Colombia: paraíso perdido en el mar Caribe

Taganga es un poblado pequeño con playas que ejercen su magnetismo a toda hora. Durante el día, sol y chapuzones en el mar. Por la noche, fogones y descanso en una hamaca.

domingo, 25 de octubre de 2009
Colombia: paraíso perdido en el mar Caribe

Playas al estilo Caribe con fogones y hamacas para pasar la noche, son atractivos de Taganga, un pueblo de pescadores.

Natalia Álvarez - Especial para Turismo

Taganga es un pueblo de pescadores al norte de Santa Marta rodeado de playas y montañas, ubicado sobre el Mar Caribe, al nororiente de Colombia. Representa un verdadero espectáculo para la vista, pues las montañas parecen meterse en el mar, a partir de la ensenada.

Todo, sobre una bahía que se abre entre cerros con grandes contrastes de vegetación y cabañas. Sin duda, es un espacio propicio para los amantes de la tranquilidad, con una playa espectacular de tonos verdes y azules. Es un espacio donde el tiempo se aquieta y diera la impresión que los días nunca transcurren.

El acceso a Taganga es posible por carretera, desde el centro de la ciudad de Santa Marta. Existen minibuses que frecuentemente van desde la Carrera 5, desde la urbe a la playa. El pueblo, a pesar de estar cerca de este punto urbano, conserva la magia de lo rústico, de lo autóctono y está lleno de sabores y olores que colman los sentidos. La temperatura promedio es de 28 grados centígrados; durante la noche se extiende una brisa fresca.

Con lo dicho anteriormente se puede pensar que el conglomerado no está muy bien equipado para recibir turistas. Nada más alejado de la realidad, Taganga cuenta con todos los servicios básicos, incluido Internet. Por sus tarifas económicas y su estilo relajado, el pernocte ofrece originales opciones.

Un día en la playa

Un día en Taganga se inicia con un recorrido por la montaña, bordeando la bahía, hasta llegar a Playa Grande, fantástica por su arena blanca y sus aguas cristalinas. Durante la caminata se observa el paisaje y una perfecta armonía entre vegetación y un inmenso cielo azul.

Ya en Playa Grande no se puede dejar de degustar la comida típica, preparada por los nativos, que incluye pescado frito, patacones (plátanos fritos muy crocantes) arroz con coco y una cerveza bien helada. Todo este menú por la módica suma de cuatro dólares. Además, el lugar ofrece otras propuestas gastronómicas como saborear una deliciosa "carbonara" o tapas en el restaurante "Pachamama" de dueños franceses.

Luego de un nutritivo almuerzo, se puede retornar al pueblo donde sería un pecado no tomar un buen café o saborear un refrescante jugo de frutas en una pequeña tienda, muy conocida, denominada "Los baguettes de María". También, la casa incluye en su carta deliciosos sandwiches por cuatro dólares.

Otra opción interesante para consumar el día es participar de una salida de pesca junto a los pescadores. A las 6 de la mañana los trabajadores salen acompañados de sus redes en sus barcos, a la tarea.
 
Al atardecer, puede ser testigos de cómo los marineros llegan con sus mercancías. Resulta ser un atractivo más para los turistas participar de una faena de pesca, ya sea con chinchorro o con anzuelo; así estarán en contacto cercano con varios tipos de peces y crustáceos. Para el visitante es una experiencia inolvidable.

Ya en el ocaso, la bahía se completa de otros colores y el pueblo se colma de gaviotas. Ante nuestros ojos se recrea una fotografía típica: los pequeños barcos y la figura de estos pájaros que se posan en los navíos contrastando con el sol anaranjado y los pescados multicolores que transportan los hombres del mar.

Opciones de alojamiento

Las opciones de alojamiento oscilan entre U$S 5 y 20 en cualquiera de los coloridos hostales; todos son funcionales, limpios y muy cómodos. Pero es factible y totalmente recomendable dormir en una hamaca en la playa u hospedarse en carpa en la reserva natural Parque Tayrona. También, si se prefiere, es posible pasar la noche en la casa de algún nativo, lo que abarata considerablemente los costos.

Despedir al sol Después del crepúsculo la sugerencia es unirse a las fogatas que se encienden en la playa. El mar y su costa parecen fusionarse sin miedo y las olas regalan la espuma que se desecha en las rocas. Allí llegan turistas (especialmente jóvenes en busca de nuevas experiencias) a compartir anécdotas de sus viajes hasta la madrugada. Una noche de las muchas que compartimos en la playa.
 
Recuerdo que costeando el mar y con paso de paria apareció el mismo hombre que veíamos saludar y entrometerse a hablar con los turistas en las horas de la tarde, mientras tomábamos sol y comíamos unas maracujás (la fruta de la pasión). Era Alberto, escuálido y brillante en sus alocuciones, el mismo que cargaba a cuestas todas la historias de la bahía, con una radio en sus hombros que, si bien no sintonizaba alguna frecuencia, era su acompañante. Él traía un cálido saludo a los presentes.

Al rato lo alcanzó su amigo Carlos, también tagangano, con su guitarra despedazada; y así, se dispusieron a tocar una bachata para nosotros, luego, un bolero romántico, dulce y sensato. Nos brillaban los ojos, nos sobraban los agradecimientos. A mi lado Lily, una inglesa extrovertida que intentaba hablarnos en un castellano mal conjugado; del otro, Hugo, un francés que bebía ron a temperatura ambiente, del que todos probamos.

El calor brotaba, pero era totalmente tolerable dada la magnitud del espectáculo: naturaleza, olor a océano, color a melodías sabrosas. En definitiva, no importa si viaja solo. En Taganga siempre tendrá con quién compartir.

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