Estilo

Alfredo Casero: Subí que te llevo

Llegará a Mendoza el jueves para presentar "Soloist", su última obra. “Ojalá que vengas al show, sentate, acomodate, dejá que te lleve un ratito”, invita Casero. Aquí habla, no del espectáculo, sino de su forma de ver el oficio (por extensión, el mundo). Y confiesa: “Tuve ínfulas y me di cuenta que era una porquería”

domingo, 31 de agosto de 2008

Mete un poco de miedo. Esperamos en vilo su voz del otro lado del teléfono, allá lejos: en Uruguay (ahora mismo está allá presentando “Soloist”, el espectáculo que traerá a Mendoza en pocos días). ¡Vaya a saber con qué nos va a salir Casero!: los antecedentes indican que el tipo es impredecible.

“Es un jodido, nada que ver con lo que se ve en el escenario”, tal las descripciones que circulan sobre él, cuando está “fuera de personaje”. Típico: es el mismo ideario que se tiene sobre otros que, como él, parecen vivir en tren de broma; por poner nombres... ¿Alberti, Capussotto, Posca?

Volvamos al teléfono, discando el número de su celular que contestará desde Uruguay. La hora estaba pactada de antemano con su manager.

“¿Hola, Alfredo?”; ruido, mucho ruido y su voz: “¿Quién habla? -más ruido; le dice a otro, evidentemente- ¡Pará, pará... frená! -vuelve a preguntarnos- ¿Quién es?”. Nosotros: “de Mendoza, por una entrevista con Los Andes”. Contesta: “sí, sí... Aguantame un ratito que estoy con una maniobra”. Ok, probaremos luego.

Cuarenta y cinco minutos después. Discamos de nuevo. Atiende: “Hola, hola...”. Repetimos: “De Mendoza, por la nota”. Tono menos estresado, pero apuradísimo: “Disculpame, de verdad. Pero es que ahora estoy tratando de sacar un barco del agua, ¿me querés llamar más tarde?, que voy a estar ya en mi casa; tranquilo...”. ¿Un barco del agua?, ¡y bueno! Será más tarde.

La tercera es la vencida. Suena el teléfono, la adrenalina se prepara para resistir sus imprevistos embates. “Tenía miedo de hablar con vos porque tenés fama de ser un tipo difícil”, le confesamos después de entender que los rumores son eso: rumores, nada más.

Él contesta, con el mismo tono de alguno de sus personajes-maneras que ya se le conocen en la pantalla: “Eso te pasa por leer porquerías y trascendidos. No tengas prejuicios más... - y sigue diciendo, como cuando se busca darle ánimos a alguien que está abatido-. Tenés una voz de mendocina divina; las mendocinas son buenas y están más buenas. Ojalá que vengas al show. Sentate, acomodate, dejá que te lleve un ratito; una hora y media de tu vida. Relajá ahí y dejame que te dé de comer. Eso es lo que me gustaría decir a todos los mendocinos”.

A saltar, hacia su mundo

Los que piensan que Alfredo Casero es un delirante, no entienden nada. Tampoco es de esos que buscan hilar un chiste tras otro: no busca ser gracioso. Casero “es”, y punto.
 
Con eso le basta, a él y al público que lo sigue y disfruta; porque el humor -según lo concibe- tiene asidero en la construcción única, particularísima e instantánea de su discurso. Eso es lo que destila en esta nota en la que va embragando y desembragando las palabras según su propio ritmo interno. Más allá de preguntas o replanteos.

Pero, ¡ojo!: no es un autista que desoye con quien habla. Es más bien un tipo que, al momento de explicar, se autoentusiasma con las ideas que le van surgiendo. Hay que leer, entonces, sus entrelíneas.

-¿Qué es “Soloist”?

- (piensa) Es... Soy yo. En realidad es el solista que golpea contra la muerte. Es un salto al vacío.

-¿Por qué contra la muerte?

- Porque el espacio vacío es como la muerte, ¿no? Si yo me quedo callado ahí, en el escenario, me tiran con una botella (piensa un poco más porque quiere seguir explicando). Me refiero a la visión griega o cómica, si querés, del hecho de poder estar delante de gente que está curiosa por ver lo que vas a decir, lo que vas a hacer, con qué los vas a hacer reír.

Se ve que se quedó pensando, porque hace una pausa y, en el momento en que estamos por repreguntar, suelta:

- Tantas notas me han hecho, he tenido que hablar tanto de lo que hago, ya está tan pensado... que, cuando salga al escenario, voy a saludar y ¡chau!

-Entonces... ¿no te queda ninguna sorpresa para darle al público?

- Sí, sí. Para mí también es una especie de sorpresa encontrarme con cada público.

- El trabajo actoral que hacés en “Soloist”, ¿está basado en la improvisación?

- No (categórico y escueto).

-¿No? ¿Tenés un texto, entonces?

- No... ¿Sabés una cosa? A ver, una de las cosas que yo noto... -piensa un poquito-. Improvisar significa vivir. Vos ahora estás viva. El 4 de agosto de 2012 no sé si yo voy a vivir. Cada cosa que tenés por delante es un acto de improvisación. Yo no diría que lo que hago es improvisación, sin ánimo de menoscabar la palabra. En la improvisación tiene que haber un montón de parámetros para que vos la puedas hacer, si no sos un tarado (con énfasis) ¡Bien tarado, el que repite constantemente!

