Un sistema complejo alerta al acercarse a su fase final de colapso como un todo. El capitalismo en su transición de industrial a financiero transita esta fase, ya sin vínculos con la producción, y obtiene ganancias de la información estratégica de la economía.
La infraestructura de computación y comunicación acelera intercambios y permite que “expertos” financieros creen “instrumentos derivados”, hipotecas securitizadas, emitan valores sobre deudas futuras de tarjetas de créditos, pases, inversiones apalancadas, sin ningún control.
Hay diversos derivados: opciones que dan al poseedor derecho, pero no obligación, de comprar o vender algo en una fecha y precio determinados; otros son los futuros que obligan a comprar o vender el bien en que se basa el contrato en una fecha y a precio acordados. Su valor se basa en el precio de otro activo: créditos, utilidades contractuales, precios o de commodities.
La ganancia o pérdida dependerá del valor del activo al momento del vencimiento; se apuesta a la continuidad de tendencias al crecimiento de precios.
En la economía global generan nuevas relaciones estructurales que no apuntan a un desarrollo equilibrado sino a agravar la desigualdad. No hay real producción de bienes o servicios y responden a la lógica de las cadenas de la felicidad, donde sólo los creadores obtienen ganancias al agotarse la incorporación de nuevos jugadores. Porque requiere información clasificada, algoritmos complejos y software para relacionar datos aparentemente inconexos, establecer predicciones “contra todo pronóstico”, resulta una falta total de transparencia.
La crisis actual surgió de un desacople entre corto y largo plazo. Los resultados de los derivados no son inmediatos; la lógica indicaría que se compran con fondos a largo plazo, pero la especulación aplica dinero a corto plazo o préstamos interbancarios para obtener rápidas ganancias, devolver el préstamo y pasar a otro derivado.
El sistema funciona mientras ganancias o pérdidas sean aceptables, pero cuando varios jugadores no pueden cubrir sus pérdidas, o afectan “bancos de inversión”, el flujo de préstamos se restringe generando iliquidez. Los promotores de derivados dejan que las pérdidas las asuman los jugadores más lentos, como fondos de pensión o individuos que no tienen un seguimiento diario de sus inversiones. Si no es suficiente se hace pública la situación de crisis; este “sálvese quien pueda” alienta movimientos histéricos; todos se atropellan en las estrechas puertas de salida; no hay tiempo para individualizar a los responsables; nadie es culpable y el Estado sale en defensa del sistema financiero con dinero público
La adecuada toma de decisión requiere información. En los derivados, la información es del tipo business as usual, si no ocurre nada imprevisto; si se interrumpe o revierte la tendencia no hay plan B y se procura salir lo más rápido posible. La información al inversor supone que la tendencia a crecer será permanente, para lo que se ocultan datos o se manipula información; estos “expertos” cuentan con la ignorancia generalizada de los medios e, incluso, con la complicidad de calificadoras de riesgos de inversión, pobremente supervisadas.
Las estimaciones del valor total de estos instrumentos oscilan entre 700 billones a un trillón de dólares, diez a quince veces el valor del producto bruto global de 62 billones de dólares al año. La riqueza evaporada en 2008 equivale a U$S 10.000 por habitante y representaría casi 50.000 por cada uno de los 1.000 millones que sufren hambre en el mundo; es 20.000 veces más que los fondos asignados a solucionar dicho problema. Más de 90 millones quedarán por debajo del nivel de extrema pobreza con menos de U$S 1,25 por día.
La recesión mundial pone en riesgo U$S 11.600 millones para gastos básicos en áreas como educación, salud, infraestructura y protección social en los países más vulnerables. El costo de la mitigación no es menor; las principales economías han gastado U$S 10.800 millones en su intento por mitigarla. Inglaterra ha gastado 94% de su Producto Interno Bruto (PIB) y EEUU un 25% de su PIB, la mayor parte para al sistema bancario. El Grupo Banco Mundial en conjunto, comprometió en el ejercicio de 2009 U$S 58.800 millones para apoyar a países afectados por la crisis.
A mediano plazo el resultado es aún menos alentador: la deuda del gobierno británico se duplicará en cinco años alcanzando U$S 2,3 billones y la de EEUU llegaría a U$S 10 billones. El costo de esta deuda gubernamental adicional se pagará con más impuestos y menores inversiones en salud, educación e infraestructura social básica. A largo plazo implicará que futuras generaciones tendrán educación más pobre y menores ingresos potenciales.
La crisis financiera surge en un contexto de múltiples crisis: alimentaria, energética, climática, de gobernabilidad y también crisis del modelo de desarrollo. El “fin de la historia”, proclamaba la liquidación del conflicto y sólo quedaba discutir vías y no fines. Se pretendía que la economía moderna constituía un orden similar al natural, limitando la arbitrariedad estatal y la capacidad de intervención del poder político. Lo cierto es que estamos más cerca del final de esta economía que de la historia.
La economía fundada en la escasez termina con la sociedad del conocimiento, porque éste no se agota al primer consumo y siempre puede producir más riqueza; también pierden importancia relativa los factores clásicos de producción: tierra, capital, tecnología, trabajo y sobre todo la localización.
Hay un divorcio entre los principios de racionalidad y eficiencia de la economía del conjunto de valores éticos que debieran orientarla para el bien común global. Éste es crítico en el nivel regional y muestra la crisis del modelo de desarrollo aplicado a los subdesarrollados.
Para la “doctrina económica” el progreso se mide con indicadores por acumulación y no por crecimiento armónico de todos los sectores y actores económicos. Si introducimos modos de producción “desarrollados” en sociedades subdesarrolladas, no devienen por ello desarrolladas sino que resultan sociedades extremamente desiguales con islotes aislados de riqueza que potencian la inequidad.
No es sólo una cuestión de redistribución sino, y fundamentalmente, que con el cambio a la sociedad del conocimiento se modifiquen sustancialmente los valores, los objetivos nacionales y regionales; factores, medios y relaciones de producción de las diversas economías que comprende cada uno de estos espacios sociales.