Nuevas aventuras del ladrón de discos - (Fragmento)

Nuevas aventuras del ladrón de discos - (Fragmento)
Nuevas aventuras del ladrón de discos. Autor:Carlos Sampayo. Editorial: Edhasa

sábado, 20 de septiembre de 2008

Hoy, hoy mismo, escribo de pie, como George Bernard Shaw y como Ernest Hemingway y Phillip Roth, aunque por ninguna de las razones que los animaron.

George porque era socialista y necesitaba caminar por la habitación para que no se le escapara la coherencia de las ideas, ni se mitigara el efecto maléfico de sus observaciones.

Ernest porque tenía hemorroides; él lo ocultaba y se hacía el cazador misterioso y tauromáquico experto, pero lo cierto es que tenía el culo como una rosa encarnada.

Roth, quizá para volar por sobre su vejez llena de deseos que se esfuman. Yo, en medio de las hemorroides y el socialismo, cabalgando sobre otros malestares tanto físicos como morales, escribo como quien toca el saxo alto.

Como Charlie Parker, balanceándome sobre los dos pies.

Como Paul Desmond, pensando en botellas de whisky.

Como Ornette Coleman, intranquilizando a los tontitos.

Pero de mi máquina no salen sonidos, ni malestares, esto es una crónica e intenta ser una confesión. La de la espera de una lluvia de discos que suplieran a los abandonados en aquellas playas donde la masacre preparaba su desatarse.

La de una lluvia que hoy mismo fulmine mi indiferencia al contenido de tantos discos robados, música que ha muerto como todo lo vivo. Muere lo que nos ha dado vida porque poco a poco va muriendo nuestra vida, desaparece nuestro cuerpo antes de corromperse, vuela a unos cielos que contienen discos que serán llovidos sobre otras almas, llovido sobre mojado, más claro, echále agua.

Escribo sentado en sillas que crujen, se abandonan a su suerte, se retuercen y quejan, en reclinatorios, en bares, pizzerías, cervecerías y pubs. En Madrid, Barcelona, otra vez Madrid, Castelldefels, Sitges, Brescia, Milán, Ginebra, Londres, Siena. En Roma, La Floresta y Buenos Aires.

Escribo en itinerarios sin describirlos, los discos son redondos en todas partes, basta con eso.

Escribo en 1976 en un pub de South Kensington y termino borracho antes de ver a Dexter Gordon en Ronnie Scott's.

Escribo en 1978, sentado en el bar del Capolinea, en Milán, donde esa noche toca Chet Baker, también sentado (él en un taburete). Escribo en una terraza frente al lago Lèman, tratando se ser indiferente al quinteto de Junior Cook y Bill Hardman, dentro de unas horas en un café de Carouge.

Escribo en 1979, en un barsucho griego de la Rive Gauche, esperando la fiesta de París que París ya no celebra, esa noche caerá sobre los incautos la música escénica de Sun Ra (con John Gilmore y Marshall Allen)

Escribo en 1980. En el Casino El Retiro de Sitges, en un cuaderno negro, sobre Count Basie viajando en taxi, porque esa tarde Harry Sweets Edison enseñará trompeta en el otro Casino, el Prado, acompañado por un trío local, que se hallará más perdido que turco en la neblina porque, como confesará un integrante, "ellos están en otra cosa, entienden el ritmo de otra manera".

Escribo, esta vez muy sentado a finales de 1974, en la hostería del Partito Comunista Italiano porque dentro de poco se hará presente Archie Shepp (con Charles Grenlee en trombón) y es momento de rabia y habrá que gritar o dejarse gritar por quien en el arte de gritar es un maestro gritón diplomado.

Escribo sentado, me levanto.

En cualquier bar de cualquiera de esas localidades me levanto, paseo y rompo las páginas, destinadas a ser rotas, porque después de cada escritura ilusionada caerán discos del cielo en forma incorpórea de música.

Me levanto y rompo la libreta en pedazos, o la dejo abandonada para solaz de otro esperador de lluvias, o de cualquiera que sepa asumir la culpa de una espera nunca colmada. Por más que llueva, nunca será suficiente, pero mucha lluvia termina por mojar la conciencia, las ilusiones y hacer que se olvide lo perdido. Las palabras dejadas al azar?

Palabras como música.

Escribo que camino, caminando, silbo It Might as Well be Spring por Clifford Brown y siento que es un modo de responderle cartas a aquel que escribe sentado y de pie, cartas que no ha escrito porque sólo escribía que estaba escribiendo y en qué posición se hallaba su cuerpo.

Clifford pone las cosas en su lugar, que es el lugar de lo perdido y recuperado (siempre entra Borges entre letras y palabras, penetra en reparos y argumentos), que significa la fuerza del azar cuando escoge truncar un sueño.

El sueño de Clifford era el de redondear la frase, o quizás el de llegar adonde se dirigía en el momento en que el ánima impura de la crónica (una forma del afamado azar) eligió borrarlo del mapa de Estados Unidos y, en consecuencia, del mapa del jazz. Pum, se acabó: a partir de entonces, y sin quererlo, un símbolo, una referencia, un deseo no consumado.

Clifford construía sus solos en espiral, desde fuera hacia el centro para después volver al espacio abierto; no hay modo más hermoso de perfección; cada frase es risa de alegría, alegría de sentimiento sincero.

Un solo poema por solo.

Un poema en cada solo.

Rompo una nueva libreta en pedazos, esta vez mientras camino, sin alterar el paso, pensando en tantas libretas rotas, esparcidas sobre la vasta superficie de los sueños encadenados, del solo interminable que empieza en West End Blues de Louis Armstrong y se detiene a descansar, digamos, en It Might as Well be Spring de Clifford Brown, para seguir viaje en muchas direcciones, no todas solares pero sí recreativas en el mejor sentido, el de la continuación de un estro colectivo, el de los poetas del jazz.

Carlos Sampayo - Editorial. Edhasa

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