Los 50 años de la revolución en Cuba

El 50 aniversario de la revolución cubana obliga a señalar las precarias condiciones sociales y económicas en que viven los habitantes de la isla, con la agravante de que no pueden ejercer el elemental principio de libertad. Los países deben insistir para que ese pueblo pueda ejercer con plenitud sus derechos civiles.

domingo, 11 de enero de 2009

El 1° de enero de 1959 el dictador Fulgencio Batista era expulsado del poder en Cuba por una fuerza guerrillera comandada por el abogado Fidel Alejandro Castro Ruz. Cincuenta años pasaron desde aquella revolución que prometía un hombre nuevo.

Los demócratas y liberales del mundo entero que entonces celebraron la victoria de Castro, ilusionados con la llegada de la democracia y la libertad a esa gran nación latinoamericana, nunca imaginaron que llegaba para quedarse la más larga tiranía personal de todos los tiempos.

Son muchos años y muchas cosas sucedieron en el mundo desde entonces. Examinar a fondo esa historia compleja, llena de paradojas y contradicciones en el plano de los derechos del hombre, o en el plano social o económico, o de la política exterior, excede las posibilidades físicas de esta columna editorial. Sin embargo, resulta inevitable hacer algún breve balance de los resultados que hoy muestra esa revolución, que aún hoy grita sus proclamas.

Tras 50 años, gobierna el mismo hombre que, en nombre del cambio, llegó al poder el primer día y que hoy, enfermo, transfiere el gobierno a su hermano.

El Estado cubano mantiene un inmenso aparato represivo, por medio del cual ejerce, a través de la delación, la amenaza, la extorsión y el miedo, la más terrible censura a toda forma de libertad. Los cubanos no pueden entrar, salir ni moverse libremente en su territorio y mucho menos expresar libremente su pensamiento crítico del gobierno sin el riesgo de sufrir la cárcel u otras formas de hostigamiento.

En el plano social, Cuba muestra los más altos índices de alfabetización de América Latina, los niños no pasan hambre en su primera infancia. Pero la extrema pobreza se reparte a lo largo y a lo ancho del territorio nacional y el mercado negro, la mendicidad y la prostitución se extienden en las zonas urbanas.

Ha alcanzado un alto nivel académico en la medicina y la tasa de médicos per cápita es una de las más elevadas del mundo. Sin embargo, la gran mayoría de los hospitales y centros asistenciales carecen de los más elementales recursos y faltan médicos porque son enviados a otras naciones, como Venezuela, cambiando servicios por petróleo.

En el plano económico, se advierten décadas de estancamiento, de ineficacia, de tierras ociosas, de falta de iniciativa productiva. Apenas vive un poco mejor un 15 por ciento de la población relacionada con la actividad turística o que recibe dólares de los emigrados.

La revolución cubana es en definitiva el emblema de un enorme fracaso social y económico, pero es sobre todo un gran fracaso político e institucional, que trasciende incluso lo ideológico.

Porque más allá de los vaivenes políticos a que pudo someterla, según algunos analistas, la arrogancia o la vocación imperial de los Estados Unidos, o el contexto de la Guerra Fría que la comprometió con el régimen comunista y la convirtió en fuente de inspiración para diferentes causas guerrilleras durante varias generaciones, esa revolución fue simplemente un instrumento práctico al servicio de las urgencias y necesidades del poder de un solo hombre: Fidel Castro.

La previsible desaparición física de Castro y las referencias que el nuevo líder norteamericano Barack Obama hizo durante su campaña presidencial criticando la política desarrollada hasta hoy por los Estados Unidos respecto de la Isla, y anticipando su vocación para priorizar el diálogo, son circunstancias que abren crecientes expectativas respecto de lo que pueda suceder en un futuro no muy lejano.

Parece un momento oportuno para que el resto de los países, en especial los de la región, generen con inteligencia y profundo respeto a la dignidad y el sentimiento patrio de los cubanos, las condiciones adecuadas para que esos cambios se produzcan y en un tiempo no muy lejano ese pueblo pueda elegir libremente a quienes los gobiernen y ejercer con plenitud sus derechos civiles.

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