En 1964 me encontré por primera y única vez con Ricardo Molinari. Andaba el poeta, en aquel entonces, por los sesenta y cinco años; yo cursaba los veintiuno. Guardo de ese encuentro un recuerdo intacto. De él forma parte la respuesta que el autor de El desierto viento delante supo darme cuando le pregunté si el viaje que estaba por emprender a su dilecta Península Ibérica respondía a una invitación académica o se trataba de una iniciativa personal. “Vea -me dijo no sin cierta vacilación-, ha llegado la hora, para mí, de empezar a despedirme de las cosas queridas”.
Sigue resultándome palpable el impacto que me produjo aquella reflexión. Yo no había pensado nunca, hasta ese momento, que hay una hora, para cada uno de nosotros, en la que es posible y hasta atinado empezar a decir adiós a todo lo que, con su hermosura, ha dado vida a nuestro deleite.
Pero en el caso de Ricardo Molinari, su pronunciamiento fue el de un hombre que contó con suficiente provisión de días como para presentir cuándo debía preparar su despedida.
No fue éste el caso, profundamente conmovedor, de Randy Pausch, el célebre profesor norteamericano al que un cáncer de páncreas mató recientemente, a los cuarenta y siete años de edad.
Pausch debió apartarse del camino de la vida cuando, para la mayoría, ese camino ofrece todavía mucho para andar.
Lo notable es que, aun así, supo hacerlo con ternura y templanza ejemplares.
Valiéndose de todos los recursos que la tecnología le brindó pero, sobre todo, con una entereza moral sin igual, Pausch hizo llegar al mundo y, antes que a nadie, a sus hijos, un mensaje en el que el amor, el humor y la celebración de la vida como oportunidad de encuentro con sus semejantes pudieron más que la angustia, el dolor y el peso de la absurda e inapelable condena a que se vio sometido.
Si tan hondo calaron en todos la actitud y las palabras de Randy Pausch fue porque vulneraron uno de los posicionamientos más arraigados de la cultura occidental contemporánea: el que desfigura y trivializa ese acontecimiento mayor que es el de la muerte personal.
Como lo ha señalado hace más de tres décadas el historiador Philippe Ariès, la muerte fue ganando, en la segunda mitad del siglo XX, un perfil poco menos que clandestino y vergonzante, en el marco de una civilización triunfalista y omnipotente, persuadida de que nada puede impedirle la subordinación de todo a su voluntad de saber y poder.
Desfigurada por la asepsia hospitalaria, que niega a los enfermos terminales el acceso a la verdad de su experiencia, o maquillada su gravedad mediante la placidez retórica de los cementerios convertidos en jardines, la muerte ha venido perdiendo entre nosotros relieve espiritual.
A tal punto que es frecuente ver que se la despacha como un trastorno que debe ser tramitado expeditivamente, reduciendo el duelo a una operación privada de la que se nos exige, cuando nos toca, que nos repongamos cuanto antes para no perder el tren de la eficiencia en nuestro desempeño cotidiano.
Allí, justamente, en ese escenario donde tanto abundan la simulación y la fuga que buscan ahogar el desasosiego de sabernos mortales, vino a golpear con fuerza reveladora el mensaje de Randy Pausch.
Él restituyó dignidad al significado de la finitud en la que estamos inscriptos, al dolor de lo inevitable al que, lo querramos o no, están expuestas nuestras vidas, y a la misteriosa potencia espiritual que, como en su caso, a veces se revela en el hombre para sostenerlo en la adversidad mediante la gracia, la templanza y la capacidad de amar, hasta el último instante, a aquellos a quienes se dice adiós.
En el día del Padre de la Patria, Abel Posse inicia su colaboración con Los Andes a través de una serie de notas exclusivas que irán apareciendo oportunamente. Hoy es la ocasión para hablar del retorno de San Martín a Mendoza luego de su campaña triunfal. Y de cómo lo recibió la Argentina.
Como siempre, pero hoy más que siempre, seguimos creyéndonos sanmartinianos pero actuando y pensando al revés que el prócer. Y si ni veamos la realidad de los últimos tiempos.