Fervor popular
domingo, 04 de mayo de 2008
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Confesiones Lo hice, simplemente, porque quería demostrarme que podía, apuntó Roberto Bullares, en su casa de San Martín.
"El Encón es un lugar impresionante, donde no hay rastros del hombre".
"El sábado fue un suplicio, caminaba 500 metros y me tiraba a descansar".

Aventura, fe y voluntad por el desierto

Roberto Bullares viajó a San Juan y se adentró a pie en la zona de El Encón. Luego de atravesar 60 km de dunas llegó a la Difunta Correa.

Javier Hernández - jhernandez@losandes.com.ar

"Si alguna vez vuelvo al desierto, voy a llevar más agua y menos comida. También una mochila que aguante, porque la que usé se me desarmó al segundo día", cuenta Roberto Bullares (46), un vecino de San Martín que se entrenó durante casi un año para atravesar a pie, las interminables dunas de la zona de El Encón, en San Juan, hasta llegar al santuario de la Difunta Correa. La aventura le llevó algo más de dos días y Roberto resume: "Lo hice, simplemente, porque quería demostrarme que podía".

El viernes 18, cuando el sol apenas se insinuaba en el horizonte, Roberto Bullares viajaba en la camioneta de un amigo por la desolada ruta 20. Cerca de las 8 llegó hasta las inmediaciones de la estación de servicio de El Encón, un paraje desértico en el límite de San Juan con Mendoza, y luego de despedirse del conductor, se adentró a pie en el desierto, trepando las primeras crestas de las dunas, y con la idea de cruzar los más de 60 kilómetros que lo separaban del santuario de la Difunta Correa, ubicado más al norte, sobre ruta 141.

"Creo que lo más complicado de cruzar un desierto es hacerlo solo, porque cualquier decisión queda en tus manos y no te podés equivocar. Además, si llegás a sufrir un esguince o la picadura de algún bicho, no hay cómo pedir ayuda", dice Roberto, que en San Martín atiende un service de aparatos electrónicos, y dedica el tiempo libre a las travesías y al aeromodelismo.

"A la zona de El Encón la conocí en 1991, cuando fui a andar en moto. Es un lugar impresionante en el que no vas a encontrar huellas del paso del hombre: no hay alambrados, ni tendidos eléctricos o caminos por donde transitar. Lo único que hay son dunas y muchas de ellas superan los 100 metros de altura", cuenta Roberto, y asegura que ese día decidió que alguna vez lo cruzaría a pie.

La larga travesía que emprendió el viernes en la mañana le llevó más de 48 horas y tuvo momentos muy difíciles, como fue el haberse quedado sin agua cuando todavía le faltaban 20 kilómetros. "Iba con la idea de disfrutar de un viaje por el campo, y la verdad es que sólo la pasé bien el primer día, porque después todo se complicó".

Durante la charla, Roberto Bullares repite una y otra vez que le encanta la aventura. "Tengo 46 años y ya no soy un pibe, pero siempre me gustó salir al campo: he andado en moto, en jeep y en ala delta. Conozco buena parte del país y aunque no soy una persona de dinero, tengo estos pasatiempos que me gusta disfrutar".

Dice que para el viaje se preparó durante meses, con caminatas a la siesta de hasta 12 kilómetros, y que para el viaje buscó llevar poco equipaje: una mochila de $70 que aunque reforzada, no aguantó entera las primeras 24 horas; zapatillas de $300 con doble suela de silicona, que a mitad de camino ya tenían descosido parte del talón; algo de frutas y una bocha de mortadela para comer asada; también una lámpara de kerosene y una vincha con linterna; una carpa individual y siete litros de agua, que aunque racionó lo mejor posible, se acabaron cuando todavía quedaban 20 kilómetros. "Nunca me puse nervioso por eso. Simplemente seguí caminando y mirando el punto de la cordillera que me había fijado como objetivo. El silencio y la soledad en el desierto pueden ser tremendos: yo llevaba un cencerro colgando de la mochila para escuchar algún ruido".

Bullares asegura que lo más bravo del viaje fueron las temperaturas. "Aunque elegí el otoño, igual hacían cerca de 40° durante el día y por las noches bajaba a menos de cero"... piensa un poco y sigue: "El sábado fue un suplicio, caminaba 500 metros y me tiraba a descansar un rato porque tenía los pies ampollados. Y encima, a la tarde, me quedé sin agua".

El domingo, cerca del mediodía, Roberto finalmente salió a la ruta 141, a unos cuatro kilómetros al oeste de la Difunta Correa. "Camine ese último tramo totalmente satisfecho y cuando llegué al bar del santuario me compré cinco botellas de agua, que tomé con mucho placer. La gente me miraba y cuando les contaba de donde venía me decían que estaba loco", concluye.

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