
"Cuando recibí los informes que indicaban que mi esposo tenía muerte cerebral sentí un dolor desgarrador, pero al mismo tiempo pensé en aquellas personas que estaban pasando por la misma situación que yo. Hijos y familias que aguardaban que el organismo de ese ser querido enfermo respondiera de otra manera para que pudiera seguir viviendo".
Las palabras corresponden a María de los Ángeles Teruel (40) y expresan los sentimientos que pesaron sobre ella a la hora de tomar la decisión de donar los órganos de Juan Ambrosio Rojas, su marido, quien falleció luego de ser operado de un tumor en la glándula hipófisis (macroadenoma).
Juan comenzó a perder la visión del ojo derecho. Por ese entonces, los diagnósticos indicaban equivocadamente que padecía de glaucoma, hasta que una nueva consulta al oftalmólogo lo derivó al neurólogo. Así, el 22 de mayo del año pasado, una resonancia magnética detectó el tumor dentro de su cabeza.
Y aunque el 16 de junio ingresó al quirófano para una operación que resultó exitosa, una isquemia (lesión en el cerebro) y un infarto cerebral lo llevaron a la muerte cuatro días después. "Fue todo muy rápido. Él estaba muy bien, trabajó hasta último momento porque el tumor había oprimido el nervio óptico, pero no había afectado su motricidad", explicó María de los Ángeles.
Durante ese corto período, ella nunca dejó de creer en la recuperación de su esposo. Sin embargo, cuando recibió la noticia de que Juan tenía muerte cerebral irreparable, sus emociones atravesaron por todos los costados posibles hasta llegar a la conclusión que la ha ayudado a aliviar su dolor. "Decidí que se donaran los órganos porque pensé en las historias de sufrimiento que hay del otro lado", contó.
A las pocas horas se realizó una ablación múltiple. Juan tenía 39 años y varios de sus órganos y tejidos estaban en condiciones de ser trasplantados. De esta manera, sus riñones, el páncreas, hígado, corazón y córneas ayudaron a mejorar la calidad de vida de cinco pacientes: de 27, 20, 29, 39 y 61 años.
María de los Ángeles no estuvo sola cuando tomó esa decisión. Sostiene que recibió el apoyo incondicional de sus familiares, amigos y compañeros de trabajo, tanto de ella como de su marido. A ellos se sumó el Instituto Coordinador de Ablaciones e Implantes de Mendoza (Incaimen), que fue el encargado de explicarle los procedimientos.
Además, a pesar de ser pequeños, sus hijos (una nena de 11 años y dos varones de 10 y 3) comprendieron que la medida se tomaba para ayudar a los demás. "Este acto es una manera de seguir apostando a la vida. Me ha consolado mucho saber que otras personas han tenido un final diferente", precisó.
Si bien el Incaimen resguarda la identidad de los donantes y receptores, María de los Ángeles le pidió al organismo que si alguno de los trasplantados quería contactarse con su familia, ella dejaba el camino abierto para cualquier clase de comunicación.
Así fue como, el jueves pasado, las autoridades del Incaimen le acercaron una carta que envió la joven de 29 años que recibió las córneas. Allí le agradece a la familia del donante porque después del trasplante recuperó la vista y el camino que había dejado atrás por quedarse casi ciega y sufrir depresión.
"Con mi decisión ayudé a prolongar la vida de otras personas, pero yo no siento que él vive en los demás. Entiendo que mi marido es único e irrepetible y eso se los he dicho a mis hijos", dijo María de los Ángeles.
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