Viernes 10 de febrero de 2012 | 12:59 hs
Susana Giménez vuelve mañana a la televisión. Y va por todo. “Soy la misma de siempre... tal vez más limpia por dentro”, dice en una charla de entrecasa.
domingo, 08 de junio de 2008
En el living de su casa hay fotos de sus "grandes momentos" -ella con Alain Delon, ella en una pirámide de Egipto, ella con ex presidentes-, pero todavía no puso la de su encuentro con el Dalai Lama -en su viaje a la India el 21 de enero- que, según su escala "debería estar ahí, enorme, con un portarretratos precioso. Ya la voy a poner... Hace mucho que no renuevo la decoración", reconoce la anfitriona, con poco maquillaje y mucha soltura para convertir su última travesía en un mundo de sensaciones.
Deolinda le acerca un vaso de agua mineral "normal, ni fría ni caliente... Allá aprendí que no es bueno consumir con temperaturas extremas. Ah, también me hice vegetariana y no sabés lo bien que me siento. Me dolía este dedo, siempre, y ahora no me duele más. O sea que el ácido úrico...".
-¿No extrañás un churrasquito?
-El otro día Marley me hizo un asado y cuando llegué había un olorcito a chorizo que dije "Dios mío, ¿qué es esto?". Me encanta, probé una puntita y me cayó pésimo.
Susana pasa del enriquecimiento espiritual al cambio de hábitos sin escalas. Todo sin solemnidades ni discursos armados.
No es de las que dicen que la India es un viaje de ida ni que ahora todo lo mire a través del cristal zen de la superación: "Soy la misma de siempre, tal vez más serena y más limpia por dentro. En ese centro de Kerala me revisaron, me explicaron qué debía comer y qué no y después me hicieron la limpieza".
-¿Había mucho por limpiar?
-Y sí, mucha porquería durante mucho tiempo. Pastillas para dormir, alcohol... no es que lo suspendí, pero ya no tomo como antes. Estoy en una copita de vino cada tanto. Y hasta el año pasado esperaba la hora de brindar por todo. Me encantaba darle al vinito después del programa.
La mujer que armó una dieta en base a milanesa de soja y arroz integral deberá cambiar, entonces, la ceremonia del después a partir de mañana, cuando comience la 21ª temporada de Susana Giménez (a las 20.30, por Telefé, y aquí en Mendoza por Canal 9).
A la hora de la charla, mientras los televisores deben estar devolviendo el detrás de escena del festejo de Almorzando con Mirtha Legrand, la dueña de casa asegura que "ni loca me veo cumpliendo 40 años en la tele.
A Chiquita la admiro profundamente, pero a mí cada año me cuesta más seguir. Me fascina hacer el programa y me conmueve la devolución de la gente, aunque tengo ganas de disfrutar más el día a día.
Me he pasado la vida en un camarín, ya sea de cine, teatro o televisión. He trabajado como una bestia. Por eso cuando puedo viajo, descubro cosas... Haber ido a la India se transformó ya en un sueño cumplido. Lo venía planeando hacía 15 años".
De ese último paseo, su media hora de gloria con el Dalai Lama quedó protegida como en un dobladillo de los buenos recuerdos: "Fue un encuentro muy profundo y muy emocionante. Pensá que yo no lloro ni aunque me pise el 60... y, sin embargo, lo vi y no podía parar. Estaba muy conmovida".
-Pero has llorado alguna vez, ¿o no?
-Muy poco, te lo juro, no me sale. Quiero llorar a veces, pero no puedo. Mercedes me dice: "No hagás fuerza, mamá, no te sale. Yo veo a otras figuras, como la Chiqui o Moria (Casán), que lloran naturalmente... Lo cierto es que cuando vi al Dalai se me cayó todo, me atrapó su aura. Y tuvimos una charla increíble.
Él no da consejos; sólo me dijo que había tres cosas que había que hacer en la vida: sentir compasión, no tener pensamientos negativos y evitar la furia.
Y si bien nunca fui belicosa, ahora estoy con más calma. Y me regaló unos libros y una bufanda para equilibrar. Me dijo que me la pusiera cuando me sintiera desarmonizada.
-¿Ya la usaste?
-No, se ve que estoy en armonía.
Entregada a la charla, se echa en el sillón y diluye cualquier atisbo ajeno de ceremonial. Lo que para muchos podría ser La casa de la señora Susana Giménez -en una cuadra vigilada desde varios ángulos- se transforma ahora en un rincón para un mano a mano sin testigos, en el que ella cuenta, por caso, que en la última reunión con la gente de su revista (Susana, que en su primer número lleva vendidos casi 100 mil ejemplares) habló de "cómo son los pibes de ahora, nada que ver con cuando yo era chica.
A mí ni se me ocurría decir estoy aburrida. Además no te daban pelota. Te las tenías que ingeniar para entretenerte... Cuando me llevaban a Córdoba, por ejemplo, hacía 40 grados al mediodía, todos se iban a dormir la siesta y yo me arreglaba como podía: hacía una casita en el árbol o me inventaba historias o creaba títeres con engrudo y diarios, que me salían horribles, pero me divertía.
Antes tu papá te decía No y era No. Ahora un pendejo de 6 años te retruca con un ¿Cómo no? Dame una explicación lógica de por qué me estás negando esto".
Susana va y viene en el tiempo, como quien juega con las palabras, sin quitárselas a ningún tema. Sabe que, desde mañana, aparecerá en la mira verbal de aquellos que hacen tele de la tele, pero el punto no le quita el sueño. Y no precisamente porque no le preocupe: "Mi gente tiene prohibido contarme cuando hablan mal de mí, cuando hablan con mala intención, cuando aparece la crítica despiadada. Trato de enterarme sólo de las cosas buenas".
-Ah, bueno, leés una suerte de "diario de Yrigoyen"...
-Sí, totalmente, diario de Yrigoyen a full. Si igual no les voy a contestar, ¿para qué me voy a amargar? Si yo pudiera, al menos, darles una patada para soltar la bronca... /CC