Lo balearon, pero no dejó de vender el diario

Roberto tiene 53 años y hace 32 que reparte noticias en Guaymallén. Los Andes eligió su historia para festejar el Día del Canillita.

sábado, 07 de noviembre de 2009
Lo balearon, pero no dejó de vender el diario

Incansable. Roberto Triefembach se levanta todos los días a las 2.30. Foto: Marcelo Ruiz / Los Andes

Virginia Di Bari - vdibari@losandes.com.ar

Reconoce que es un trabajo muy sacrificado. No sólo porque no hay un solo día que descanse, sino también porque a diario se enfrenta con la parte más cruda de su trabajo: la inseguridad.

Lleva 32 años de canillita de pura cepa y en su historial aparecen varios intentos de asalto y una bala en su hombro, mientras repartía diarios en una zona de Guaymallén.

Aunque Roberto Triefembach (53) siempre anda “con el corazón en la boca”, ama lo que ha elegido porque -dice- es lo único que le ha permitido ser libre, vivir en la calle y conocer gente nueva todos los días.

Su suegro, Héctor Ortiz, fue el responsable de introducirlo en el mundo de los canillitas. Sólo que hace más de treinta años, Héctor era simplemente el padre de la mujer con la cual estaba de novio. Roberto estaba estudiando Electromecánica y era maestro mayor de obras, pero bastó para que conociera de cerca el funcionamiento de la tarea que llevaba adelante su guía para dejar todo e iniciarse en el oficio.

“Mi suegro se metía en callejones, calles y barrios como lo hago yo ahora, sólo que por aquel entonces lo hacía en bicicleta, carretela y hasta en sulky. Se tardaba mucho. Era muy sacrificado”, recuerda Roberto.

Sin embargo, esa realidad no lo paralizó. Con el tiempo fue tomando los repartos que realizaba su suegro y sumando nuevos adeptos. “Me costó muchísimo al principio. Fue muy complicado para mí”, recuerda.

Hoy lleva 32 años sin detenerse. Ni siquiera paró cuando lo operaron de tiroides hace unos años. “A los cuatro días, aún con los tubos puestos, ya estaba arriba del vehículo, con gasas y todo”, describe el canillita con lujo de detalles.

Sabe que no puede dejar de mencionar cuando tuvo que separarse por un tiempo de su pasión. Sucede que durante el gobierno de Raúl Alfonsín se fundió. “Es que era imposible trabajar. Todas las semanas subía el diario y las revistas y ni hablar de la nafta para el auto”, explica.

El panorama lo obligó a armar las valijas y viajar a Italia, donde se desempeño dentro del área de la construcción. Su esposa y sus hijos se quedaron acá, mientras su suegro tomó los pocos repartos que subsistieron la embestida. “Eso sí, cuando volví, retomé. Desde entonces, gracias a Dios, no he parado. Creo que ya es el momento de que los canillitas tengamos un día de descanso”, aclara.

Al igual que muchos otros canillitas, Roberto no trabaja solo. Su familia también es una pieza crucial para lograr su tarea. Su esposa y uno de sus dos hijos se levantan casi a la misma hora que él (a las 2.30 todos los días de semana) para armar el diario.

En tanto que para el periódico del domingo empiezan dos días antes, luego -a las 12.30- busca las últimas partes que salen impresas y vuelve a ajustar todo en su casa, donde también lo ayuda una vecina. El dato no es menor, ya que el domingo es su fuerte y vende 1.200 ejemplares de Los Andes.

Hace años que la inseguridad lo acecha. En una zona de Guaymallén intentaron asaltarlo. “Tres chicos empezaron a tirotearme y me dieron un balazo en el hombro. Yo también me defendí a los tiros. Al mes, en otro lugar, me robaron la moto en plena luz del día”, asegura. La herida fue superficial y se recuperó rápidamente. Pero confiesa que vive con el corazón en la boca por él y por su hijo, quien siguió sus mismos pasos.

A pesar de todo, Roberto sabe mirar el lado positivo. “La calle es la mejor facultad que he tenido y he aprendido a convivir con todos mis clientes: los buenos y los malos. Soy callejero, me gusta la libertad y mi trabajo me permitió ahorrar para casarme y que mis hijos pudieran estudiar. Hoy no me puedo quejar”, expresa satisfecho, al mismo tiempo que aprovechó para saludar a todos los canillitas de la provincia y del país por su día.

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Como tantos colegas, alguna vez Roberto Triefembach (53) fue víctima de la inseguridad. Pero nada detuvo su misión: llevar Los Andes cada madrugada casa por casa.

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