En el Noreste, la ciudad de numerosos ríos unidos por puentes recuerda a la italiana; sus playas y sus aguas claras deslumbran a los viajeros todo el año.
Recife, esa ciudad del noreste brasileño y capital del Estado de Pernambuco, tiene magníficas cualidades que mostrar a sus visitantes y para ello necesita de toda su concentración. Amerita, entonces, desconectarse -literal y tecnológicamente hablando-. Para descubrir la capital multicultural del país vecino no tienen que haber interferencias.
La Venecia brasileña, así la llaman porque tiene canales y ríos navegables que llevan a los turistas a conocer la esencia misma ciudadana, reflejada en los barrios históricos y lugares pintorescos del centro recifense. Si bien no hay góndolas, se puede recorrer Recife a bordo de catamaranes. El viaje dura 1 hora y 45 minutos, sale unos 50 pesos y se navegan los principales ríos: el Capibaribe y el Beberibe. El viaje no comienza si llueve y en caso de que arremetan chubascos durante el trayecto se espera bajo algún puente hasta que pase.
Sinceramente es una situación muy divertida, sobre todo si va acompañado de amigos.
El agua es el camino que lleva a conocer los puentes más importantes como el Boa Vista, Mauricio de Nassau, Buarque de Macedo o Princesa Isabel.
Cabe indicar que Recife está unida por 39 puentes que, para muchos, rememoran a otra ciudad europea: Amsterdam. Esto tiene asidero ya que si bien la capital pernambucana fue fundada por los conquistadores portugueses, luego estuvo bajo el dominio de la corona de los Países Bajos. Tiempo después, en cada calle o esquina del centro antiguo todavía pervive esa impronta.
Descubrirla de a poco
Boa Viagem es una de las avenidas más importantes, pero a su vez es la playa urbana; posee siete kilómetros de arenas blancas y aguas color esmeralda que le dan el toque tropical en pleno Atlántico. Durante la baja marea se forman piletas naturales en las que es posible nadar tranquilamente en aguas tibias y bajo el sol que está presente todo el año (vale la aclaración para aquellos que planean viajar en otra temporada).
Otro sitio para apuntar en la hoja de ruta es el Forte das Cinco Pontas, en el que se encuentra el museo de la ciudad; si de museos se trata también hay que visitar el del Estado. Tampoco hay que dejar en el tintero la visita a una fábrica de cachaça -Cachacaria Carvalheira-, donde se aprende a preparar la caipirinha morena y allí también está el museo de la bebida espirituosa que identifica al país.
En la plaza de la República hay que hacerse un tiempo para admirar el teatro de Santa Isabel, el palacio donde se ubica la casa de gobierno y el palacio de justicia.
La oficina Brennand es otro lugar imperdible, en 15 mil metros cuadrados se exponen todas las obras del escultor Francisco Brennand. Para más detalles cabe comentar que se trata de una antigua fábrica de tejas ubicada en un ingenio azucarero. Es increíble la obra escultórica y pictórica del artista, en la que se manifiesta una gran influencia de Picasso.
Una de las creaciones más llamativas del maestro es el templo central, algo parecido a una mezquita, donde está el Ovo Primordial, un emblema de la inmortalidad. Además en el salón de las esculturas se halla la exposición permanente, digna de ser visitada. Los jardines son maravillosos, en realidad constituyen una gran plaza denominada Burlé Marx, repleta de esculturas que evocan a las de Bomarzo en Italia. Además el parque es habitado por aves exóticas, otra de las excusas para fotografiar.
Pero si de fotografías impactantes hablamos, importantes es -si el dinero acompaña- realizar un vuelo sobre Recife y la vecina localidad de Olinda, antigua capital del estado. El costo de ese paseo es de 300 pesos por personas y dura casi media hora. Es una experiencia invaluable.
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