La odisea de los Jara: “Hemos vuelto a la época de nuestros bisabuelos”

jueves, 26 de noviembre de 2009
La odisea de los Jara: “Hemos vuelto a la época de nuestros bisabuelos”

Un inspector de OSM labra un acta de infracción en una casa. Foto: Marcos García

Javier Cusimano

El surtidor en la casa de la familia Jara en el barrio Petroleros, de Dorrego, está seco. Durante algunos momentos del día deja entrever un hilito muy fino de agua que alcanza para llenar dos o tres baldes antes de un nuevo corte. Para ellos, vivir en estas condiciones se ha transformado desde hace más de 20 días en un drama que se repite todos los días y el que pareciera no tener fin.
 
Sin embargo no son los únicos. La situación es idéntica en todos los hogares de sus vecinos. En esta zona los jardines verdes y coloridos de primavera lentamente comienzan a secarse y cambiar su aspecto por tonos amarillos y otoñales. Entre tanto, sus habitantes se las ingenian para sobrevivir.

“Hemos vuelto a la época de nuestros bisabuelos”, confiesa el ama de casa Liliana Jara (61), refiriéndose al estado rudimentario de vida al que se ve expuesta junto a su familia desde que sufren la falta de agua. “Para bañarnos tenemos que calentar agua en ollas, enjabonar y enjuagar por partes. En el mejor de los casos, vamos a la casa de un pariente o amigo cercano en mejores condiciones y le pedimos que nos preste la ducha”, detalla.

Liliana cuenta que, por ejemplo, le dedica mucho tiempo a cuestiones que antes eran más prácticas o madrugar para poder limpiar la casa porque recién a las 4 de la mañana hay un poco más de presión. También tiene que hacer guardia frente a la canilla y almacenar, cuando la oportunidad se presenta, la mayor cantidad de botellas posibles en la heladera para tener siempre al menos agua a mano para beber.

Para cocinar ha tenido que cambiar la dieta por alimentos secos: fideos, arroz y comidas que no requieran ser higienizadas para su consumo. Las verduras ahora quedaron en un segundo plano. Además, el agua no se desperdicia en lo más mínimo y cada gota es reutilizada en un ciclo que comienza en la cocina y termina en el inodoro del baño. “Así, la misma agua que se utilizó para enjuagar la vajilla, luego puede ser usada para limpiar el baño”, precisa.

Como si esto fuera poco, el lavarropas le dejó de funcionar porque es imposible abastecer la carga requerida para un lavado: “Para poder enjuagar una sola prenda se necesitan varios litros de agua. Este hecho me significa un gasto extra en casas de lavado que se suma al gasto de compras en agua mineral para poder tomar y cocinar”.

Atilio Jara (61) reconoce que debido al poco caudal de agua las cañerías arrastraron impurezas y plomo provocándoles serios problemas intestinales y gastroenteritis.

“Cuando la plata no nos alcanza para comprar agua nos vemos obligados a hervirla o usar una gotita de lavandina. Lo que más molesta de esta situación es que OSM no se haya dignado alertarnos e informarnos sobre las consecuencias que puede generar el agua cuando circula con baja presión”, concluyó indignado.

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