Cambia el hilo del discurso-pensamiento y nos lleva hacia otro lugar reflexivo:

-Y aunque no sea improvisación, ¿qué tiene que ver? ¿Por qué quieren saber cómo voy a hacer reír, si lo que tengo que hacer es hacerlos reír?

- Es verdad que, a los efectos del encuentro con el público, da lo mismo si es improvisación o no. Pero, lo pregunto en el sentido del encuentro público. En esa suerte de “efecto sorpresa” que tienen tus espectáculos.

- Para mí la sorpresa es con quién me encuentro y qué parte del espectáculo se me ocurre poner ahí. Yo utilizo cosas de varios shows en un mismo espectáculo -vuelve a cambiar el tono, se resiste un poco-. Pero a mí no me gusta mucho hablar de lo que hago sobre el escenario porque me quita libertad para poder hacerlo como a mí se me antoja. Si improvisación es no estar dentro de un patrón: improviso. Porque, te voy a decir la verdad, a mí me parece un plomo el teatro. Ahí tenés para hacer el titular (se ríe).

- ¿En qué sentido un plomo?

- Porque me emplomo cuando voy a ver teatro -con un tono de fastidio, recordando-. En el momento en que consumí teatro, fueron cosas llenas de política. Yo no quiero que la gente vea eso en mi espectáculo. ¡Ya está eso! El humor, para mí es: “voy a hacer un personaje que es un tipo que hace Nô -se refiere a un tipo de teatro oriental-; y hacer alusión a eso. Si no, ¡soy yo con una gorrita!, a menos que tenga trabajado efectivamente un personaje -tono de que se acuerda de alguien que compuso un personaje, enfático-. El único tipo que me roooompió la cabeza en el teatro es Urdapilleta cuando hizo de Hitler. El resto... Vas a ver a éste, a otro, a otro. La gente no me viene a ver a mí, ¿entendés? Viene a ver esa alusión que hago del tipo que hace teatro Nô.

- ¿Cómo te llevás con el teatro de texto?

- El teatro escrito te llena de condiciones y te lleva hacia un lugar en donde sos únicamente un ejecutante. No me interesa eso. Darío Fo hacía lo que hago. Una vez le preguntaron: ¿improvisa? “Sí -dijo-, pero tengo un bagaje de cosas, que salen de mi cabeza: las puedo plasmar”. Es un “producto de” -se viene un ejemplo complicado-. La gente no hace lombrices californianas para comérselas; sino para que coman basura, caguen, y la mierda de la lombriz californiana se convierta en fertilizante. Lo mismo pasa acá. Esto de la improvisación...

- “Improvisación” es una palabra que puede ser mal usada...

- (corta la frase) Quiero tranquilizarte en el diálogo. No creo que esto sea algo... (vira el rumbo de nuevo). Yo no tengo ínfulas, como uno que no está seguro de sí mismo en esto (se refiere a su oficio). Ya tuve ínfulas y me dí cuenta que era una porquería -con pasión-. ¡Me vi y me dí vergüenza!

-¿En qué momento?

- Ponele en algún momento de la vida. ¿Querés la hora?: fue el 9 de agosto de 1954 (tono de chiste). En Mendoza, todos lo que me hablaron, dijeron lo mismo -pone voz estirada, imitando-: “Casero, ¿en qué porcentaje usted improvisa?” -se ríe-. A un tipo le dije: 37 como 1 por ciento -vuelve a reír-. Esos clubes de improvisación: tema, el zapato. ¡Es un plomo!: no digo que esté bien, o mal, lo que hace uno o el otro. Que te pongas una gorrita y tengas el acuerdo con la gente: “que crea que soy una cosa que yo creo que te estoy haciendo creer a vos” -pasional- ¡No man! Esto, para mí, es como hacer el amor con una mujer. Yo estoy parado ahí, desnudo. Tengo a esa mujer enfrente, desnuda. Y tenés que hacer que ese momento sea tan elevado que ella vuelva a querer amarte. Eso es. Ése es el salto a la muerte.

La gente de Mendoza fue la que más hizo hincapié en eso de improvisar. Debe ser una ciudad que tiene problemas de escapar de un modelo -categórico-. Bueno, lo que hago, es totalmente lo contrario; por eso me tienen que ver.

-Cuando planeás un espectáculo, ¿concebís el concepto completo: música, palabra y cuerpo o hay cruces que vienen después?

- (piensa, se pone muy serio) No: los martes hago todo lo que es cabeza y pies (suelta la carcajada). ¡Yo soy una puta integridad! Mi mensaje es el de hacer. Es lo que me gusta hacer y me duele mucho la destrucción, la porquería y la muerte; pero, como no puedo hacer nada al respecto, me quedo un poco al costado, con lo mío, ¿no?

- Dejemos la improvisación: ¿qué mostrarás en “Soloist”?

- Me encantaría mostrar una gran canción. Pero por ahí no se da y no la canto; o a la gente le gusta otra cosa y entonces hago otra cosa, ¿entendés? Yo hago lo que se me antoja arriba del escenario porque, ¡total! -estalla en carcajadas-, el que se muere soy yo. Patricia Slukich - pslukich@losandes.com.ar

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