo nuestro continente se llama Michelle Bachelet, una mujer. El estadista más reconocido de Europa se llama Angela Merkel, otra mujer. Mientras que el payaso más grande del viejo continente es un viejo machista llamado Silvio Berlusconi, que se siente orgulloso de enrostrar a todos los italianos que él jamás pagó un peso a las cientos de mujeres con las que intimó (siendo ello, además, una fabulosa mentira “machista”).

Enemigos de sobra. Lo más probable es que el problema político principal de Cristina Fernández no esté ocasionado por razones de género sino porque ella -junto con la inapreciable colaboración de su marido- está dedicando el tiempo de gobernar en pelearse -a la vez- con los siguientes actores o sujetos políticos, económicos, sociales, nacionales e internacionales, a saber:

1) la Justicia, 2) el Congreso, 3) toda oposición, 4) el periodismo, 5) los piqueteros no K (hoy, ya, casi todos), 6) el sindicalismo alternativo, 7) el campo, 8) la industria, 9) Obama, 10) la opinión pública. Todos golpistas, todos enemigos (y estos por citar sólo aquellos con los que la pareja se peleó las últimas semanas).

Claro, ante tantos y tan diversos “obstruccionistas” y siendo tan difícil encontrar un hilo común entre todos, el facilismo de acudir al machismo generalizado era una excusa muy tentadora. Y los K se tentaron.

Aunque algo de razón tienen en llorar por su cada día más evidente soledad, pero no porque los quieran desestabilizar sino porque el sistema político construido por ellos lleva inevitablemente al aislamiento, el cual conduce a la negación de la realidad, lo que genera cada vez más intolerancia y agresividad de los aislados que no comprenden por qué cada vez son menos los que comparten sus criterios.

Es que salvo aquellos gobernantes dependientes de sus favores económicos, ya nadie se siente identificado con esta gestión. El único sector social que los apoya es el que podría caracterizarse como la aristocracia obrera (aquellos que por sus contactos con el poder político ganan sueldos muy superiores a la media de la clase trabajadora) conducida por una oligarquía sindical que cobra, su apoyo al oficialismo, más caro de lo que cobraría el FMI.

Kirchner, Duhalde y Menem. Néstor Kirchner asumió en 2003 con un apoyo electoral ínfimo pero en pocos meses logró expresar una voluntad mayoritaria que, con algunas deserciones, se mantuvo hasta fin de su gestión. En cambio, Cristina Fernández asumió con un importante apoyo electoral pero en pocos meses lo perdió casi todo.
 
Por eso hoy estamos viendo cómo un gobierno cada vez más aislado y sin capacidad de cambio o adaptación a la realidad, deviene día a día más extremista, más intolerante, con lo cual renace el riesgo de la anarquía al no poder conducir el desorden que los mismos K generaron (cuando, paradójicamente, el primer Kirchner supo conducir muy bien el desorden que él no generó).

Es cierto que Kirchner se encontró en 2003 con una sociedad en extremo corporativizada y aún con grandes riesgos de anarquía. Y que frente a ello, supo reconstruir la autoridad política perdida. Gracias a esa actitud, el país pudo aprovechar los vientos externos de crecimiento y aunque el debate sobre si las políticas locales ayudaron o frenaron esos vientos siga vigente, que el país creció, creció.

No obstante, lo que cada día queda más claro es que las políticas con las que se intentó limitar el corporativismo y eclipsar la anarquía, fueron estratégicamente falaces.

Menem privatizó no sólo algunas empresas públicas sino el mismo sentido de lo público y luego Duhalde -frente a la anarquía generada por la deserción del Estado- se apoyó más en los pactos corporativos implícitos que en las diluidas fuerzas políticas. Por eso, la idea de país propuesta por Kirchner en sus inicios era teóricamente correcta: reconstruir el sentido de lo público y poner a la política por encima de las corporaciones.

Pero falló porque no puso al Estado por encima de las corporaciones sino que lo transformó en una corporación más, desde la cual disparar contra las demás. O sea, Kirchner no hizo política desde las corporaciones como Duhalde, pero tampoco le devolvió al Estado el sentido de lo público, sino que lo corporativizó.

Con la herencia menemista hizo algo parecido: no combatió las inmensas falencias de las privatizaciones menemistas forjando un nuevo Estado con un buen sistema de control, sino que construyó una estructura de poder económico alternativa, surgida desde el propio seno de su poder político. Así como Menem entregó la política a los grupos económicos, Kirchner se apoderó del Estado para hacerlo suyo y de sus capitalistas amigos.

En síntesis, para luchar contra las privatizaciones menemistas y contra el corporativismo duhaldista, Kirchner transformó al Estado en una estructura facciosa personalizada en él y sus socios privados. Un intento igual de malo pero mucho más desmesurado que los de Menem y Duhalde juntos, porque ni siquiera buscó apoyarse en fuerzas sociales existentes, sino crear las suyas propias, excepto la CGT moyanista a la que le multiplicó por mil el poder que ya tenía.

El renacer de la anarquía. No obstante, quizá lo más grave es la respuesta que el gobierno dio a la anarquía, sobre todo al fenómeno piquetero, cuyo origen y razón de ser fue el de hacer visibles a los millones de desocupados que no se podían expresar sino ocupando el espacio público. Pero cuando las condiciones objetivas del piqueterismo comenzaron a desaparecer, no ocurrió lo mismo con los piqueteros porque el poder político ya no se limitó a tolerarlos sino de fomentarlos para manipularlos hacia sus propios fines.

Así, en vez de acabar definitivamente con la anarquía, K buscó usufructuarla políticamente a su favor, por lo cual hoy -como lógica e inevitable reacción- ella parece renacer a partir de los mismos sectores que antes K usó para atemorizar a las corporaciones.

En otras palabras, el país previo a 2003 amenaza con renacer peor que antes, porque los Kirchner nunca lo cambiaron por otro sino que sólo buscaron ponerlo a su exclusivo servicio. Y ahora que piquetes y corporaciones se le sublevan, el gobierno se encierra cada día más en sí mismo y, -en su impotencia- echa las culpas de todo a los tacos altos de Cristina.

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