Perfil de un adelantado del arte argentino. Pérez Celis rompió prejuicios y se ubicó a la vanguardia.
Pérez Celis, el artista del pueblo no eligió deliberadamente Buenos Aires para morir (falleció ayer a la tarde). Pero la enfermedad lo tomó -literalmente- cuando ya había decidido dejar Miami con su tercera mujer, Tamara, y radicarse definitivamente en la ciudad que lo vio nacer.
"No sé cuál es el detalle que la hace diferente. Pero es distinta de todas. No es una ciudad europea como dicen, porque si estuviera en Europa también sería distinta", decía de Buenos Aires.
En palabras de su hija, la actriz María José Gabin, "él vivió una vida plena, hizo lo que quiso, se empeñó en ser pintor".
Su enfermedad, un síndrome mielo displásico -un cáncer en la médula- se había agravado desde hace un año, explicó Gabin a este diario.
El pintor murió poco antes de las seis de la tarde del sábado en la Clínica Otamendi, donde estaba internado.
Conmovido hasta las lágrimas, Jacques Martínez, su galerista desde el año 1976, sólo atinó a decir que "todos hemos perdido anoche a un gran hombre y a un gran artista, en estas horas no puedo decir nada más".
Su hija también confirmó que Pérez Celis pidió ser cremado y que sus cenizas sean esparcidas en el campo de juego de la Bombonera, donde anoche lo velaban.
Hombre apasionado
Arrancó muy temprano con el pincel. Desde la adolescencia se atrevió a desafiar a su familia obrera, que vivía en el barrio de Liniers, y "que estaba convencida de que la pintura no era un trabajo".
"La primera exposición la hice a los 17 años en una vieja galería que se llamaba La Fantasma, en San Telmo. No sé cómo llegué con las telas y cartones, pero recuerdo que salió la primera nota periodística en el diario Democracia. Ese día me trajeron el desayuno a la cama", recordaba el artista con una sonrisa.
Pérez Celis era en realidad Celis Pérez. Un enroque divertido que eligió para firmar sus producciones y que inevitablemente tenía que explicar a todo periodista joven que lo entrevistaba por primera vez.
Solía decir que ni la mayor imaginación lo habría llevado a pensar que haciendo algo que le gustara tanto como pintar podía haberlo hecho vivir como vivió. "Soy un inconsciente que me dejé llevar", confesó.
Le enorgullecía sentirse un pintor popular. Que lo reconocieran en la calle y hasta disfrutaba de no pertenecer a ninguna elite.
"Yo atiendo tanto a La Nación como a un periódico barrial, porque llegan a lugares y a gente que no puede acercarse a una galería, a un museo, y mucho menos conocer a un artista".
Pérez Celis era un hombre apasionado. Entrar a su taller de Barracas, Buenos Aires - un gigantesco loft en el edificio "Central Park"- era entrar a la dimensión de un torbellino que se fascinaba haciendo fascinar a sus invitados.
Era un obsesivo y disciplinado de su trabajo -pintaba desde muy temprano a la mañana, todos los días-; era un maniático divertido con algunos gustos culinarios -prohibido ponerle crema a una comida "porque no hay ningún animal adulto que tome leche"-, un gran amigo y un hombre encantador, como casi todos los artistas.
En vida no se animó a decir si su arte podría trascender. "¿Quién puede saber eso?", repreguntaba. De lo único que estaba seguro era de que "los cuadros son como los hijos: una vez que nacen tienen vida propia". Por eso no tenía lo que él llamaba el "sentido de la propiedad", porque si a alguien le gusta un cuadro y se lo lleva está bien, porque el cuadro tiene su propio destino", decía.
Télam y CC
También son los más afectados en lo que a infraestructura respecta. Una encuesta marca la involución de regiones populosas en el mapa de los que menos tienen.
El grupo mendocino fue invitado como único representante de Argentina, y ayer ganó el Gran Prix del concurso Bela Bartok.