Sindicalismo y ética

El dirigente de los camioneros y titular de la CGT, Hugo Moyano, ha anticipado su intención de ingresar al negocio de las aseguradoras de riesgos del trabajo. Suma con esa decisión a otras actividades empresarias, como una compañía de seguros y otra ligada al ingreso de camiones de carga al puerto de Buenos Aires, con lo que cumple un doble papel de dirigente sindical y empresario. Una verdadera falta de ética.

lunes, 26 de octubre de 2009

La intención del dirigente de camioneros y titular de la CGT nacional, Hugo Moyano, de incursionar en el negocio de las Aseguradoras de Riesgos del Trabajo, no sólo roza el aspecto ético sino que pone un nuevo manto de dudas sobre la verdadera función que corresponde al sindicalismo en el país. Porque el gremialista no sólo está al frente de uno de los sindicatos más fuertes -de hecho lo es en lo que a poder de presión se refiere- sino que sus hijos también lideran otras organizaciones sindicales, mientras los miembros de la familia forman parte de empresas vinculadas a la actividad del transporte.

La actividad sindical tuvo un fuerte desarrollo en la Argentina, a partir de la primera presidencia de Juan Perón. Fue él quien fortaleció el poder del movimiento obrero, al declararlo la columna vertebral del movimiento nacional justicialista, pero también fue Perón el que, desde Madrid, impulsó pautas a los efectos de limitar su accionar, como fue la decisión de establecer que fueran las 62 Organizaciones las encargadas de incursionar en el plano político, dejando a la CGT exclusivamente para la defensa de los trabajadores.

Los sindicalistas tuvieron un importante papel en el retorno de Perón al país y fue también el gremialismo quien se atribuyó parte del retorno de la democracia en 1983. Sufrió un golpe duro con el triunfo de Alfonsín (sólo cabe recordar la denuncia de un pacto militar-sindical) y la anuencia con que el movimiento obrero actuó durante la gestión de Carlos Menem fue un golpe casi mortal para los dirigentes.
 
Sin embargo, Néstor Kirchner basó parte de su gestión en el apoyo que obtuvo de un sector del sindicalismo, el que lidera Hugo Moyano y el dirigente de los camioneros pasó de ser un sindicalista contestatario a uno que sostiene a rajatablas al gobierno kirchnerista (tanto de Néstor como de Cristina). Por supuesto que gran parte de su apoyo tiene un costo y los hechos demuestran que el crecimiento -gremial y económico- del camionero ha sido exponencial.

Comenzó fortaleciendo a su gremio, sumando afiliados que correspondían a otros sindicatos a través del encuadramiento sindical e impulsó a uno de sus hijos a crear un gremio paralelo entre los trabajadores de las cabinas de peajes. Otro de sus hijos se hizo cargo de la conducción de los camioneros cuando él pasó a la titularidad de la CGT.

Amplió luego su accionar, más allá de la “defensa” de los trabajadores, al adquirir, en nombre de la federación de camioneros, una compañía de seguros en cuyo directorio figuran tres de sus siete hijos y opera en los rubros de automotores, con lo que cabría preguntarse qué propietario de camiones se animaría a contratar a otra compañía para asegurar sus unidades.

Por otra parte, el jefe de la CGT aparece vinculado con otras empresas y una de ellas es una recolectora de residuos que opera en varios municipios del conurbano de la provincia de Buenos Aires, lo que convierte a Moyano en empresario y a la vez defensor de los trabajadores. Aparece otra empresa, también ligada a Moyano, dedicada al control y fiscalización de camiones de carga en su ingreso al puerto de Buenos Aires.

El de Moyano no es el único caso en que un gremialista incursiona en actividades empresarias o que utilizan su posicionamiento gremial para avanzar en política, en muchos de los casos anteponiendo sus intereses personales a los de sus representados.

Sin embargo, lo que ocurre con el camionero es grave porque su situación no sólo roza lo ético sino que queda en evidencia que utiliza su condición de sindicalista para sus negocios y el de sus familiares. Es la muestra más abierta de la degradación en que ha caído gran parte de la dirigencia -en la que también habría que incluir a la política- y que si bien es rechazada abiertamente por la ciudadanía, logran mantener sus posicionamientos merced a acciones que coartan la renovación dirigencial, ya sea por acción o por omisión de parte de quienes tienen la función de controlar la verdadera democracia sindical y política que debería regir en el país.

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