Usualmente, se presenta este acontecimiento como el comienzo del fin del mundo soviético, o como algo inesperado y vertiginoso que aceleró el cambio de siglo e impulsó la globalización. En todo caso, siempre se pensó como una descomposición del régimen soviético sin una activa o efectiva intervención del bloque occidental.
La situación del mundo por esa época presentaba muchas variables, una de ellas era la división de Alemania en dos países con una soberanía parcial y no parecía que nación alguna o grupo de naciones dispusiera de la capacidad necesaria para quebrar este estado de hecho que había reconocido Adenauer al afirmar frente a su parlamento que “la política soviética en Europa está dominada por el pensamiento de mantener el statu quo... La reunificación de Alemania se ha estrellado ante la actitud de la URSS”.
Aún hoy se piensa que los herederos de Adenauer habían abandonado la opción de la unificación aceptando una soberanía alemana parcial y limitada, y también se señalaría que el grave error de los 10 puntos de Kohl que daban a la integración de Alemania Oriental en el Estado de Alemania Occidental el carácter de Anschluss era debido a su falta de preparación.
Una anécdota personal me indica todo lo contrario, lo que hoy me parece oportuno hacer público, aún cuando reservaré los nombres de las personas involucradas porque no he podido requerir su consentimiento por desconocer cuál es su ubicación actual.
Durante los años 1988 a 1990 fui responsable de gestionar las relaciones internacionales de la Universidad de Buenos Aires. Uno de los proyectos con los que estaba comprometido era la promoción de la integración regional, y por ello organizamos, con un gran apoyo de colegas chilenos exiliados en España, un seminario internacional para el análisis comparado de los procesos de integración en Europa y América Latina.
Un primer encuentro se desarrolló en 1988 en Buenos Aires, con gran participación de académicos, expertos, políticos europeos y latinoamericanos y preparábamos una segunda reunión en Madrid para los primeros días de noviembre de 1989.
Como parte de las actividades preparatorias, mantenía con frecuencia reuniones informativas y de coordinación con autoridades de fundaciones políticas europeas con sede en nuestro país; entre ellas, la Fundación Adenauer.
En setiembre de 1989, conversando sobre el eminente seminario a realizarse en Madrid, el director de la fundación que previamente me preguntó sobre mi programa de viaje después del mismo, al indicarle que visitaría París y Roma antes de regresar a Buenos Aires me sorprendió con un pedido: “¿Puedo pedirte un favor?”. Por supuesto, respondí. “¿Puedes reunirte con el director de la fundación Adenauer en Roma y preguntarle de mi parte cómo marcha la cuestión de la reunificación de Alemania?”. El asombro me dejó sin palabra, nunca había escuchado a alemanes de ambos lados del Muro hablar públicamente de una eventual o siquiera imaginaria reunificación. Entendí que recibía un mensaje y me despedí prometiendo hacerlo, sin más preguntas.
La organización del seminario me hizo olvidar el singular recado, la conferencia se hizo con gran participación de latinoamericanos y europeos, especialistas, políticos y aún funcionarios, todos ellos compartían la percepción de que el deshielo del mundo soviético había comenzado, pero ninguno pensaba que sólo una semana después de cumplido éste, el gobierno de la Alemania Federal informaría a su policía fronteriza que no se solicitaría ningún requerimiento especial a sus connacionales para viajar al extranjero, lo que se marcaría el inicio de la caída del Muro de Berlín.
Yo recibí esta noticia mientras compartía una cena en el departamento de un destacado médico argentino radicado en París. El acontecimiento ocuparía toda nuestra atención durante los días siguientes y se inició una verdadera peregrinación de amigos a Berlín para participar del mismo.
Cumplida mi estadía allí y encontrándome en Roma recordé el singular pedido de mi amigo germano; gestioné de urgencia -clásico argentino- una entrevista con el director de la Fundación en Roma; ya en ella y después de los saludos protocolares para iniciar nuestra conversación, el director me preguntó por nuestro común amigo el director de la Adenauer en Argentina, al responder que lo había dejado muy bien en Buenos Aires, recibí una sonriente respuesta: “No, ya no está más allí, ahora está en Berlín como director de la fundación que tiene a su cargo realizar la reunificación alemana”.
Comprendí entonces que lo sucedido que conmovía al mundo, no era producto de la fortuna y sí de la virtud usando la distinción de Maquiavelo, que en este caso coronaba el secreto.
Un posterior seguimiento de la cuestión me llevó a entender que la reunificación alemana era un problema que no estuvo ajeno a las negociaciones de los aliados que establecieron el mapa europeo de post guerra, desde el antiguo plan Eden, pasando por el solemne compromiso de Alemania Federal al ingresar a la OTAN de no intentar la modificación de sus fronteras ni su reunificación haciendo empleo de la fuerza, lo que culminaba con el estatus de ocupación que los aliados habían mantenido en el sector y le permitía iniciar su rearme, o la conferencia de los ministros de relaciones exteriores de las cuatro grandes potencias en Ginebra en octubre de 1955, en la que intentaron resolver el problema de la reunificación de Alemania a la luz de las exigencias de la seguridad en Europa; hasta la extraordinaria conjunción de sucesos tales como la Conferencia de Paz y Seguridad en Europa de Helsinki de 1975 que sancionaba los acuerdos de Yalta y Postdam, de la iniciativa de defensa estratégica, de la elección de un papa alemán, y de la histórica cumbre en Beijing entre el presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, y Deng Xiaoping, el líder de la República Popular China tras 20 años en que las dos potencias comunistas permanecían distanciadas.
Lo que ahora me resulta totalmente claro es que el planeamiento de la reunificación fue un objetivo nunca abandonado de Alemania, y que la preparación de las condiciones diplomáticas y políticas incluyó un muy prolijo detalle y presupuesto para poder concretar la gran diversidad de cuestiones que involucraba: la realización de elecciones, el traslado de la capital, la reunificación monetaria, la restauración edilicia, la reforma de las universidades y de la educación y otros tantas, sin desatender las reticencias francesa y británica a la reunión.
La sorpresa y el azar nunca están ausentes de las acciones humanas, pero la preparación del futuro brinda mejores perspectivas de éxito que la improvisación constante y sobre todo cuando se trata de cambios de tanta significación estratégica. No puedo dejar de establecer una odiosa comparación pensando en la planificación de la recuperación de nuestras islas Malvinas. Es que como señalaba un presidente argentino, “cuando no se tiene buena cabeza para aprender hay que tener buenas espaldas para aguantar”.