Desde que Río de Janeiro alcanzó la recta final para ser sede olímpica, Lula puso todo el peso de su liderazgo y popularidad para concretar una de sus grandes ambiciones antes de dejar la presidencia de Brasil en 2010: que los Juegos Olímpicos de 2016 se realicen en este país.
Lejos de formar parte de una obsesión circunstancial, la ambición de Lula de colocar el nombre "Brasil" en el mundo y extender su liderazgo en todos los campos posibles se constituyó en un objetivo incesante de la política exterior brasileña de los últimos gobiernos.
En este sentido, Lula entendió perfectamente que una de las maneras de posicionar a su país en el centro del mundo y de ejercer el liderazgo que Brasil viene desplegando en los últimos años también se logra a través del deporte, motivando el inicio de su cruzada para constituirse en sede del mundial de fútbol en 2014, algo que consiguió y significó un logro inmediato de la política exterior y de su gobierno.
La elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos en 2016 desató una alegría interminable. Aumentó la popularidad del presidente.
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