Bailar pegados. Los líderes de “Los Pepitos”, Pedro Villegas y Margarita Di Tullio, bailan en una tanguería clandestina de Mar del Plata. (Gentileza / Paulo Páez)
Han pasado más de doce años que, siendo un novato cronista de Policiales, tuve la oportunidad de entrevistar a Margarita Di Tullio, alias Pepita La Pistolera, muerta de un derrame cerebral la semana pasada. Fue cuando ella y su pareja de entonces, el mendocino Pedro Villegas, acababan de quedar libres después de estar dos meses presos por el homicidio del fotógrafo de la revista Noticias José Luis Cabezas.
El hecho periodístico que justificaba el viaje a Mar del Plata era que Villegas era de Mendoza.
Por medio del abogado de la pareja, Jorge Diez, fuimos hasta los dominios de este dueto del hampa en la zona más caliente del puerto de Mar del Plata por tres días. El periplo lo hicimos con el fotógrafo Paulo Páez (casi un adolescente por entonces) y trajimos tanto material que Los Andes publicó cuatro notas.
De todos modos, como pasa con toda cobertura, hay cosas que un periodista no publica, y fotos que un fotógrafo guarda para sí; cosas que no salen en el periódico. Las crónicas que llegaron al papel, obviamente versaban acerca del caso Cabezas y de la vida de Villegas en General Alvear, donde hizo sus primeras armas como ladrón.
La semana pasada Margarita Di Tullio murió y fue inevitable caer en el recuerdo de aquellas noches que, junto con Paulo y un nutrido grupo de freaks amigos de ella y de Villegas, recorríamos a 120 kilómetros por hora, las calles húmedas de Mar del Plata en abril, a bordo de un Renault Mégane último modelo ya que la condición sine qua non para que nos dieran la nota, era que estuviéramos con ellos las horas en que se mantenían despiertos: es decir desde las 20 hasta las 7 de la mañana.
Bienvenida
Cuando llegamos al hotel, Marga (así le gustaba que le llamaran, no le agradaba el mote de Pepita) nos pasó a buscar junto con Villegas en uno de sus tantos autos a las ocho de la noche.
La primera impresión visual que me quedó fue el parecido a la cabeza de un león que tenía la cabeza de Di Tullio. Una cabellera rubia furiosa y acolchonada que flameaba a cada paso. Su vestimenta de leopardo alimentaba la imagen felina de la mujer; y su modo de hablar (despampanante y a los alaridos) cerraba la idea de alguien con carácter. "¿Ustedes son los mendocinos?", gritó mientras los conserjes del hotel la saludaban.
Así, con Paulo subimos al auto y antes de pasar por la casa de Marga, paramos un rato en lo del abogado Diez, donde Villegas y Di Tullio se bajaron. "Es así, vivimos hablando con abogados...", soltó antes de bajarse. Paulo, temeroso, me dijo que no quería hablar dentro del auto, "porque por ahí nos están grabando".
Pero Paulo era muy chico, como dije. A la media hora, la pareja regresó al auto. "Vamos a casa, quiero que la conozcan", dijo la rubia desde el lado del acompañante.
Di Tullio vivía en una casa propia de dos pisos en la zona del Puerto. Ya durante el viaje nos había dicho que tanto ella como Villegas regenteaban tres clubes nocturnos de la zona y tenían a varias "chicas" trabajando para ellos.
En la parte de arriba de la morada vivían las prostitutas que recién llegaban a Mar del Plata para incorporarse al team de Di Tullio. Eran todas de afuera, "casi no trabajo con chicas de Mar del Plata y tengo un excelente concepto de las mendocinas: no se quejan y son bastante trabajadoras". Marga les daba casa y comida durante los primeros meses, "hasta que ellas comiencen a ganar su dinero y alquilen por su cuenta".
En la casa también estaba Lorenzo, "este loro hijo de puta que lo único que sabe es cantar la marcha peronista", según explicaba Marga. En efecto, a cada rato, el pájaro entonaba la marchita, pero llegaba sólo hasta "todos unidos triunfaremos?". No faltaba nada en esa vivienda.
Cena
A las 22 nos invitaron a cenar a la Taberna Baska, ubicada en la calle 12 de Octubre al 3300, un sitio histórico y bastante caro donde Marga también era tratada como una reina. Al final de la comida, en la que la pareja sólo bebió champán, un sacerdote se acercó a nuestra mesa y le contó a Di Tullio que había seguido con atención el caso (Cabezas) y que había rezado para que quedara en libertad.
"Déje que le regale esto", soltó el sacerdote: era su propio rosario, y lo colocó en el cuello escotadísimo y aleopardado de Marga. Una vez que el cura se fue de la Taberna, Pepita se sacó el rosario de su cuello y lo dejó en la mesa: "Todo bien, pero esto no me gusta".
Un poco más tarde, Paulo, Villegas, Marga y yo, dejamos el restaurante donde habíamos comido un pescado delicioso llamado chernia, y salimos para revisar los cabarets que la pareja tenía a cargo.
