Antonini Wilson.
Es posible que la nueva balacera verbal oficialista contra los Estados Unidos logre mantener cierta adhesión de muchos argentinos que aún creen en el progresismo declamativo y el antiimperialismo trucho del gobierno de Cristina Fernández y de su esposo y predecesor, el ex presidente Néstor Kirchner.
La realidad, como siempre, se presenta a ramalazos. El entrevero requiere, como primera medida, un punteo no exhaustivo:
* Las grabaciones del juicio de Miami, derivado de las andanzas argentinas del valijero venezolano-norteamericano Guido Alejandro Antonini Wilson, en las que se reitera la versión de que los casi 800.000 dólares que hace más de 13 meses Antonini intentó ingresar (sin declarar) a la Argentina no sólo eran para la campaña electoral de la entonces senadora, primera dama y candidata oficial Cristina Fernández, sino que se agrega que la valija era en verdad de Claudio Uberti, hombre de confianza del entonces presidente Kirchner y del ministro de Planificación, Julio De Vido.
Adicionalmente, en una de las grabaciones, un abogado argentino aparece afirmando que el propio Kirchner y su par venezolano, Hugo Chávez, eran los garantes últimos de seguridad y dinero para Antonini, a condición de que éste se callase la boca.
* La situación en Bolivia, donde grupos sociales facho-racistas buscan sacarse de encima, por medios violentos, al gobierno democrático, constitucional y legítimo de Evo Morales.
* Las aventuras de Hugo Chávez, dispuesto a actualizar, con ayuda rusa, capítulos de la Guerra Fría y sacarle lustre a su pretendido rol de héroe latinoamericano que se le planta al imperio yanqui.
* La tempestad financiera global, que la virtual nacionalización del sistema hipotecario norteamericano no logró despejar, y que ya le dio un golpe de gracia al quinquenio de mayor crecimiento de la economía mundial de los últimos 60 años.
* El combo de ese contexto global con el deterioro de las perspectivas fiscales y financieras de la Argentina, expresado en la constante caída de los bonos argentinos y su contracara, el aumento del riesgo-país, cuya mejor traducción es que nadie -ni los propios argentinos- quieren prestarle al Gobierno, y cuya peor lectura es la posibilidad de un nuevo default.
* La perseverancia oficial en la mentira estadística, que no sólo niega el verdadero ritmo de la inflación, sino que llega al extremo de afirmar que escapar de la pobreza y de la indigencia requiere hoy menos dinero que a principios de año.
* El continuo deterioro de la situación fiscal de las provincias, que en 2008 gastarán casi 60% de su ingreso en salarios, apilarán hacia fin de año una deuda consolidada de más de 90.000 millones de pesos y dependen cada vez más de la caja y benevolencia del Gobierno nacional.
* El escenario internacional (básicamente, los cuatro primeros puntos), facilitan la venta de la versión “conspirativa” del oficialismo acerca de lo que se ventila en Miami.
Nada más fácil hoy que apuntar el dedo acusador hacia el gobierno de George W. Bush, exhausto al cabo de ocho años en los que sumergió al mundo en una etapa de guerras y violencia -para dejarlo tan o más inseguro que antes-, aunque quien acuse sea el mismo Gobierno que hace un mes intercambiaba efusividades con Washington y hace menos de dos semanas anunciaba la cancelación en efectivo de la deuda al Club de París.
Mucho más lejos está aquella visita a la Casa Blanca, en la que un sonriente Néstor Kirchner daba palmaditas a la rodilla del presidente imperial y le aseguraba que entre ellos no habría problemas, porque él no era de izquierda ni de derecha, sino peronista.
Por más críticas que los voceros K le hagan al FBI y a la justicia de EEUU, el Gobierno sigue sin explicar por qué Antonini entró y salió tan orondamente de la Argentina, visita incluida a la Casa Rosada, y por qué es tan crucial extraditar al valijero, si a 13 meses de los hechos la causa judicial aún no tiene carátula en firme.
De todos modos, el contexto regional da pábulo a los cuentos antiimperialistas, sean éstos verdaderos o falsos. No es tan difícil creerle al gobierno de Evo Morales cuando explica que expulsó al embajador de EEUU, Phillip Goldberg, por intromisión en asuntos internos y alentar, por acción u omisión, un golpe de Estado y/o un separatismo racista.
El problema es cuando a esa dignidad se montan oportunismos como el de Chávez, que no dudó en importar a Sudamérica una versión aggiornada de la Guerra Fría, en la forma de la nave de guerra nuclear “Pedro el Grande” (nombre imperial si los hay), bombarderos aéreos y una tripulación de al menos mil efectivos rusos, decisión tomada antes de que el impresentable de Bush decidiera, por su parte, revitalizar la “Cuarta Flota” norteamericana para patrullar el Atlántico al sur del Ecuador.
Los Kirchner, aunque de momento les convenga el sombrero antiimperialista, tuvieron al menos el tino de archivar su viaje a Venezuela. Chávez tiene una agenda incompatible con algunas de las denuncias internacionales de los Kirchner, en especial aquella que apuntó a Irán en plena Asamblea General de la ONU.
El presidente venezolano no es precisamente un cultor de la coherencia internacional. Apoya tanto la integridad del Estado boliviano como la invasión rusa de Georgia y el separatismo de Abjasia y Osetia.
En cuanto al panorama financiero internacional, la presidenta Cristina Fernández parece creer que “gozando” de las desventuras ajenas (versión K del schadenfreude, expresión alemana incorporada al léxico global) resolverá las penurias propias.
La parte interna del entrevero de los últimos días se está dilucidando en el Congreso, en las provincias, en las cuentas del Estado, en la inflación de verdad y en la evolución de los salarios y el empleo.
Las irónicas alusiones a los salvatajes bancarios intentados por EEUU para exorcizar la crisis originada en el mercado hipotecario parecen hacerle olvidar a la Presidenta que esa tormenta ya llegó también a la Argentina y es la contracara de excesos que en los últimos 5 o 6 años habían inflado las velas de la economía global. Gracias a esos vientos navegó tan velozmente la nave K.
El momento requiere ingenio político en serio.
No alcanza con jugar a los piratas.
En otro pico de la crisis boliviana, no es aventurado decir que éste es el momento más complicado en mucho tiempo para la relación de Estados Unidos con América del Sur, y viceversa.