Debieron pasar muchos, pero muchos años para que las noticias policiales tuvieran su propio espacio en los medios gráficos. Las primeras crónicas o relatos relacionadas con el accionar de ladrones, asaltantes, violadores u homicidas tenían un espacio reducido. Era, al decir de muchos, un subgénero dentro del periodismo escrito, casi emparentado con la promiscuidad, pero mucho más con la pobreza.
Así, las páginas policiales, sin una identificación propia, fueron tomando frases que se reiteraron entonces: se desató un "incendio dantesco o voraz; pudo ser una verdadera tragedia", como prólogo de algún accidente en las rutas o "cinematográfica persecución" (entre delincuentes y policías). Sin embargo, con los años esos términos fueron pasando de moda.
Hoy la terminología cambió. Ya no sorprenden ni a quien escribe ni a los lectores palabras como: secuestro-express, motochorro, salideras bancarias o delito de cuello blanco (del inglés white collar crime) y que ha sido, en muchos casos pero sólo para algunos, la puerta de ingreso a la literatura nacional.
En este repaso de 126 años, algunos de los casos más relevantes ocuparon, de acuerdo a la época, un apretado lugar reducido en columnas, mientras que otros más cercanos a nuestros días llegaron a las tapa con destacados titulares y fotografías, ocupando páginas completas.
Allá por 1916
Tuvo su espacio y por sus características se convirtió en un caso enigmático para la época. Los responsables fueron José y Marcos Leonelli; dos nombres y un mismo apellido para una serie de asesinatos descubiertos un 20 de diciembre. El cuerpo de Tufik Ladekani estaba enterrado en un sótano y fue el primero de una serie a la que le siguieron Julián Azcona, que se encontraba enterrado en una caballeriza y Juan Dávila, que apareció después de desagotar un pozo séptico. Hubo más muertes, pero no se pudo identificar a los asesinos, aunque todas las sospechas señalaban a los hermanos.
La década del '60
El fiscal Roberto Lavado cerró su intervención en el segundo juicio por el Crimen de Villa Seca con esta frase: "Este caso va a figurar en la antología de los casos penales célebres y es lo que nos tiene que volver cautos y hacer que la causa sea perfectamente fallada". Mas el triple crimen quedó impune.
Fue descubierto el jueves 28 de setiembre de 1961, cuando aparecieron los cuerpos de Antonio Alonso (36), su reciente esposa Julia Bilmore (30) y un empleado de nacionalidad boliviana, Carmelo Quispe (25). El caso obligó a realizar dos juicios. Uno en noviembre de 1963 y el segundo tres años después. En Tunuyán y todo el Valle de Uco se habló de robo y también de droga, hubo algunos detenidos pero ningún culpable.
Esa misma década hubo otro caso: Avelino Maure fue maestro y profesor de miles de mendocinos. Era un hombre respetado y muy querido, por eso sorprendió que una noche cuando transitaba por la calle Las Cañas recibiera más de 20 puñaladas y un tremendo golpe en la cabeza que terminaron con su vida.
Fue el 16 de setiembre de 1969. Cuatro horas más tarde la Policía acusó del crimen del profesor a su esposa, Susana Arbues y al amante de ésta, Rodolfo Giménez Jáuregui. Ambos terminaron en la cárcel, después de un juicio que empezó el 9 de agosto de 1971 y que, como pocos, acaparó la atención popular que se agolpó en las escalinatas del Poder Judicial, después de desbordar la sala de audiencias y los pasillos de la Tercera Cámara del Crimen.
Infanticidios
En 1994, un 22 de agosto, ocurrió uno de los crímenes múltiples más aberrantes, que conmocionó a todo el país y que tuvo como escenario una humilde vivienda de Tres Porteñas. Ese día, Julio César Giménez degolló a sus cuatro hijos: Marina (7), Ana (6), Carlos (5) y Juan Exequiel (2).
Un par de años más tarde (10 de junio de 1996), Ayrton Brian Godoy, de 3 años apareció enterrado en un descampado de Guaymallén. Hasta esa hora, la imagen de Yoryi, como era conocido, había empapelado la zona del Unimev, de donde se dijo había sido secuestrado. Murió como consecuencia de los golpes dados por el padre, que junto a la madre, terminaron en la cárcel.
Corría el año '99, cuando la pequeña Rosario Belén Amitrano, de un año y 6 meses, murió en un hospital como consecuencia de los malos tratos provocados por su padre, Alejandro Amitrano, quien desde ese momento se encuentra prófugo de la Justicia.
El 5 de marzo de 2003, una madre de 17 años apuñaló a su bebé de 5 meses porque lloraba, según declaró en el juicio que la condenó a perpetuidad.
Mucho más cerca en el calendario y con un juicio reciente contra algunos de los responsables, está el caso de Micaela Reina, de 12 años, que fue encontrada asesinada en el interior de una pileta de una bodega abandonada de Guaymallén. Fue el 17 de mayo de 2007.
Entre muchos, un caso
Era un alumno más entre un contingente que desde Moreno (en la Provincia de Buenos Aires) había llegado al sur mendocino convocado por las bellezas de El Nihuil y Valle Grande, en un viaje de egresados. Se llamaba Sebastián Bordón y estaba a punto de cumplir 19 años. Desapareció unos días antes y después de una búsqueda sorprendente fue encontrado muerto en el fondo de un barranco del Cañón del Atuel.
Ahí se comprobó que había sido brutalmente golpeado, lo que después quedó demostrado en el juicio que se hizo en el año 2000.
Precisamente en esas audiencias -que duraron meses- quedó demostrado que varios efectivos de la fuerza de seguridad provincial proporcionaron información falsa para desviar la investigación, mientras el cuerpo sin vida del joven fue colocado en el fondo de un barranco para simular un accidente, una trama que quedó vacía de sustento a la hora del juicio.
Por el homicidio, fueron procesados 5 policías y un civil y posteriormente condenados, en un fallo que muchos califican de brillante, y que fue conocido el 14 de diciembre de 2000.
El presente
Con palabras tomadas de la jerga policial, el lunfardo que se habla en las cárceles y los términos jurídicos de profesionales y magistrados, la crónica policial se ha ido ampliando con el tiempo y Los Andes ha sido un fiel testigo de ese cambio.
Nuestro diario nació ligado a la noción de política, pero aquella enfocada al bienestar de la sociedad.
La tecnología fue acompañando la tarea del periodista a lo largo de los años, como una herramienta que lo ayudó a mejorar su trabajo. Pero la esencia, la pasión y nuestra misión siguen siendo las mismas. Una narración de cómo se vivieron los cambios en la redacción y cómo se trabajó en momentos de grandes sucesos para la provincia y el mundo.