Cabarets
Marga y Villegas regenteaban tres night clubs en los que atendían las demandas sexuales de las tres clases sociales. Naisis, Ruca y Flash eran para ricos, para la clase media y para pobres, respectivamente. El Naisis recreaba la arquitectura de un barco y allí estaban las prostitutas más apetecibles (recuerdo a una de nombre Leticia cuyo cuerpo se parecía al de una nadadora rusa).
En ese sitio los clientes debían ingresar con bastante dinero; por eso, jueces, políticos, empresarios, deportistas consagrados y marineros europeos o japoneses, constituían buena parte de los habitués. Empleados de comercio y medianos cuentapropistas iban al Ruca, mientras que Flash estaba destinado a la clase trabajadora.
Las chicas, por su parte, caían en cada local de acuerdo con sus aspectos: a más kilos y a menos dientes bajaban del Naisis al Ruca y de allí al Flash. Las que no tenían cabida en los locales, debían hacer la ruta. En total, al menos para esa época, Marga tenía a unas cien mujeres a su cargo.
En la barra de Naisis -luego de varias copas de champán- Villegas me contó cómo a principios de los '90, sus amigos delincuentes desvalijaban casas que los turistas alquilaban en temporada alta en Mar del Plata. No era tan complejo:
"Primero se elige una casa grande y amoblada que ha sido alquilada a una familia. Te quedás cerca hasta que, por lo general después de almuerzo, la familia sale en auto a la playa. La seguís en tu auto. Una regla de oro de los veraneantes es no bajar las llaves de casa del auto para que no se pierdan en la arena. Cuando el auto queda solo en el estacionamiento, uno de los especialistas de la banda, abre la puerta, se lleva la llave a una cerrajería para hacer copias. Luego vuelve al auto y deja las llaves originales donde las encontró. Entonces vas a la casa de la familia, entrás por la puerta con las llaves y listo".
A las tres de la mañana y después de corroborar que en los tres locales estaba todo en orden, fuimos invitados a ir a bailar. Para entonces un travesti de casi dos metros se había incorporado al grupo y se sentó al lado de Paulo.
Por aquellos días, el gobernador de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, había prohibido que las discos de su territorio abrieran más allá de las tres de la mañana. Se lo hice saber a Marga y me contestó con una carcajada desmesurada antes de decirme: "Qué boludo".
A más de 120 kilómetros por hora surcábamos las avenidas humedecidas por una lluvia fina pero persistente en medio de la noche marplatense; éramos una verdadera pandilla. Los policías conocían el auto de "Pepita" y no sólo no la paraban, sino que la saludaban. A las tres llegamos a una galería del centro de Mar del Plata y se dio una situación curiosa: la zona estaba llena de autos pero no se escuchaba ruido alguno.
A poco de andar ya en el centro de la galería, Paulo y yo podíamos sentir el latir de la música bajo nuestros pies. Villegas llegó hasta una puerta ubicada al ras del piso y golpeó en clave: alguien de abajo abrió y así ingresamos a una disco clandestina gigante. Marga y su cabellera de leona, como siempre, comandaba la pandilla y todos los mozos la saludaban a su paso.
Uno de los encargados se dio cuenta de que no había mesas para nosotros y literalmente sacó a un grupo de gente de una de ellas para que nosotros nos acomodáramos. "Nadie me discute a mí", soltó Di Tullio mientras se sentaba en la silla. En ese sitio me contó algo de su vida pero el relato era interrumpido por sus continuas idas a algún lugar donde consumía algunas drogas. Luego regresaba más excitada y con más ganas de hablar.
Hacia agosto de 1985 una noticia policial conmocionaba al país. Una mujer de Mar del Plata había matado a tres hombres disparándoles nueve balazos, su nombre: Margarita Di Tullio
''¿Cómo me voy a olvidar de aquella vez? Eran tres hijos puta. Si vez vuelvo a estar en la misma situación, no dudaría en hacerlo de nuevo. Ocurrió así: alrededor de las 8 aparecieron tres tipos por mi casa con intenciones de robar. Yo vivía con mi ex marido (actualmente fallecido) y mis cuatro hijos, que en ese momento eran chicos. Los sujetos estaban armados y agarraron a mi esposo para preguntarle dónde estaba la plata. Cuando él los llevó hasta el lugar, me dijo al oído agarrá la máquina' ('la máquina es el revólver', aclara). Los sujetos regresaron. Ya está, les dije, llévense la plata y listo. Me dijeron que no sólo se iban a llevar la plata sino que tenían ganas de violar a mis niños y de paso a mí. Cuando vi que las amenazas venían en serio, saqué el arma de debajo de las sábanas y les disparé sin asco. Los tres quedaron tendidos en mi habitación, y yo creía que ya estaban muertos, pero uno de ellos aún herido- se levantó con el arma en mano y me colocó el caño entre los ojos. Estaba tiritando y alcanzó a decir: 'Me pusiste...'. Yo le agarré la mano que sostenía el arma, saqué el caño que apuntaba a mi frente y se lo coloqué en la suya. ¿Así que te puse? Ahora te mato. Entonces disparé y terminé con el último de ellos''.
