Viernes 25 de mayo de 2012 | 10:02 hs
Conmovida por la despedida al mayor bandoneonista de estas tierras, la escena tanguera de Mendoza revive una historia de orquestas brillantes y de pasión permanente. Crónicas y anécdotas de nuestro 2x4.
domingo, 06 de julio de 2008
Un documental que se construya con emociones y datos, con grabaciones encontradas y testimonios, con canciones inéditas y la voz en off de la nostalgia conectando, desde los años ‘40, el sonido de nuestras Orquestas Típicas. Deberíamos hacer eso, pero es sólo una nota.
Tendríamos que empezar hilvanando algunos nombres - los hermanos Aníbal y Héctor Appiolaza, los Mancifesta, los Manganelli, Francisco Colombo, Rubén Ortega, entre muchos más- para imaginarnos mejor un ambiente: las sombras silenciosas en las sillas, las parejas encadenadas del brazo y el amor al tango, incontenible, sonando en las milongas de los clubes (Andes Talleres, Huracán, Giol o Villa Hipódromo), en los salones y la reuniones sociales (esa típica movida del ‘50), en la boite del Casino provincial (que tuvo su brillo en los ‘60) o en teatros como el Independencia, donde la gente iba a escuchar, no a bailar.
Ésa era la escena de los Appiolaza (y la de su orquesta que traspasó décadas y fronteras), era su elemento: una formación de cuatro a seis bandoneones, violines, viola, violoncello, contrabajo, piano y voz.
¿El repertorio? Tangos clásicos, infaltables, como “La Cumparsita” y temas serios, como “Quejas de bandoneón”. Respetando a rajatabla versiones originales o aventurándose en inquietantes arreglos (como el que Aníbal compuso para el Concierto de Bandoneón del mismísimo Piazzolla).
Se conocían, más allá de la pasión que ambos sentían por ese animal con fuelle: Aníbal solía contar las bromas pesadas de Astor, como esa vez que le ató los cordones a Troilo y el Pichuco se cayó mal....
La orquesta de los Appiolaza tenía composiciones propias, como “Milonga del siglo XX”, “Un tango para la barra” y “Otoñal”.
Hubo voces nobles que pusieron intensidad ahí: Rodolfo Galé, Daniel Quiroga u Osvaldo Jordán.
De hecho, fue Jordán el que, sobre una grabación instrumental que los Appiolaza habían dejado en el ‘82, puso su plus vocal.
Cuentan que, alguna vez, cierta muchacha tucumana audicionó para la orquesta; Aníbal dijo que su timbre no era para el tango y el contacto terminó. Esa voz era Mercedes Sosa.
Un minuto de play al recuerdo: “tengo la imagen de mi abuelo en el centro del escenario -recuerda Martín Appiolaza- inclinadísimo siempre sobre el instrumento, con la boca bien abierta; o en la casa, encima de innumerables partituras que luego llenaban el placard”.
La imagen se vuelve ahora más conmovedora, a pocos días del fallecimiento del hombre- bandoneón.
Primero hay que saber...
Los registros apuntan que el tango empezó a sonar en Mendoza desde principios del siglo XX, 1910. Se sabe, la música venía ya casi incorporada al adn de los inmigrantes y los descendientes, trayendo consigo un avatar de penas urbanas y el sonido marginal -entre festivo y lastimero- que ya habían comprendido en Buenos Aires.
Pero ¿cómo fue aquí el proceso creativo del género? “La escena tanguera mendocina, a partir de los ‘40, supone tradicionalmente dos líneas. Por un lado, estaban los Appiolaza, que irrumpieron con una estructura novedosa, elaborada, casi de élite, algo que los acercaba a Pugliese ( de hecho, fueron catalogados por muchos de “exquisitos”). En la otra vereda, y más emparentada con D’Arienzo, estaba la orquesta de los Mancifesta, era el reino más bailable, más rítmico del tango”. Como una especie de archivo viviente, la voz del cantor y comentarista Jorge De Luca, lo resume así.
Ambos conjuntos tuvieron mucha repercusión en Chile, y de Rosario, los Appiolaza salieron con la Palma de Oro. Es más: su orquesta fue una de las pocas que logró contrato en el exterior.
En plenos ‘50, ambas orillas levantaban aplausos y tenían sus fans, sus groupies de época y sus detractores. Las milongas estallaban sábados y domingos, en los carnavales de los clubes.
“Pero después, vino la época de hielo del tango”- recuerda De Luca- “una depresión del género que provocó muchos males: orquestas desmanteladas o reducidas, locales cerrados, músicos sin trabajo”.
Y sí: empezaba a sentirse el avance del rock’n’roll y una nueva generación cambiaba los esquemas.
¿Qué registro quedó de todo aquel tango? “Las grabaciones eran muy incipientes en esa época; para el que no iba a los grandes estudios de Buenos Aires había una opción, el sello Azteca, que estaba ubicado en la calle 9 de Julio”, dice el archivo parlante.
Curioso: se trataba del mismo estudio donde grabó Palito Ortega, a su paso por Mendoza, cuando aún se llamaba Nery Nelson.
El renacimiento del 2x4 llegó con Julio Sosa. Más tarde, como síntoma, Aníbal Appiolaza subiría al escenario con León Gieco y con Fito Páez. “Si no te gusta el tango, esperá a cumplir los cuarenta”, dijo el maestro en el 2000.
Rara, como encendida...
Antes y después del hielo el tango tuvo una compañera fiel: la radio. Era bastante común que las emisoras contaran con sus orquestas estables.
A la vanguardia del dial tanguero estaban Radio Libertador, LV10, Radio Splendid (ahora Nihuil), Radio Aconcagua... y varias anécdotas circulan por el medio.
Cuando Ángel Bloise, periodista entanguecido, entrevistó al gran bandoneonista Raúl Garello (cuyo prontuario apunta haber sido durante 12 años arreglador de la Orquesta de Troilo), éste pidió al final: “Y no se olvide de enviar un saludo a Aníbal Appiolaza, uno de los grandes bandoneonistas de la Argentina”. Mariana Guzzante - mguzzante@losandes.com