Aniversarios

El ocaso del tigre

En el día del Padre de la Patria, Abel Posse inicia su colaboración con Los Andes a través de una serie de notas exclusivas que irán apareciendo oportunamente. Hoy es la ocasión para hablar del retorno de San Martín a Mendoza luego de su campaña triunfal. Y de cómo lo recibió la Argentina.

domingo, 17 de agosto de 2008

El joven coronel Olazábal, su discípulo y admirador, subió desde Mendoza para esperarlo en su descenso de las altas cumbres. Venía como a contramano de su gesta triunfal, de Perú y Chile hacia su patria, que era una entelequia, una ilusión, seguramente un peligro. Llegaba con un capitán, dos asistentes, su mucamo, los arrieros contratados y algunas mulas con toda su pobreza. Pero también con dos símbolos esenciales para cosmovisión: el estandarte y el tintero de la Inquisición.

Olazábal vio cómo se dibujaba su silueta en la alta neblina: venía envuelto en un poncho chileno y gran sombrero panamá. Venía ladeado sobre los bastos, doblado por dolores estomacales y artríticos que sólo el láudano calmaba.

Olazábal recordaría que lo abrazó llorando y que él lo trató de “hijo”. San Martín se echó a descansar bajo un tinglado de ponchos y le cebaron mates de café. Tenía cuarenta y cinco años, pero una fatiga y una palidez malsana. Sólo se mantenía con la intensidad de siempre aquella mirada brillante que al coronel le pareció un reflejo de luz en un sable quebrado.

Se establecería en Mendoza, en casa de amigos, y después en su chacrita de Los Barriales, donde pensaba producir vino y pagar los años de paz que debía a Remedios de Escalada y a su hija. No las veía desde cuatro años atrás, cuando partió hacia la guerra y el triunfo.

Olazábal tuvo que decirle que ella estaba en Buenos Aires enferma de muerte y que él debía proceder con la cautela de un proscripto. No podía salir de Mendoza porque habían apostado partidas para prenderlo o asesinarlo.

Y así llegó la noticia de la muerte de Remedios y de que de su hija, Merceditas, se harían cargo los parientes de Remedios.

Lo acusan alternativa o simultáneamente de ladrón de fondos públicos, de borracho, de mujeriego, de querer entronizarse rey, de querer restablecer el poder de España.

Las cotorras y cuervos de la política temen el retorno del Príncipe, del águila. Los mediocres se invisten de puntillosos legalistas, los fundadores del caos son formalistas: encuentran que, si bien venció al mayor ejército del Imperio en América y liberó la Argentina, Chile y Perú y transformó la Ciudad de los Reyes en la Lima de la república independiente, “realizó estas operaciones sin la debida obediencia al Gobierno de Buenos Aires, pues actuó sin sus órdenes tanto en 1817 [Chile] como en 1820 [Perú]”.

La argentinita enana muestra sus uñas al tigre. Estanislao López, desde Santa Fe, le advierte que le han preparado un consejo de guerra. No lo tienen por un libertador generoso y genial sino por una especie de montonero alzado en uniforme de gala.

Es el mundo del absurdo: otros equivocados le piden que por favor funde una dictadura. Obviamente se agrava su enfermedad. En su chacra padece crisis que lo ponen al borde de la muerte, sin que se pueda definir la causa orgánica de su mal. (“El infierno son los otros”, escribirá Sartre, San Martín lo vivirá.)

La Argentina enana (de ayer y de hoy) envenena no sólo su grandeza sino también su renunciamiento a las grandezas.

Es “el país malpensado”: todos se desconfían como si siguiesen enfrentados al desierto del desembarco.

Es la Argentina que expulsará hacia el exilio o la muerte a sus grandes.

San Martín por unos ocho años en el país pagará treinta de exilio.

Rosas será condenado a treinta años en la niebla (con ingleses).

Sarmiento será “el loco Sarmiento”, morirá en el Paraguay como huyendo de las burlas.
Alberdi, sin conseguir ser reconocido por el poder (fue el mayor pensador estadista), morirá “en París con aguacero”, en un rincón del hospital de Neuilly.

Artigas pagará su grandeza con décadas en una atroz cárcel del Paraguay.

Y Belgrano.

Y el caballero Laprida (asesinado).

Facundo, Urquiza, Dorrego, Lavalle, todos ejecutados por partidas asesinas o fusilados.

Y Avellaneda, Yrigoyen, Perón, Frondizi, Alem.

O Evita y Guevara.

O Lugones, Horacio Quiroga, Arlt.

El lector puede elegir, pero sólo en la gama de negro. (Y debería ordenarle a su hijo que no se le ocurra ningún sueño de talento, de grandeza o de aventura sublime.)

Es la némesis, el rito de venganza contra el Príncipe que trajo el bien o la gracia, que prevalece en ciertas tribus primarias. En nuestra republiqueta de gozadores carnívoros, sólo los mediocres, los atinados, mueren en la resplandeciente armonía de la clínica.

Kierkegaard afirmó que, de todos los hombres admirables, el más admirable es el que tienta lo imposible.

Pues sólo quien osa apostar a lo imposible puede alcanzar lo absolutamente nuevo, la revelación o la fundación.

San Martín fue uno de esos pocos.

Abel Posse - Novelista y diplomático

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