Viernes 10 de febrero de 2012 | 15:54 hs
De 2002 a 2008, el periodista de policiales de Los Andes publicó en formato noticia las historias que ahora, reunidas en el libro “Textos de periodismo para no morir en el bostezo”, alcanzan la poderosa visión de la crónica.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Lo primero que hace Rolando López para contar su versión de los hechos es poner dos palabras -“respeto” y “empatía”- como intro. Así, sus “Textos de periodismo para no morir en el bostezo” ingresan en la crónica, un género que, según Martín Caparrós, “utiliza las herramientas de la ficción literaria pero, a diferencia de aquella, tiene como materia prima -exclusivamente- los hechos de la realidad. Una realidad que debe ser moldeada, pero jamás alterada”.
Con los ojos puestos en un ‘otro medio freak’ (una suerte de galería a lo Diane Arbus pero en terreno argento), sin convertirse jamás en groupie de sus entrevistados, López apunta: “No me gusta la actitud del periodista soberbio, que cree estar por encima del personaje y se larga a narrar en primera buscando protagonismo, tampoco me cuadra el ‘chupanotas’, el que ensalsa por amiguismo o complacencia. Prefiero conservar una distancia, siempre con buena onda, pero jamás llegando hasta la lágrima o saliendo a los abrazos”.
Ahí, cuando la crónica no es meramente dialogar con su tradición (aunque López es un buen lector de Osvaldo Soriano, Foster Wallace y, más en este plano, de Josefina Licitra), cuando narrar no se trata sólo de sumarle centimetraje a la nota policial o de registrar modismos sino más bien de servir a la vida, es cuando salta el revés de la trama. Y el tic de supervivencia de un boxeador, un secuestrador o un futbolista amateur, se vuelve tinta de no-ficción.
Otras voces, otros ámbitos
Rolando (junto a Alejandro Crimi, el editor de Diógenes) dividió el libro en seis: tres ladrones, algunos oficios, prófugos y encerrados, ensayos a la carta, deportes, y policiales express. “Este último capítulo”, explica López, “reúne una serie de noticias que salieron publicadas con la inmediatez del día a día”.
Acaso, la historia que más vivió fue la crónica “Mariachis”, surgida de yirar noches enteras con esa suerte de delivery de serenatas. “Pero la persona que más me impactó fue Abel Leiva, ese ciclista que siempre sale último”.
El caso es así: “Conocí a Abel Leiva a principios de 2006, cuando me encargaron una nota para una revista acerca del pedalista que había llegado en último lugar a la Vuelta Ciclística de Mendoza. Lo fui a ver a su casa para explicarle algo difícil para un deportista: que se destacaba por ser el peor. Igual, el muchacho de 32 años me atendió con amabilidad. En la entrevista me enteré de que Abel era peruano, de Trujillo, ‘donde todos se tratan de usted’. Y de que trabajaba haciendo tortas”. Lejos del karma del loser, lo que manaba del trujillano era satisfacción por la experiencia.
En general, los ‘casos’ que presenta López, enmarcados en distintos momentos de la década y en diversas geografías, recuperan la aventura de viajar hacia la intimidad del mundo real y, en ese trip, descubrir una escritura, capaz de pintar tanto el éxodo de las familias argentinas, como la identidad de la canchita del pueblo.
Algo bastante más raro y más profundo que el facilismo de “mostrar cómo un nene lleva un arma a la escuela porque le dicen gordo”. Pues desde su rol de editor de policiales de Los Andes, Rolando no abandona la mirada crítica.
Y si pone play a los universos privados, es para intentar comprender curiosidades: “¿Quién es capaz de navegar 12 días por el Océano Atlántico en una patera desde Senegal para llegar a España?, ¿dónde queda el pueblo de San Luis que se llama Arizona, cuyo intendente juega en el equipo de fútbol local?, ¿qué hacían las prostitutas argentinas cuando sus clientes se quedaron sin dinero en 2001?”. Todo, robando los recursos del escritor y el tiempo del periodista. Cero bostezo.
Agenden: “Textos de periodismo...” se presenta el próximo miércoles a las 20.30, en la Sala Elina Alba (Avenida España y Gutiérrez de Ciudad). Están avisados.