Jaque y Cobos. Dos mendocinos separados entre sí pero unidos en el universo K, donde aún no hallan su destino.
Hasta hace 80 días, los dirigentes argentinos se dividían en tres categorías: los oficialistas, que no hacían política sino gestión. Los opositores, que tampoco hacían política sino que la comentaban.
Y Néstor Kirchner, la única persona en el país que hacía política. Con la sublevación rural ese mapa cambió drásticamente. Tanto que la mayoría de los dirigentes aún no se dan cuenta. En particular nuestros dos mendocinos mayores, cada vez menores en el contexto nacional.
La política en la Nación
Hoy la política se extiende como reguero de pólvora por los senderos de la patria. No es que el argentino común aún se sienta cómodo en ella, pero recomienza a opinar, a optar entre mejores y peores dirigentes según sus acciones... a dejar de lado el antipolítico “que se vayan todos”.
A través de la lucha del campo, la movilización social reinicia su despliegue político territorial, el cual genera el debate político-ideológico en las instituciones aún no vaciadas de toda política, como fueron vaciados el Congreso o el PJ.
La política, de a poco, vuelve a ser patrimonio colectivo y ya no patrimonio de uno solo, para desesperación de ese uno solo. Y, lo que es más, se va haciendo imposible sobrevivir en terreno político sin hacer política. Así, el sueño de ser gestores más o menos eficaces, dependientes de un líder superior que pensara políticamente por ellos -como la utopía de los Jaque y de los Cobos- comienza a morir.
Tal es el caso -dramático y patético a la vez- de los gobernadores oficialistas obligados a adherir al último documento del PJ, un brutal y despiadado informe de guerra donde se acusa de golpistas a los campesinos movilizados. Debieron los mandatarios provinciales pasar la prueba de fe firmando aquello en lo que no creían y no les convenía, para que todos se enteraran que -en la concepción de Kirchner- en esta guerra no hay lugar para tibios. Que ya no quedan espacios en el medio: o uno se arrodilla o uno se va al otro lado.
Kirchner debe exigir tamaño grado de obsecuencia porque dentro del oficialismo actual por primera vez aparecen los rebeldes explícitos, que buscan conciliar con el campo, y por eso son juzgados por don Néstor como traidores. Entre ellos las figuras clave son los cordobeses De la Sota y Schiaretti, el santafesino Reutemann, el entrerriano Busti y el bonaerense Solá. Es posible que la lista siga. O sea, renace la política dentro del oficialismo.
La oposición sigue confundida, pero también allí aparecen posturas y líderes con ideas y futuro políticos, en particular dos.
Una, Elisa Carrió, que busca transformar al campo en algo así como el nuevo sujeto histórico de la revolución y desde allí desplegar un ataque durísimo contra Kirchner, tan brutal como él suele desplegar contra todo quien ose contradecirlo. O sea, Lilita intenta encarnar la contracara de Kirchner y del supuesto régimen que éste preside, tratando de apropiarse de todas las nuevas tendencias políticas que el oficialismo en vez de integrar, las repudia como si fueran meros enemigos del pasado.
Dos, Hermes Binner que anhela ser una especie de “conciliador firme”, alguien capaz de negarse a aceptar el chantaje K del “conmigo o sinmigo”, pero que a la vez critica con firmeza las intenciones ruralistas de politizar su reclamo. Así, no cediendo ante lo peor de ninguno de los dos rivales aparece como uno de los pocos políticos capaz de ponerse por encima del conflicto no para borrarse sino para intentar superarlo desde alternativas mejores, alejadas tanto del fundamentalismo oficial como del populismo campestre.
En síntesis, tanto dentro del oficialismo como de la oposición renace la política, para soberana indignación de Néstor Kirchner que no acepta que nadie haga política, ni siquiera su esposa. E pur la política si muove.
La política en Mendoza
He aquí, entonces, también el dilema para Jaque y para Cobos que deberán replantear totalmente sus estrategias si no quieren morir como están muriendo: por inanición, por indiferencia, por inexistencia. Simplemente por no ser nada, ni en la provincia ni en la Nación.
Es que ninguno de los dos entendió que para ser algo dentro del kirchnerismo debieron unirse desde Mendoza, lo único propio que podían aportar al proyecto K, inmensamente necesaria ante la deserción para el oficialismo del resto de todas las grandes provincias de clase media.
Pero al decidir matarse entre sí, deberán una y otra vez rendir prueba de fe ante el líder, para poder sobrevivir divididos. Pésima opción para ambos. Su unidad los fortalecía ante Kirchner y éste les debería otro respeto. Ahora no les debe casi nada. Y ellos dos sí lo necesitan imperiosamente a K por lo que tendrán que aceptar todas sus exigencias de sumisión.
También tienen otro problema, quizá peor: el mostrarse ambos como caras conciliadoras dentro del kirchnerismo tiene patas cortas en la actual guerra desatada por el ex-presidente.
Cobos deberá jugar cada vez más del lado de Kirchner porque éste será el único soporte que le quedará, ya que los radicales K de provincias que puedan evitar enfrentarse al campo lo harán aunque dejen de ser oficialistas.
Y Jaque no podrá seguir mucho tiempo más creyendo que se puede quedar bien a la vez con el campo mendocino y con el jefe nacional en la medida en que el conflicto se nacionalice más.
Vale decir, hoy hay en la política nacional sólo dos opciones si uno no quiere quedar pegado en la guerra de uno solo contra el campo: la pelea franca contra el oficialismo, o la moderación valiente que implica tratar de ponerse por encima del Gobierno y del campo para aportar a la superación del conflicto, en vez de la moderación oportunista de ponerse debajo del conflicto no peleándose con nadie por la única meta de salvar el pellejo propio.
Si ese es el propósito de nuestros dos mendocinos mayores, es algo muy menor. Máxime para ellos que hasta ahora -con sus tibiezas y naderías- no logran ser bien evaluados, ni como vicepresidente ni como gobernador.
Les queda entonces, una única posibilidad: hacer política, correr riesgos, decir de verdad lo que piensan, jugársela. Que en absoluto implica que dejen de ser conciliadores o moderados. Ni oficialistas. Implica sólo saber que cada día les será menos posible -y menos redituable- intentar quedar bien a la vez con Dios y con el Diablo.
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