La realización de las Olimpíadas en Pekín permite conocer las dos caras del gigante asiático. Por un lado, el de la apertura dada por la economía social de mercado, las inversiones, tecnología y alto nivel de organización; por el otro, establecer que se siguen conculcando derechos de los ciudadanos y trabas al acceso a la comunicación.
viernes, 15 de agosto de 2008
Después de depender durante miles de años de su sector agrícola, de constituir un gran imperio burocrático-estatista por siglos y de experimentar luego con el sistema planificado de la revolución comunista de Mao, la economía china produjo una rápida evolución, en la que se abrió a la inversión extranjera.
Con la llegada de Deng Xiaoping, las autoridades se fijaron como objetivo quintuplicar el PBI para el año 2000, mediante una apertura económica al exterior. Con la introducción de la llamada economía social de Mercado, cinco años antes de lo previsto, en 1995 alcanzó los objetivos buscados.
Ese desarrollo de la economía no estuvo exento de un alto costo social y ambiental en el país. La principal estrategia del gobierno, para atraer inversiones extranjeras, fue ofrecer paquetes de incentivos fiscales y un marco regulatorio sumamente laxo en materia de derechos laborales y protección ambiental que, sumado al bajo costo de la mano de obra, han convertido a la nación asiática en el primer destino de la inversión extranjera a nivel mundial.
Pero China, con una población superior a los 1.300 millones de habitantes, no sólo atrae inversiones. El mercado mundial ha puesto su mira en ese gigante asiático y todos quieren venderle a un público ávido de novedades y abierto ahora hacia Occidente.
A modo de ejemplo, se señala en el caso de nuestra principal industria que si se logra que China alcance un consumo de vino per cápita de un litro al año, no existiría vino en existencia en el mundo como para poder hacer frente a esa demanda.
Los números dan la razón: cuando comenzaron las reformas, en 1978, había en China 300 millones de pobres más de los que existen actualmente y ningún millonario. Hoy en día, los millonarios suman cerca de 50 millones de personas, una cifra superior a la de toda la población de la Argentina.
Los organizadores de actividades deportivas, incentivadas por sus sponsors, también pusieron sus ojos en ese mercado. Se organizan torneos internacionales de tenis, carreras de Fórmula 1 y el Comité Olímpico Internacional designó a Pekín como sede de las Olimpíadas.
Precisamente, la realización del máximo evento deportivo del mundo sirvió para conocer las dos caras del gigante asiático. Por un lado, una tecnología y una organización de altísimo nivel, con una villa olímpica y estadios en los que se invirtieron miles de millones de dólares, incluyendo modernas autopistas.
También sirvieron para profundizar el conocimiento de una cultura milenaria, con costumbres ancestrales que se mantienen a pesar de la apertura al modernismo.
Pero, además, sirvió para ratificar las informaciones que hacían alusión al hecho de que se siguen conculcando los derechos de los habitantes.
Muchos activistas quedaron en la mira de las autoridades para silenciar la disidencia antes de los juegos; miles de personas que fueron a Pekín solicitando justicia fueron detenidos como parte de los esfuerzos de “limpieza” antes de las actividades deportivas; las autoridades de Shanghai (una de las sedes) prohibieron a los activistas hablar con extranjeros o irse de la ciudad sin permiso antes de que finalicen las Olimpíadas; las autoridades chinas prohibieron el acceso de los medios de comunicación al Tíbet y a áreas pobladas por tibetanos luego de las protestas realizadas en marzo y también se impidió a los periodistas extranjeros informar sobre “asuntos sensibles”, lo que determinó que el Club de Corresponsales Extranjeros de China documentara 260 incidentes de interrupción de la información en los meses previos al máximo evento.
En un principio, el Comité Olímpico Internacional protestó ante las denuncias, pero luego todo volvió a su inicio y el acceso a Internet, incluyendo los medios de prensa, sigue siendo restringido.
Organismos internacionales, incluyendo el periodismo, han manifestado su preocupación en el sentido de que, finalizadas las Olimpíadas, los habitantes de la China vuelvan a sufrir los manejos dictatoriales de sus autoridades.
Es tiempo de que los países democráticos insistan en que, así como China abrió sus mercados, también ejerza un gobierno democrático, con plenas garantías individuales, libertad política y respeto de las ideas. Y que se reduzca también la presión sobre el Tíbet, lugar donde, actualmente, hay un soldado chino por cada diez tibetanos.