viernes, 26 de septiembre de 2008La percepción indicaba que la conferencia de prensa empezaba a concluir con dos o tres preguntas de rigor, toda una formalidad en el plano protocolar de este tipo de encuentros. Sin embargo, ubicado en el anonimato de una segunda fila, emergió la figura de Víctor Legrotaglie, quien sacudió al auditorio con una frase corta, espontánea y contundente: "Delante del Bambino, me paro". Y se paró, nomás.
Ponerse de pie fue un acto de respeto que activó códigos típicos de quienes han hecho historia en el fútbol argentino en la lírica y bohemia generación del ‘70. La misma que marcó una bisagra con sus camisetas pegadas al cuerpo y sólo adornadas con el escudo del club, los pantaloncitos apretados a los muslos y las medias a rayas horizontales.
Aquella en la cual revolear la camiseta en el festejo de un gol era una ofrenda a la tribuna y no la carrera hacia la lente de un fotógrafo que asegurara la tapa del suplemento deportivo de los lunes.
Se jugaba como se vivía. Con candor, ingenuidad y esperanza; se soñaba. Pelé era llevado en andas por el Azteca, Maradona hacía piruetas a los 8 años en las canchitas de tierra de Villa Fiorito, Nicolino encandilaba con su andar chaplinesco, el hombre llegaba a la Luna, la vieja nos hacía merendar gracias a Piluso, la abuela nos guardaba el abrazo hasta el domingo, la felicidad era conseguir la figurita más difícil del álbum y el viejo contaba hasta el último centavo para que en el Día de los Reyes reposara la Pulpo en nuestros zapatitos.
El Bambino y el Víctor refuerzan una amistad entrañable desde hace casi cuatro décadas. No es necesario que alguien los junte para una foto producida; les sale naturalmente acercarse, abrazarse y rememorar anécdotas. No viven de recuerdos ni idealizan el pasado. Nunca compartieron una misma camiseta. Prefieren seguir haciéndole un guiño cómplice a la vida. Son dos tipos felices que continúan haciendo camino a su andar. Por Fabián Galdi - fgaldi@losandes.com.ar