Viernes 25 de mayo de 2012 | 11:17 hs
Nostalgiosos, de parabienes.¿Fans? No tanto.
domingo, 03 de agosto de 2008
Con un show diseñado más para nostálgicos que para fanáticos, el viernes se presentó el grupo porteño The Beats en el Teatro Plaza de Godoy Cruz.
Arrancaron con “I've got a feeling” -de “Let it be”- y de allí fueron para atrás, disco por disco, hacia los comienzos, sólo que se saltearon el álbum blanco y “Revólver”, nada menos.
Así pasaron “Don't let me down”, “Come together”, “Here comes the sun”, “I am the walrus”, “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”, “Lucy in the sky with diamonds”, “Help”, “I want to hold your hand” y “Love me do”, entre otros clásicos de los más escuchados. Imperdonable que cuando hicieron “A day in the life”, la coda final de Sgt. Pepper, la cortaron al terminar la primera andanada de la orquesta (grabada), justo antes de la parte de Paul.
Las interpretaciones (salvo por ese particular detalle tan FM) buscaron en todo momento la exacta representación de las versiones que aparecen en las placas originales: esto hace que los Beats terminen pareciendo más Beatles que los propios Beatles. De hecho, ya casi doblan en años el tiempo que los originales se mantuvieron juntos como banda.
En cuanto a lo físico, realmente sorprende el parecido de un par de ellos. Entre pasillos se decía que hasta se hicieron cirugías para acentuar las similitudes.
El muchacho que hace de Ringo, por ejemplo, es igualito: si se operó la nariz para parecerla a la del baterista, bueno, eso sería un sacrificio admirable. Lo mismo con el que hace de John, que no sólo se parece físicamente sino que encima tiene prácticamente la misma voz: uno llega a sospechar si la madre no habrá andado por Inglaterra en sus años de juventud.
Entre época y época salían y se cambiaban con ropas y pelucas a tono. En esos intervalos, que fueron como seis o siete, pasaban videos en dos pantallas gigantes. Ahí pudo verse a los Beats recorriendo los lugares de Liverpool adonde se criaron sus héroes, mostrando las casas y contando su infancia.
También pasaron la filmación de cuando grabaron en Abbey Road el año pasado un disco homenaje a “Sgt. Pepper”, en el mismo estudio y con los mismos equipos valvulares que los Beatles utilizaron en el '67.
No faltó, además, lugar para momentos bizarros, por ejemplo esos dibujitos animados en los que unos Beats a la “Yellow Submarine” se encuentran con los verdaderos Beatles y les piden ayuda, pues están perdidos y deben regresar a la “realidad” para tocar en un show en Argentina (antes, por las dudas, había aparecido una placa avisando que lo que venía no era una verdadera escena de la película).
Lo mejor de la música fueron las partes intimistas. En una oscurecieron las luces y “George” se apareció con una sitar (ese maravilloso instrumento hindú) para tocar, acompañado por un teclado tipo mellotron y percusión, “The inner light”, un precioso lado B no muy conocido.
Otro de los picos del show fue cuando “Paul” pasó sólo con su guitarra al frente del escenario para hacer “Yesterday”. Uno ya está como cansado de esa canción -lo mismo con “Imagine” que, claro, la hicieron- pero el muchacho la verdad que se lució, tanto que por lo menos medio teatro lo aplaudió con ganas por la mitad del tema de lo bien que lo hacía.
Antes del final se aparecieron todos de blanco, con trajes de gala como esos que los Beatles usan en Magical Mistery Tour, y anunciaron una parte de baladas. Ahí sí hicieron una del álbum blanco, la gigante “While my guitar gently weeps”, de George.
Cerraron con “Hey Jude” y el público se mostró agradecido, tanto que la mayoría aplaudió de pie un rato largo.
Uno sospechaba que los que no se paraban eran los fanáticos más detallistas, indignados todavía por lo de la canción cortada. Luego volvieron con un bis: “Rock and roll music”, y varios se largaron de sus butacas para cerrar la noche bailando unos buenos pasos de rocanrol.
Bonus. A la salida, los que se mostraban más emocionados eran los más grandes, cuyas conversaciones eran imperdibles. “Esto amerita algo esta noche”, dijo sonriendo un hombre de unos sesenta años. Su mujer, rápida, respondió: “Qué bueno… Algo más para seguir recordando”. Claudio Pombinho