La historia de volcanes que aún resultan amenazantes

miércoles, 07 de mayo de 2008

Lorena Villafañe lvillafane@losandes.com.ar



Con cada episodio volcánico se reaviva la pregunta sobre la posible puesta en actividad de los volcanes del sur mendocino. En este caso, la inquietud surge tras la tragedia ocurrida en Chile por la erupción del Chaitén. Y la respuesta de los vulcanólogos es siempre la misma: hay una serie de volcanes que tienen un nivel de actividad que es preciso monitorear.

Esto es justamente lo que están haciendo organismos como el Segemar (Servicio Geológico Minero Argentino) y el Inpres (Instituto Nacional de Prevención Sísmica). Aunque los volcanes del suroeste de la provincia también han sido estudiados por expertos extranjeros.
En Mendoza, en la zona de la Payunia (Malargüe), hay un complejo volcánico de 500 de estas formaciones. Dos de ellos, el Peteroa y el Maipo, son considerados de los volcanes activos de mayor riesgo en la provincia.

El primero ha registrado 14 erupciones entre 1660 y 1991 y su cráter desprende gases en forma casi continua. Su último movimiento dejó a la ciudad de Malargüe bajo una nube de cenizas durante tres días.

En 1993, un grupo de investigadores del Conicet comenzó un estudio de la actividad del Maipo y el Peteroa que concluyó en 2001. Comparando las fumarolas que el Peteroa tenía cinco años antes, comprobaron la apertura de nuevas bocas y registraron un incremento de su intensidad.
Mientras que el Maipo está considerado potencialmente activo, es decir, que no registra algún tipo de actividad en los últimos 10 mil años.

También se ha observado actividad en el Payún Matrú (hace 4 mil años) y en el Planchón, el Descabezado Grande y el Guisapu (o Quizapu) entre 1931 y 1932, según destacó a Los Andes el especialista en historia de montañas, Alfredo Magnani.

Junto con el Copahue (Neuquén) están dentro de lo que se ha llamado el “cinturón de fuego del Pacífico” (que va desde la Antártida, da la vuelta por las Américas, las islas Aleutianas, Japón, los arcos insulares y Nueva Zelanda).

Desde el Segemar, José Mendía, comentó que el Tupungatito “también da señales de actividad a través de fumarolas. Aunque es bastante inaccesible del lado argentino así que no está monitoreado”.

Erupción histórica

Los antiguos habitantes del sur mendocino supieron de la furia de los volcanes. El 10 de abril de 1932, el Descabezado Grande y el Guisapu habían entrado en actividad y el primero lanzó una lluvia de piedras pulverizadas que alarmó a San Rafael y Malargüe y, al día siguiente, desplazó una nube de cenizas sobre una parte del país.

En Malargüe, así lo demuestran fotos históricas, quedó una capa de polvo de 30 centímetros sobre el piso. Mientras que en Buenos Aires llovieron “255.775 toneladas de ceniza de piedra pómez pulverizada”, continuó el relato de Magnani, de acuerdo a los registros históricos que atesora. Se trataba de la explosión más potente que se había vivido en los últimos años. Aunque antes, entre 1930 y 1931, en el mes de abril, la provincia había soportado lluvias de cenizas.

Más notas de esta sección
Copyright 2010 Los Andes | Todos los derechos reservados