Viernes 25 de mayo de 2012 | 07:23 hs
domingo, 28 de septiembre de 2008
¡Qué peligrosa es la racionalidad económica cuando se la trata de aplicar a lo que es totalmente intangible, incontable en papel moneda! Sí, claro, hablamos de la cultura. Y tan peligrosa es esta lógica de eficiencia en las cuentas públicas que -si quienes la aplican no están atentos- avasalla, arrasa, muele, pulveriza, destroza valores no comprendidos en el escalafón que se rige por el signo pesos. Sí, claro, hablamos del Teatro Mendoza.
El intendente de la Capital, Víctor Fayad, anunció esta semana que venderá algunos inmuebles del municipio para paliar el rojo de sus cuentas. Todo bien, si son inmuebles de los que el Estado puede prescindir.
Todo más que mal, si esos inmuebles son edificios patrimoniales (“edificio patrimonial” quiere decir, entre otras cositas, que: habla de nosotros, cuenta nuestra historia, define la identidad, educa a generaciones futuras respecto de valores y sueños colectivos). El teatro Mendoza es un edificio patrimonial. Y venderlo significa: alienar de esa historia, de esa identidad y de esos valores, a quienes se unen a través del gentilicio: “mendocinos”.
Pero, además-encima-para-colmo-de-males, el Mendoza es un teatro estatal. Esto es: un espacio que nuestra patria preserva (¿preserva?) para que todos (toditos, toditos, nosotros) podamos gozar de aquellas expresiones artísticas y culturales que muchos, si fuese un ámbito privado, no podrían pagar (por las idas y vueltas del mercado o las desiguales posibilidades de consumo; que existen, ¿no?).
Como si fuera poco, el Mendoza es uno de los pocos teatros (tan pocos que alcanzan los dedos de una mano para contarlos) que nos quedan. ¡Y nos dicen que Mendoza es turística, que Mendoza crece! ¿Qué gran ciudad tiene en su interior sólo un par de preciosos teatros? Lo reto a que busquemos ejemplos.
Sigamos, sumemos gravedad: aquél que vaya a comprar esa sala incluso puede darse el lujo de tirarla abajo para hacer... ¡cha chan, cha chan!... ¡una playa de estacionamiento! (a la que no llevarán su autito aquellos a los que el Estado les tiene que garantizar un espacio para encontrarse con su cultura; porque tal vez ni tengan). ¡Ay, ay, ay! ¡Qué peligrosa, qué fatal, qué irracional es la racionalidad económica! ¡Estamos de remate!
El intendente aduce que hay que vender ese teatro (junto a otros inmuebles) porque “no se puede parar el desarrollo de la ciudad”. ¿Desarrollo?, ¿cuál desarrollo? Moler un teatro que nos pertenece, y acuna entre sus muros años y años de nuestra historia, ¿es desarrollo? ¿A dónde nos conducirán las “desarrolladas” calles y autopistas que se construirán con las piedras de nuestro teatro? ¿A la playa de estacionamiento adornada con las molduras de los palcos del Mendoza? Si a eso llamamos desarrollo, ¡bienvenida la barbarie! Por Patricia Slukich