Lo que Di Tullio no me dijo en ese momento era que los tres hombres muertos habían sido sus socios. Por fortuna para ella, finalmente recibió una condena menor y prácticamente no estuvo presa por ese hecho.
A las seis de la mañana abandonamos la discoteca, donde perdimos al travesti de dos metros, un poco cansado de los desaires del fotógrafo. Y llegamos a otro sitio tan clandestino como la discoteca: una suerte de tanguería a la que, para entrar, había que golpear una persiana metálica. El lugar estaba lleno de gente de más de sesenta años que, entre las mesas con manteles floreados, bailaba lo que interpretaban los músicos en vivo.
Los Pepitos, por enésima vez, pidieron champán y bailaron, no muy bien, algunos temas. Y aunque el sol ya comenzaba a asomar, en ese lugar la noche parecía eterna. A las 8 de la mañana, Marga y Pedro Villegas nos dejaron en el hotel: esa era la hora en que ellos habitualmente se iban a dormir.
Al día siguiente nos invitaron al cumpleaños de 18 de uno de los hijos de Di Tullio. En aquella parrillada era Pepita quien ocupaba el lugar central de la mesa; a su lado, en segundo plano, su hijo homenajeado. Más atrás estaba el loro Lorenzo, que por más que le pidieron que cantara la marcha peronista, se negó; por eso recibió un abucheo generalizado.
La despedida
La mañana que regresábamos de Mar del Plata a Buenos Aires, Pedro Villegas nos llevó hasta el aeropuerto en su auto.
En la despedida nos dijo que él no le negaba una nota a nadie pero que primero miraba las caras de los periodistas; "si no me caían bien, les daba una nota corta y chau". Con nosotros, Los Pepitos habían sentido empatía.
Después, en cada oportunidad en que venían a Mendoza, nos iban a ver a Paulo y a mí; pero cada vez lo hicieron menos seguido.
Lo último que supimos de Marga era que se había peleado mal con Villegas (lo acusaba de haberla estafado) y que el mendocino se había ido a vivir a España. Después perdimos todo contacto. Y el miércoles pasado nos enteramos de que ella había muerto.
Fue a las dos de la mañana en un local de calle Azcuénaga, en Guaymallén.
Dos mujeres presentes en el diario de hoy, cada una con su crónica: Mercedes Sosa y Pepita la pistolera. Cada una representando un eje de la vida social de los argentinos. Una, militando el arte, la belleza comprometida y la justicia. La otra, militando la corruptela total. Las dos han muerto y me generan mucha tristeza: una por ser luminosa y porque se fue, y la otra porque estuvo. Pero qué gran pena que hoy hayan compartido el diario, y de esta forma.
Bueno, a mí me gustó la nota: estos jóvenes, periodista y fotógrafo, corrieron sus riesgos. Por lo visto las cosas no han cambiado: si hay dinero se te abren todas las puertas y gozás del respeto, hasta de la policía. Para cuándo la condena social? Y la justicia, flojita flojita.
Nota innecesaria. Por que no le dedican el espacio a personas y hechos constructivos?. La verdad me importa un rabanito la historia de esta delincuente (no lei la nota completa). Quisiera historias de vida de seres que todos los días se rompen el lomo aportando al pais con su trabajo. Parece que ser delincuente es un requisito para tener prensa. Ya bastante tenemos con los programas de tv que muestran las miserias de los delincuentes como si nos contaran sobre un benefector de la humanidad.
Acá tenemos otro claro reflejo de lo que discuto incansablemente todos los dias -Los Valores Sociales,Éticos y Morales - Redondeamos hacia abajo con la in cultura relatando la historia de una delincuente en lugar de algún suceso, que levante la ética y los valores morales de los lectores...Muy mal Los Andes !
me parece horrible q le den tanta prensa a esta mujer,q tenia un negocio de prostitucion droga.q fue una asesina.q es lo q hizo de bueno.ser una mafiosa.por Dios estamos todos locos.hacerle una nota a una mujer por sus crimenes.horrible.asi estamos.los delincuentes con progarmas saliendo en tele.esta mujer con una hoja entera del diario donde cta sus hazañas.por favor
Linda gente............beutifull people.!!!!
señor moderador de los andes online. le sugiero que sean abiertos los foros en todas las notas diario. es una buena forma de ser democraticos. no puede ser que los lectores/foristas solamente podamos opinar según sea su criterio de abrir o no los foros. en este sentido las demas publicaciones on line les llevan mucha ventaja y por ello atraen mayor cantidad de lectores. de paso el gobernador se ahorraría dinero del estado leyendo nuestras opiniones sin necesidad de contratar a nadie
Que el gobierno no les deja poner noticias sobre robos asesinatos y demas que ocupan el espacio de policiales haciendo apologia a delincuentes....Estamos todos locos
Crónica que quiere ser pintoresca, en la que a dos DELINCUENTES COMUNES, que le hacen al regenteo de la prostitución, robo, homicidio, contubernio con la policía, etc. etc. etc. nos los quieren hacer pasar por curiosos personajes freak... ?? Patético.
???????????????????????????????????????interesante historia