La economía de la post-crisis

“¡Ya basta! Goldman Sachs está prosperando mientras las tasas combinadas de desempleo y subempleo están avanzando hacia un pasmoso 20%. Dos tercios de todos los aumentos en ingresos desde los años que van de 2002 a 2007 -¡dos tercios!- fueron a parar al 1% de los estadounidenses de mayores ingresos”.

domingo, 01 de noviembre de 2009

Por Bob Herbert - Servicio de noticias The New York Times - © 2009

Los encabezados publicados lado a lado en la primera plana de la edición sabatina de The New York Times resumieron, inadvertidamente, la terrible situación en que hemos permitido que caiga nuestro país.

El encabezado principal, en la esquina superior derecha, decía: “Déficit de EEUU Aumenta a 1,4 Billones de Dólares; el Mayor desde 1945”.

El titular junto a él decía: “Rescate Ayuda a Revivir Bancos, y Bonos”.

Hemos pasado las últimas décadas paleando dinero hacia los ricos como si no hubiera mañana. Abandonamos a los pobres, le aplicamos una llave económica a la clase media y prácticamente llevamos al gobierno federal a la bancarrota al tiempo que les dimos a los bancos y megacorporaciones, así como al resto de los grandes en la cima de la pirámide económica, prácticamente todo lo que han querido.

Y todo parece indicar que aún no aprendemos las lecciones indicadas. Hemos permitido que muchísima gente caiga en el terrible abismo del desempleo que nadie -ni la administración Obama, ni los sindicatos laborales y ciertamente nadie en el Partido Republicano- tiene la más mínima idea de cómo ponerlos a trabajar de nuevo.

En el ínterin, Wall Street está cumpliendo. Me asombra el grado de pasividad que ha mantenido la población estadounidense en vista de esta indignidad sostenida.

Incluso al tiempo que millones de trabajadores estadounidense están luchando por conservar sus empleos a cualquier costo y mantener un techo sobre sus familias, los tipos inteligentes de Wall Street se están relamiendo sus gordos bigotes ante otra ronda de obscenos bonos multimillonarios en dólares; esta vez, gracias a los miles de millones de dólares del rescate que fueron enviados a ellos a través del Tío Sam, con muy poco en la forma de condiciones anexas.
No importa que la economía de EEUU siga estando en profundos problemas. Como destaco el Times el sábado pasado, buena parte de Wall Street “está acuñando dinero”.

Si quieren, digan que es un deja vú. En 2007 escribí una columna que fue publicada tres días antes de Navidad, la cual se centraba en la desconexión sumamente perturbadora entre los integrantes de Wall Street que cosechan una marca histórica de bonos -miles de millones de dólares sobre miles de millones de dólares-, al tiempo que familias trabajadoras estuvieron enfrentando muchas dificultades para lograr que su presupuesto rindiera.

Más tarde nos enteraríamos de que diciembre de 2007 fue el mes mismo que empezó la Gran Recesión. Escribí en esa columna: “Incluso al tiempo que los integrantes de Wall Street se están felicitando mutuamente y ordenan embarques récord de champán y caviar, el sueño estadounidense está en la unidad de cuidado intensivo”.

Así que nosotros tuvimos una orgía de bonos justo al tiempo que la recesión estaba sentando sus reales y ahora otra orgía (con los contribuyentes fiscales como los facilitadores) que no está nada lejos de un arrogante dedo apuntado al ojo de todos los que sufrieron, y siguen sufriendo, en este descenso.

Sea que P.T. Barnum lo haya dicho o no, nace un tonto cada minuto. El contribuyente estadounidense pudiera hacer bien en verse al espejo. Si el epíteto le queda.

Necesitamos llevar a cabo algunos cambios fundamentales en la forma que hacemos las cosas en este país. Los apostadores y artistas de la estafa del sector financiero, los mismos payasos que tanto hicieron por derribar a la economía para empezar, se están quejando amarga e hipócritamente ante la perspectiva de regulaciones enfocadas a reducir los peores aspectos de su conducta excesivamente riesgosa e impedirles que ocasionen incluso otro sobrecalentamiento de la economía.

Deberíamos estar yendo incluso más lejos. Ya institucionalizamos la idea de que existen firmas que son demasiado grandes para fracasar y, por lo tanto, “nosotros, el pueblo” estamos obligados a ver que ellas no lo hagan; incluso si esto significa que se debe llevar a la bancarrota al Tesoro nacional y socavar los niveles de vida de la gente común. ¿Qué sentido tiene eso?

Si alguna empresa es demasiado grande para fracasar, entonces es demasiado grande para existir. Hay que desarticularla.

¿Por qué habría la población general de tener necesidad de preocuparse constantemente de que un error por parte de los artistas de la cuerda floja en Goldman Sachs (por tomar el ejemplo más obvio) pusiera a toda la economía en peligro?

Estos acróbatas financieros reciben los extraordinarios beneficios por los descabellados riesgos que corrieron -cheques de pago de varios millones de dólares, casas del tamaño de castillos- pero la opinión popular tiene que estar ahí para absorber lo peor del dolor cuando ellos sufren una terrible caída.

¡Ya basta! Goldman Sachs está prosperando mientras las tasas combinadas de desempleo y subempleo están avanzando hacia un pasmoso 20 por ciento. Dos tercios de todos los aumentos en ingresos desde los años que van de 2002 a 2007 -¡dos tercios!- fueron a parar al uno por ciento de los estadounidenses de mayores ingresos.

Nosotros no podemos seguir transfiriendo la riqueza de la nación hacia las personas que están en la punta de la pirámide -que es lo que hemos estado haciendo durante las últimas tres décadas, aproximadamente- y esperar al mismo tiempo que algún día, quizá, los beneficios de esa transferencia se filtren hasta los niveles inferiores en la forma de empleo constante y mejores niveles de vida para los muchos millones de familias que luchan por ganarse la vida día a día.

Ese dinero nunca va a llegar hasta abajo. Es un cuento de hadas. Estamos locos si lo seguimos creyendo.

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